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Los medios y el fin

Beatriz Bomarzo 

Juana había nacido en una ciudad a orillas de un río muy ancho y del mar y era en realidad, de ninguna parte. Desde Montevideo su padre la había llevado a un rancho en Canelones después de enterrar a su madre. Ya no recordaba aquellas tardes en que su padre la dejaba en una casa fuera del barro de su calle, una casa elegante donde vivía ese hombre de ojos azules que le hacía hacer cosas que le provocaban vómitos. Finalmente se habían marchado, la niña y ese padre silencioso y hostil que sin duda la culpaba por la pérdida de su compañera.

Los recuerdos más nítidos aparecían con un barco zarpando de Valparaíso y que por el Pacífico se hacía a la mar buscando el Norte, sabía que ese mar no era igual al otro que habían cruzado sus padres, sin conocerse todavía, .Este no tenía orillas, simulaba ser infinito.

Los distintos pueblos y ciudades donde había ido viviendo su infancia por meses o años, pasaron de distintas maneras. Solo algo se repetía siempre: la pobreza y la soledad. Una vez en alguno de esos países, en una escuela, se le desprendió la suela de un zapato, justo cuando había sido enviada a honrar la bandera del lugar, el silencio era profundo, patriótico. Sobre las baldosas del patio la suela y su palmoteo insoportable, sobre su cara la vergüenza. A la salida su ofensa a la bandera y la miseria de sus zapatos fue castigada con pedradas. Huyó velozmente y no sufrió daño alguno, había aprendido que siempre había un medio para sobrevivir.

Al día siguiente esos niños tan airados fueron reprendidos, pero ese día comprendió que sería siempre una extranjera, y lo fue también en su propio país al volver pocos años después. Permaneció allí poco tiempo, logró la autorización del italiano a quien poco importaba ya el destino de su hija y cruzó el Río de la Plata. 

Algo empezó a transformarse en ella al llegar a esa gran ciudad gris azulada y misteriosa. Era difícil precisar el momento en que las cosas habían empezado a cambiar, había sido sin duda el impulso aquel de la vida adolescente que empezaba a formar pequeños brotes en su cuerpo que crecían como dos pirámides erguidas y fuertes. De pronto todo era olvido. La memoria de aquellos dolores percibidos y negados, que la arrastraba con fuerza a una niñez en la que apenas había percibido el horror que la rodeaba, había desaparecido y en su lugar un silencio interior que tapaba todas esas voces que la habían ofendido se había instalado en ella. En esa ciudad había encontrado en una amiga la hermana soñada. Y era de pronto solo el “hoy” perentorio, el alegre sin pensar, la vida que la llevaba por nuevos días donde ningún esfuerzo producía cansancio, donde las verdades eran absolutas.

En el mundo real solo estaban los medios para lograr esos sueños que brotaban como bocanadas de aire, desde muy adentro. Esos sueños que habían empezado muy temprano. Tal vez en las playas de Portoviejo, quizá en sus escapadas solitarias en Cali o mirando siempre el mar, en Cabo Corrientes. Lograría realizarlos, nunca lo había dudado, eso la había mantenido viva cuando su padre la maldecía en siciliano a ella y a la miseria. Juana quería cosas concretas, las suyas no eran ilusiones vanas, como las de su amiga, que no sabía nada, que nunca había sufrido vergüenzas o pobreza. 

Pero ahora la vida era el sol maravilloso, los pasos ligeros y las calles cantantes, el adagio, el concierto para un gentilhombre, la marcha de la bronca o las canciones de Charlie y los largos tragos de cerveza con su amiga tan fanática y alegre. Y Carlos, la pasión, el respeto, las caricias suaves, la seguridad, el bienestar. Todo lo que había soñado. Claro que él tenía esas ideas locas en la cabeza, a veces le parecía que todos ellos conocían poco del mundo y de la gente, pero eran tan alegres y bondadosos.

Poco duró su paz. Urgentemente, ese “ahora” pasó, pasó sobre todos. Como grandes y lentos paquidermos en una pesadilla inenarrable. Cuando volvió a la superficie brillaba un sol fuerte como ensangrentado, tal vez por la muerte de Carlos, pero la juventud seguía instalada sobre los no muertos y se le impuso.

Su amiga se lamentaba sin perder su sonrisa habitual, pero Juana sentía que hablaba desde el centro mismo de la desesperación, sufría por los antiguos lugares sagrados vistos alguna vez con tanta pasión ahora trastocados, un gran derrumbe había dado origen a un mundo tan atroz que no se podía sino mirarlo y gozar de su belleza, sin jamás pensarlo, porque si eso ocurría algo podía estallar en uno, algo podía sangrar, se podía explotar de dolor.

Juana la quería muchísimo y la escuchaba con atención, pero a veces se fastidiaba al comprender que no podría nunca notar la diferencia de sus sueños, que no conocía mucho de la vida real, que Juana no había sido derrotada. Que lo importante era conseguir la forma de sobrevivir, como hacían los otros, quiero vivir bien le contestaba, pero su amiga no parecía darle importancia a eso o comprender de que le hablaba.

Ella volvió a encontrar los medios necesarios para evitar la pobreza y eso fue para Juana éste hoy nuevo, de largos viajes apresurados y peligrosos que le brindaban el dinero necesario para mantener un buen nivel de vida. Sus hijas jamás llevarían zapatos rotosos. En esos días, en esos “hoy” que duró varios años se volvió a enamorar más que nunca antes. Pero no podía permitir que ese amor de hombre pobre interrumpiera sus caminos. No le dijo nada a él y volvió a irse con esa alemana gordita, con la que habían andado tantas veces. Pero esa vez cayó.

