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Conversaciones con un amigo acerca del nuevo canon[1]

Por: Betuel Bonilla Rojas

¿Es cierto —me preguntaba en días pasados un entusiasta amigo— que a los autores y los libros del presente no vale la pena leerlos?

­—¿Autores de dónde? —le inquirí.

—De Colombia, de América y del Mundo —respondió mi amigo.

Luego entró en detalles y me dijo que hace poco había escuchado, en boca de un estudiante universitario, esa sentencia difamatoria que acusaba a la literatura de Hoy (ojo con la mayúscula) de estar desprovista de genialidad, de rasgos formales y conceptuales para hacerla merecedora de una lectura, una revisión juiciosa y unos halagos. Mi amigo lo dijo con algo de desazón, quizás con la esperanza secreta de hallar en mi respuesta una posición diferente a la de aquel ingenuo (en realidad un eufemismo) estudiante.

Yo le respondí, de entrada, que me aburrían esas polémicas bizantinas en las que un muchachito en ciernes, aún ensombrecido en sus primeras contemplaciones, creía descubrir y domeñar el mundo por haber acabado de leer Odisea, o Iliada, entre soberanos bostezos. Quise aparentar serenidad pero no pude, acaso enardecido por la idea de otra discusión con uno más de esos adelantados de la estulticia que son mayoría en el mundo. Luego, ya más reposado, intenté argumentar algo.

Primero le dije que todo escritor, por más remota que haya sido su época de creación, su procedencia temporal, vivió en algún momento en el presente, y que tal vez ese presente lo miró en dicho momento con desconfianza o con desprecio. Siempre ha sucedido así. Además, agregué, muy raras veces ese presente puede testimoniar, siquiera de lejos, la grandeza de tal escritor. Toda época vive celosa de quienes intentan ser grandes en ella. Ésta, le aclaré, no es la excepción.

Mi amigo pasó saliva, reflexionó, sonrió, y supe que en su interior se reía del estudiante. Luego me pidió más con la mirada.

Entonces le dije que era muy prematuro lanzar juicios valorativos sobre la obra de la actualidad, pero que también valía la pena correr algunos riesgos, o si no, agregué, qué otro sentido podía tener el uso de la inteligencia de quienes nos asumimos como lectores. Le dije que lamentablemente el listado de libros y de autores a leer provenía en buena medida de las facultades de literatura, que ese listado se replicaba en todos los niveles de escolaridad gracias a los maestros que lo repetían sin analizarlo y sin someterlo a una actualización rigurosa, y que el lugar ideal de los profesores universitarios era el de la comodidad, sobre todo el de la comodidad de una inteligencia que se pone siempre a favor de los ya consagrados. Luego, ya tranquilo, me solté con mayor profundidad.

Es común ver hoy en día cómo los profesores, especialmente los que en la universidad dirigen los cursos de literatura, vuelven una y otra vez sobre algunos nombres ilustres de las letras, nombres que repiten como una letanía curso tras curso, sin alterar siquiera los títulos de los libros de un mismo autor, como si cada autor fuera el creador de un solo libro. Eso les sacia su pereza mental y les confiere un mínimo de autoridad, pues es el único libro cuya referencia manejan. La actualización de estos tipejos reside, cuando mucho, en esperar a que cada fin de año la Academia proclame al último Premio Nobel para ir a la caza de este autor y exhibirlo como un trofeo ante sus asombrados estudiantes. A la semana siguiente, o a las dos semanas, los libros de este autor se han agotado cuando en días atrás no se vendía ni un solo ejemplar y las librerías lo sacaban de los lugares importantes en los estantes[2]. ¿Qué diferencia hay en esta práctica con la de comprar la colombina de moda, o los calzoncillos con olor a fresa, o el preservativo con olores que promueven los comerciales? ¿Acaso hay menos sometimiento consumista en comprarle ingenuamente a una multinacional de la industria editorial que a una marca de cremas dentales que exhibe las virtudes de una nueva sustancia en la lucha contra el sarro?

