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Mirando Llover

Eduardo Caballero Calderón

Cómo se conoce que Verlaine era un hombre circunscrito por la jaula de la ciudad, entre los barrotes de las calles y las avenidas, y no un campesino, acostumbrado a mirar a lo alto, hacia las nubes, y a lo lejos, hacia las montañas; cuando escribió:

Il pleure dans mon coeur
comme il pleut sur la ville”

Y es que cuando uno mira llover en la ciudad, sobre la calle gris, al través del cristal opaco de una ventana, siente llorar el corazón. En la ciudad, aun en París, llover es como llorar. Las ventanas son ojos que se velan y se empañan, lalluvia es un raudal de lágrimas en los tejados, las canales rompen a llorar, el viento gime en las esquinas desiertas; a la ciudad se le junta el cielo con la tierra en una nube negra y pegajosa, a las casas se les forma un nudo en la garganta de las canales, y al hombre se le pone el corazón en el puño.

En cambio en el campo es una gloria ver llover, es “lindo” que llueva como dicen los campesinos, arrimados al cobijo de un árbol que se esponja y se sacude como un gallo al sentir la caricia del agua. No solloza el viento en la alameda, ni se queja al enredarse en la móvil muralla, de los eucaliptus que escoltan el camino real, sino que susurra, silva, ríe, canta. Y cuando el trueno lanza su grito de combate entre las nubes, convocando la lluvia, las montañas lo corean de cresta en cresta y de valle en valle. La lluvia repica con fuerza en el tambor de las lomas redondas, chapotea con sus mil pies descalzos en el pantano, y en la chamba, y en el río, y en los charcos. Los pájaros vuelan raudos, rizando la hierba alta con el ala, para sentir el vaho caliente de la tierra mojada. Los sapos se sientan a croar, con el pescuezo hinchado de viento; y el mundo subterráneo de las babosas, los gusanos, las larvas y las lombrices, aflora para no perderse el gran ballet del agua que salta, corre y baila entre las flores que se desvisten para morir, que es su manera de dormir.

Todo se vuelve más tenso y más intenso: se enciende el color ocre de los barrancos que bordean el camino, se ilumina el verde espeso de los árboles, chorrea tinta china el negro del barbecho cuyos terrones, grávidos de savia, revientan y comienzan a verdear, a germinar. Oír llover en las noches sin ver la lluvia, ver llover tras el cristal de la ventana y sin oírla, sentir llover a lo lejos cuando sesga el relámpago sobre el horizonte plomizo, oler llover con los ojos cerrados, es algo que no supo, con ser poeta, ese pobre Verlaine cuya melancolía urbana vacilaba entre la taberna y el hospital.

El que sí supo lo que era ver, oler, oir, sentir llover, porque vivía en una aldea renana abierta al campo por los cuatro costados, fue Beethoven. Su Sinfonía Pastoral es la lluvia en el campo. Verlaine, con su “Il pleure sur mon coeur”, es la lluvia en la ciudad, aun cuando esa ciudad sea París. El primero era un campesino alemán y el segundo era un ciudadano francés; pero los campesinos de las vegas del Loira o de la campiña normanda bailarían de gozo al escuchar la Sinfonía Pastoral, y en cambio se quedarían sin entender a Verlaine.

Pero se me acabaron el papel y la lluvia, porque a un tiempo comenzamos el campo y yo a llover y a escribir. Todavía gotean los árboles sobre el camino, como si no quisieran dejar de llover. A lo lejos un gañán empuña el timón del arado y anima la tarda yunta con un rotundo “Arre ¡Ja!”. Y al pasar frente a mí, entre la estela de cespedones que exhalan un acre aroma a estiércol y lodo removido bajo el primer rayo de sol, me grita para que lo oiga mejor:

-¿No se lo dije, mi amo? En Semana Santa Dios no podía dejar de llover.


El lector Boyacense, Universidad Pedagógica de Tecnológica de Colombia, Tunja, 1980, págs. 531, 533.


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