La cárcel de Brujas no era el penal de Ezeiza, Río, Asunción, Bogotá o Guantánamo. Ellos eran civilizados y a pesar del odio por la cocaína que los sudacas le traían respetaban las leyes. No hubo torturas, ni violencia. El juicio con las difíciles traducciones resultaba muy complicado, con su acostumbrada naturalidad arguyó lo que creyó entender que le sugirió su abogado.

Había dejado dos niñas en Buenos Aires, pronto la mayor tomó las riendas de la casa. Ella no volvería por el momento, le habían dado dos años. Sabía que ese era el fin de su relación con Julio, si bien él se ocupaba por el momento de sus hijas.

Cada reclusa tenía su propia celda, verdaderos dormitorios con un placard provisto de todo lo necesario para su higiene y aliño personal. Las colombianas, que formaban el mayor contingente, venían de lugares donde no conocían el uso de los apósitos o del agua caliente. Algunas eran reincidentes y se mostraban cómodas, sin los golpes de sus maridos ni el griterío o el hambre de sus críos. De aquellas colombianas costeñas alegres y organizadas en su pobreza que ella había visto de niña, ya no quedaba nada. Las carceleras contaban que les costaba irse, además sin el dinero y con el riesgo que luego de la condena no les dieran mas “trabajo”.

Ella con su bella cara de madonna, su larga y delgada figura intacta y con su obstinada voluntad no se quejó de nada y conquistó pronto el afecto de sus compañeras de prisión, encontró así la forma de resistir eso. Una dama que no era una simple “mula”, sino que dirigía su propia organización la había tomado bajo su protección. Contaba que se había visto obligada a viajar personalmente por falta de “gente”, (“no se puede confiar en los de las favelas”), a cumplir con un pedido. Había sido condenada a muy poco tiempo, debido a lo avanzado de su edad todos la creyeron víctima del engaño de un joven amante. La doña la llamaba “meu menina”, le decía “filha nunca proves esa basuriñha, es para el consumo de los idiotas y los ejecutivos”.

Llegaban cartas con frecuencia de su querida amiga que creía que todo era un lamentable error, seguía sin entender nada, pero estaba a su lado como nunca. Las llamadas amorosas de sus pequeñas y de Julio le hacían contar el paso de los días. Desde su celda alcanzaba a divisar los canales y le recordaban su lejano y ancho río.

En la cárcel el trabajo era voluntario pero debía hacerlo si quería tener para fumar o comprar algo que necesitara cuando las llevaban al centro de compras, logró ahorrar algún dinero. Varias veces estuvo por fugarse, otra hubiese sido su vida, la propuesta era pasar a Sicilia y hacer de lo ocasional un oficio y formar parte de una de las empresas. Pero solo quería volver a casa, a ver a los que tanto añoraba, sus hijas, su amiga. Julio.

Al regresar a Buenos Aires ya era otro ahora, las niñas habían crecido y habían casi alcanzado su estatura, primero las muestras de afecto fueron grandes, luego se acostumbraron a su presencia la cual ahora parecía ya inútil. Pasaron unos días desde su llegada sin que Julio apareciese, finalmente se encontraron y volvieron a verse con frecuencia, pero ya no era lo mismo. Su presencia y sus llamadas empezaron a espaciarse.

Interpol se negaba a darle el pasaporte mientras no demostrara ingresos fijos. Otra vez la miseria a la puerta, pero no se sintió derrotada, en medio de la escasez que padecían consiguió trabajar en Uruguay, como encargada de una hostería, volvía a casa cada tres semanas y sus hijas podían ir todos los viernes. En este otro ahora aún no sentía ningún cansancio.

Finalmente los pájaros volaron del nido, al mismo tiempo perdió el empleo, la soledad no la abrumó, la vida tenía para Juana un sentido por si misma, los hombres iban y venían de su vida sin dejar rastros y solo por el soporte económico que le brindaban mientras la relación duraba. Se refugio en un lugar pequeño y destartalado que arregló con sumo esfuerzo.

Desde ese día no dejó que el amor o algo parecido perturbara su paz. Volvió a reunirse con viejas amistades, entrañables y fieles. Notó que algunas estaban vencidas por haber pretendido lo que Juana llamaba sueños idiotas, cosas de la adolescencia, ideas que nadie se merecía, luchas que habían sido un fracaso que se había llevado a su primer compañero, al padre de sus hijas. Esas amistades poco a poco emigraron, huyendo de un país que se estaba yendo a pique. Ahora quedaban ellas dos. Su amiga parecía siempre igual, no se quejaba y seguía pensando idioteces, era tan bueno que estuviera, haciendo locuras como siempre y creyendo que la gente era buena. Pero algo no andaba bien, la otra parecía no haberse dado cuenta de que este ahora era diferente de todos los otros, eso parecía.

Si, solo parecía, porque en éste ahora, en que por fin lloraba, en este ahora en que Juana aullaba, en que por primera vez gritaba, alguien por teléfono le estaba diciendo que su amiga había muerto, que parecía que hacía ya tiempo que el cáncer la tenía atrapada pero no lo había dicho, en este ahora en que ya estaría para siempre sola, ahora que levantaba el revolver, ahora que si estaba muy cansada y quería descansar, ahora que había llegado el fin y ya no alcanzaban los medios.


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