Resulta que el legendario Premio no es, ni de cerca, el más justo rasero para medir la calidad literaria[3]. El canon no siempre se corresponde con el Nobel. Hay autores premiados dignos del más sonoro y legal olvido. Otros, por el contrario —y la lista es muy larga— son infinita, pero infinitamente superiores, a muchos de los galardonados. Yo prefiero a Onetti sobre Echegaray, o a Joyce sobre el estentóreo Churchill, o a Kafka sobre Benavente, o a Rulfo sobre Mistral, o a Cortázar sobre Agnon, o a Vargas Llosa (Wilde escribía que el hecho de que un hombre sea un envenenador no dice nada en contra de su prosa) sobre Elfriede Jelinek, o a Philip Roth o Cormac McCarthy sobre Pamuk (sí, el Pamuk que hace pocos días todos entronizaban, veneraban y convertían en conversación obligada de pasillo). El codiciado Premio tiene tanto de político y estratégico como Miss Universo. No tiene nada de gracia, ni de importante, ni de honradamente intelectual, leer al premiado con premura, y casi por asalto, y soslayar a todos los otros nombres que orbitan o pueblan el vasto cosmos literario.

Hoy en día estos juiciosos y aguerridos profesores universitarios, los mismos que tienen horas para la investigación y cubículos blindados, y que viajan al exterior a doctorarse, escriben copiosos ensayos para probar la grandeza de Saramago. Valiente chiste. Ejercicio inane del audaz Perogrullo. Abundan conferencias y paneles en los que el autor de Ensayo sobre la ceguera es manoseado hasta la saciedad, con clisés y lugares comunes dignos de un logro pendiente de la básica primaria. Y esto es, dicen los eminentes profesores, estar al día con la inteligencia, con el rigor de la investigación erudita. Ni uno solo de ellos, estoy seguro, daba un peso por Saramago antes del Nobel. Ni uno solo, es lo más probable, sabía siquiera que Todos los nombres existía. Creo, sin duda alguna, que los peores lectores dan clases de literatura en muchas universidades.

Entonces, iba entendiendo mi amigo, el presente sólo es presente cuando un tercero lo indica, cuando el pasado se ha tornado ya en un terreno resbaladizo merced al empuje del liviano presente. El canon no siempre matriculó de inmediato a sus consentidos. Hace poco leí, no sé dónde, que los autores hoy imprescindibles dentro del canon no fueron los más leídos en su momento, y que algunos fueron tildados de insignes perdedores. Flaubert mereció la misma atención con su Educación sentimental y La tentación de San Antonio que una nube fugaz; y Proust recibió con desaliento los dicterios proferidos contra Los placeres y los días, el simple ejercicio de un aprendiz que luego maduraría en los inolvidables siete tomos de En busca del tiempo perdido; también Góngora, el imprescindible poeta del barroco español, debió resguardarse por casi tres siglos en las catacumbas hasta que la lucidez de Dámaso Alonso lo desempolvó para los lectores de otros siglos. Le cité a mi amigo algunos casos más y éste se conmovió con el destino aciago de quienes ahora eran considerados poco menos que genios y saboreaban las mieles de una felicidad tardía.

Mi amigo pareció entonces satisfecho y supe que en algo había disipado sus dudas. Quedaba entonces aventurar algunos nombres, un par de libros que me dieran la razón y que testimoniaran la existencia de escritores de valía en el incierto presente.

—Lo pertinente es empezar por lo nuestro ­—dije a mi amigo—. Yo creo que Rivera, García Márquez, Mejía Vallejo, Zapata Olivella, Espinosa y Collazos son tanto de antes como de ahora, y su visita es urgente. Esto, para cualquiera con una relativa cultura literaria, es más o menos obvio. No se requiere de una maestría, un doctorado o un artículo en revista indexada para saberlo. Pero como prometí adentrarme en el terreno de los riesgos ­—que es el verdadero terreno de la inteligencia­—, empiezo por decir que Antonio Úngar es quizás la voz más potente de los escritores de las nuevas generaciones, al menos el de Las orejas del lobo y algunos cuentos, no tanto el de Zanahorias voladoras, un libro irregular, con pasajes bastante desafortunados y que revelan a un novelista que no alcanza el dominio de la técnica novelesca, o el de los cuentos que aparecen en Calibre 39[4] y Bogotá 39. Antología de cuento latinoamericano[5]. Quizás lo ayuda mucho su formación, lejos de las camarillas que devoran todo a su paso. También está su tocayo, Antonio García Ángel, un rapsódico chandleriano, bonachón, que debutó muy bien con Su casa es mi casa —novela de intrigas y de retos—, y decayó con Recursos humanos, una novela de aliento y estructura vargasllosianos, menos vigorosa pero más necesaria para el formato cinematográfico de actualidad. Sus cuentos, así estén recogidos en libros que se fingen antológicos, son en verdad lamentables, carentes en absoluto de las mínimas exigencias del género, de la tensión y la atmósfera que torna a ciertos cuentos atemporales. Recientemente apareció un cuento suyo llamado “Bobby” (incluido en la antología latinoamericana citada) que contradice el tono y la forma de sus primeros cuentos. En este último aparece un narrador maduro, con una gran historia muy bien ejecutada.

