El Relato de Tres Muertes en Gabriel García Márquez:
Pacho:
El manejo de la muerte que debe darse a los personajes es, como se sabe, muy arduo en literatura, tan difícil como el tratamiento del tema político y del sexo. En una entrevista, García Márquez cuenta que el Coronel Aureliano Buendía no se quería morir, y pasaban y pasaban los capítulos de Cien Años de Soledad y nada que el hombre se moría. Pero cuando al fin sucedió, el hecho lo conmoviótanto que incluso lloró y físicamente se sintió muy afectado. Cuando los personajes son muy queridos es muy difícil matarlos, y por sobre todo, otorgarles la muerte que su vida merece. Espero pues que el capítulo de la muerte del padre Rafael García Herreros que intentas escribir esté a la altura de las circunstancias y sea de tu agrado. Por ahora sintetizo estas tres muertes de antología que me agradó mucho volver a recordar:
La muerte de José Arcadio Buendía: el sueño de los cuartos infinitos:
No debe olvidarse que José Arcadio Buendía era el rey. El hombre que persiguió la ciencia y la sabiduría en medio de la desolación y el aislamiento de Macondo, aquel que un día, poseído por el éxtasis y el goce del conocimiento en sí mismo, y sin haber salido nunca de Macondo, reveló su gran descubrimiento: “La tierra es redonda como una naranja”. Al final de sus días hablaba en latín bajo el castaño y sólo conversaba con el espectro de su gran amigo Prudencio Aguilar. García Márquez le rinde el homenaje de hacer llover flores amarillas el día de su funeral. Tantas flores llovieron que tuvieron que despejar las calles con palas para que pudiera pasar el entierro. Así describe su muerte:
“Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De ese cuarto pasaba a otro exactamente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, y luego a otro exactamente igual hasta el infinito. Le gustaba irse de cuarto en cuarto, como en una galería de espejos paralelos, hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces regresaba de cuarto en cuarto, despertando hacia atrás, recorriendo el camino inverso, y encontraba a Prudencio Aguilar, en el cuarto de la realidad. Pero una noche, dos semanas después de que lo llevaron a la cama, Prudencio Aguilar le tocó el hombro en un cuarto intermedio, y él se quedó allí para siempre, creyendo que era el cuarto real”.(Cien años de Soledad)
Qué maravilla de muerte ésa de quedarse uno en el cuarto de su querencia. Ese cuarto del más allá confundido con el cuarto de la realidad. No debió de ser fácil para Gabo encontrar una muerte tan hermosa para el fundador de Macondo.
La muerte del Coronel Aureliano Buendía: de pie, con la frente en el castaño, tras el recuerdo de un circo de gitanos.
La muerte de pie, con la frente apoyada en el castaño, del Coronel Aureliano Buendía, buscando el recuerdo de un circo de gitanos la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Ya retirado de la guerra, el Coronel Aureliano Buendía se dedicabaa hacer pescaditos de oro que luego fundía para volverlos a hacer de nuevo. Esa tarde, en medio de su labor, sintió deseos de orinar y ya se dirigía al castaño del patio, eran las cuatro y diez, cuando sintió la algarabía del circo. Entonces: “En vez de ir al castaño, el coronel Aureliano Buendía fue también a la puerta de la calle y se mezcló con los curiosos que contemplaban el desfile. Vio una mujer vestida de oro en el cogote de un elefante. Vio un dromedario triste. Vio un oso vestido de holandesa que marcaba el compás de la música con un cucharón y una cacerola. Vio los payasos haciendo maromas en la cola del desfile y le vio otra vez la cara a su soledad miserable cuando todo acabó de pasar, y no quedó sino el luminoso espacio en la calle, y el aire lleno de hormigas voladoras, y unos cuantoscuriosos asomados al precipicio de la incertidumbre. Entonces fue al castaño, pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo. Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño”. (Cien años de Soledad)
La muerte del general Simón Bolívar suspirando por salir de su laberinto.
En realidad su muerte había empezado algunos meses antes, cuando desilusionado en Santafé de Bogotá por las intrigas y la imposibilidad de realizar su sueño de la gran nación americana, le dijo a su servidor José Palacios: “Vámonos, volando, que aquí no nos quiere nadie”. García Márquez describe sus últimos instantes así: “Examinó el aposento con la clarividencia de sus vísperas, y por primera vez vio la verdad: la última cama prestada, el tocador de lástima cuyo turbio espejo de pacienciano lo volvería a repetir, el aguamanil de porcelana descarchada con el agua y la toalla y el jabón para otras manos, la prisa sin corazón del reloj octogonal desbocado hacia la cita ineluctable del 17 de diciembre a la una y siete minutos de la tarde final. Entonces cruzó los brazos contra el pecho y empezó a oír las voces radiantes de los esclavos cantando la salve de las seis en los trapiches, y vio por la ventana el diamante de Venus en el cielo que se iba para siempre, las nieves eternas, la enredadera nueva cuyas campánulas amarillas no vería florecer el sábado siguiente en la casa cerrada por el duelo, los últimos fulgores de la vida que nunca más, por los siglos de los siglos, volvería a repetirse”. (El General en su Laberinto)
Con qué agrado tecleo estas letras, pensadas una a una, con las que un escritor pone el punto final a la vida de un personaje amado.