Miré a mi amigo y éste seguía la conversación muy atento. Le dije que omitiría algunos títulos y algunos autores, bien por tiempo o por desconocimiento, pero que le prometía, en futuras sesiones, ir completando el panorama.

Luego pasé a indicarle que a la cabeza de este grupo iba Roberto Rubiano Vargas, un cincuentón cosmopolita, señalador de caminos literarios, para usar una metáfora de Valéry Larbaud, el escritor francés. De Roberto brillan con luz propia su Alquimia de la escritura —el ABC condensado del oficio—, y un libro de cuentosredondo, urbano, también de estirpe chandleriana, Necesitaba una historia de amor y otros cuentos bogotanos. El cuento homónimo es fantástico. Existen por ahí algunos textos breves de él, impecables, con el gusto que da la historia sencilla contada de manera esencial. Roberto comete el error, el histórico e inadmisible error, de confundir antología con agrupación de amigos, y de creer que una antología es producto más del texto inmediato, del libro a mano, que de una pesquisa acuciosa y esmerada de obras relevantes, cualquiera sea el lugar que las albergue. Sigue el camino fácil de Luz Mary Giraldo. Del joven Andrés Burgos poco o nada merece un recuerdo, un lugar en el podio del canon. Lo constaté con la lectura del cuento compilado por Roberto. Su resonancia es puro escándalo, auto-mercadeo, presencia mediática a ultranza. Su presencia es entonces perfectamente soslayable. Lo mismo se puede decir de la Piedad Bonnett narradora, la de una novelita desaliñada llamada Después de todo, una obra que tiene el sabor agridulce de la prosa impecable pero insustancial, del oficio ausente de materia que incorporar. De Margarita Posada, de la locuaz y visible Margarita y su De esta agua no beberé, le dije que literariamente desconfiaba tanto como de un billete de cincuenta mil en manos de un inquilino próximo a cambiarse de morada.

Me detuve y vi que la perplejidad de mi amigo pasaba por el terreno de la desconfianza, del sonrojo. Le advertí, para variar de perspectiva y posar de más amable, que también estaba Juan Gabriel Vásquez, que su novela Los informantes era una obra valiosa, digna de una lectura atenta y detallada. Sus cuentos tienen oficio, tienen además el aliño de la prosa bien condimentada. También le agregué que los libros de Enrique Serrano tenían el sabor rancio de las historias reencauchadas, que confundía la erudición con la revisión al dedillo, enciclopédica, de la historia. Eso sí, le dejé claro, que “El día de la partida” era un cuento memorable, con premio o sin él, pero que eso no salvaba per se sus otros libros. Todo Héctor Abad Faciolince merecía el favor de la lectura continua —aun sus textos de no ficción—, y en especial El olvido que seremos, una novela que el gallego Manuel Rivas tildó de magistral (y eso puesto en boca del autor de “La lengua de las mariposas” es todo un elogio). Jorge Franco entretiene y parece sincero, pero la sinceridad no siempre es una virtud literaria. Melodrama es menos virtuosa que Rosario Tijeras, y ésta, con todo y bombo, con todo y adaptación, es menos que muchas de las novelas olvidadas de Luis Fayad, Fernando Cruz Kronfly, Evelio Rosero —el indispensable Evelio— o Carlos Perozzo.

Luego le dije a mi amigo que la tarea era por demás dispendiosa y que prefería pasar a libros producidos en otros países, pero que el resto de la revisión cercana, nacional, quedaba aún pendiente, pero que le podía adelantar algunos nombres para que él por su cuenta fuera leyendo y evaluando mientras volvíamos a conversar: Juan Álvarez (un epígono inteligente y socarrón de Salinger), Tomás González, Efraim Medina (el de los títulos rocambolescos), Pilar Quintana, Juan Carlos Garay, Nahum Montt, Cristian Valencia, Carolina Sanín, Santiago Gamboa, Andrés García Londoño, Mauricio Becerra, Luis Noriega, Mauricio Bernal, John Jairo Junieles, Fernando Toledo, Ricardo Silva, Ángela Becerra, Juan Esteban Mejía, Pablo Montoya, José Luis Garcés y otros más. Eso sí, le insistí, sería bueno indagar un poco más allá, pues parece inverosímil creer en la no existencia de narradores periféricos, ocultos, acaso más vigorosos que los que siempre figuran.

­—¿Y los de América están incluidos en los del Mundo? —preguntó mi amigo.

Yo le respondí que no, que tenían un lugar aparte pero que también esa era una tarea ambiciosa, de largo aliento. Mientras tanto podría ir leyendo a los peruanos Santiago Roncagliolo, Daniel Alarcón y Alonso Cueto; al dominicano Junot Díaz (así escriba originariamente en inglés y parezca un norteamericano en cada acto); a los argentinos Luisa Valenzuela, Marcelo Birmájer, Mempo Giardinelli, Ricardo Piglia, Inés Fernández Moreno, Laura Massolo, Gonzalo Garcés, Juan José Saer, Pablo de Santis, y en especial a Ariel Magnus, ése que ganó por partida doble el premio “La otra orilla”, de Norma, y pocos días después el premio de novela breve “Juan de Castellanos”, ambos en Colombia; a los chilenos Jorge Edwars, Roberto Ampuero, Marcela Serrano, Álvaro Bisama y Alberto Fuguet; al ecuatoriano Raúl Pérez Torres; a los mexicanos Guillermo Arriaga, Guadalupe Nettel, Ángeles Mastreta, Sergio Pitol, Juan Villoro y Jorge Volpi; a los brasileros Gabriela Alemán, Paulo Cuenca y Adriana Lisboa; a los uruguayos Claudia Amengual —quizás la más exquisita de todos—, y Pablo Casacuberta; a los cubanos Senel Paz, Pedro Juan Gutiérrez, Wendy Guerra y Ronaldo Menéndez; al puertorriqueño Luis López Nieves.

Hay muchos más, pero por ahora con esos bastaba. Alguno de ellos, con seguridad, daría a Harold Bloom de qué hablar.

—¿Pasamos al mundo? —sugirió mi amigo.

—Sea, vamos al mundo —respondí.

Estaba dispuesto a hablarle a mi amigo de ese nuevo canon del ancho y dispar mundo. Pero la tarea era demasiado extensa, demasiado denodada, casi para un libro con el carácter de ensayo, para muchos años de estudio y franca dedicación; pero además estaban las limitantes de muchas literaturas que no nos llegan, bien por las traducciones o bien por la distancia. Sumado a esto aparece la permanente renovación, pues en el mismo momento en que leemos un libro, muchos, cientos, quizás miles de otros libros de otros autores, irrumpen en el mercado, y es nuestra obligación, como profesores honradamente intelectuales, conocer el mayor número posible de ellos, no desconocerlos por sospecha, sin haberlos leído, pues más adelante el mundo nos castigará nuestra pereza mental y nuestra particular insensatez.

Pero se podrían aventurar algunos nombres, algunos ya consagrados. Varios de ellos ya están muertos y no se les ha hecho la justicia literaria que merecen De todas maneras esta sería una buena provocación para la ingenuidad de nuestro simpático y desinformado estudiante.

Pienso en Julian Barnes, Hanif Kureichi, Ian McEwan o Martin Amis, para Inglaterra; en J.D. Salinger, Raymond Carver, Jonh Cheever, Jeffrey Eugenides (Middlesex), Philip Roth, Cormac McCarthy, Paul Auster, Brady Udall[6] o Thomas Pynchon (La subasta del lote 49), para los Estados Unidos; en Frank McCourt, para Irlanda; en Eduardo Lago, Juan José Millás, Vicente Molina Foix, Ignacio Ferrando Pérez, Manuel Rivas, Arturo Pérez Reverte, Clara Sánchez, Juan Manuel de Prada, Antonio Muñoz Molina, Enrique Vila-Matas, Manuel Vásquez Montalbán, Javier Marías, Jaime Manrique o Juan Marsé, para España; en Alexandro Baricco, Antonio Tabucchi (Sostiene Pereira) y Primo Levi, para Italia; en Amos Oz, para Israel; en Patrick Chamoiseau (Texaco), para Francia; en el caso extraño del húngaro Sándor Márai (El último encuentro), o en el del checo Bohumil Hrabal; en el frances Michel Houllebecq (Las partículas elementales); en la hindú Arundhati Roy (El dios de las pequeñas cosas), en el japonés occidentalizado que es Haruki Murakami (Tokio blues y Kafka en la otra orilla). Por ahora ésos, como tarea. Ya vendrán muchos más, y la deuda intelectual seguirá creciendo. Entonces volveremos a hablar, mi amigo.

 

 



[1]Para el concepto de canon recomiendo en especial tres libros: El canon occidental, de Harold Bloom. Traducción de Damián Alou. Editorial Anagrama. Cuarta edición. Barcelona. 2005. 587 Págs.; el segundo es Cómo leer y por qué. De Harold Bloom. Traducción de Marcelo Cohen. Editorial Anagrama. Segunda edición. Barcelona. 2003. 316 Págs.; y el tercero es Teoría literaria y literatura comparada, de Jordi Llovet y otros autores. Editorial Ariel. Barcelona. 2005. 463 Págs. En este ultimo libro leemos: “Canon es el archivo de documentos literarios —la mayoría de tradición escrita, claro está—, que suponemos solventes, ejemplares, modélicos y con un mínimo grado de valor estético (…) Es la suma de todas las producciones literarias que la tradición, o simplemente el tiempo, ha subrayado a lo largo de los siglos, ha seleccionado o ha preferido por encima de otras producciones” (Pág. 88). A partir de este concepto, como realidad, como pregunta y como necesidad, surge este ensayo.

[2]Para el caso de la última autora consagrada con el Nobel, Doris Lessing, baste citar una anécdota sucedida en la librería Panamericana de Neiva. En los días anteriores a la adjudicación del premio, el libro La buena terrorista, de dicha autora, estaba en venta en ese almacén, a un precio cómodo de cuatro mil pesos. Había doce ejemplares y mes a mes ese mismo número seguía en vitrina sin registrar venta alguna. El día en que el premio fue otorgado, el libro pasó misteriosamente —la misma edición— a tener un precio de treinta mil pesos. Otro misterio, aún mayor, fue que en ese día se vendieron —más costosos—, los libros que reposaban sin recibir antes siquiera una hojeada.

[3]Recomiendo al respecto la intervención de Fernando del Paso en la reciente Feria Internacional del Libro de Guadalajara, o, días después, una entrevista hecha a la escritora Pilar Reyes sobre el mismo tópico, ambas, reproducidas en la página Web www.escribirte.com.ar.

[4] Compilación y notas de Roberto Rubiano Vargas. Editorial Villegas. Bogotá. 2007. 250 Págs.

[5] Compilación y notas de Guido Tamayo. Ediciones B. Bogotá. 2007. 413 Págs. (Estos dos libros constituyen el intento más reciente de consolidar un canon, hecho a partir de ciertas definiciones puramente temporales. En realidad el segundo es mucho más riguroso y la solidez de los textos allí incluidos así lo indica).

 

[6]Brady Udall aparece, junto a otros veinticuatro escritores, en una excelente antología del cuento joven norteamericano, llamada Habrá una vez, hecha y traducida por Juan Fernando Merino y publicada en Alfaguara en el 2001. Esta antología recoge voces, en su mayoría jóvenes, formados de la modalidad de talleres de creación, tan populares en los Estados Unidos.


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