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Por Gratitud

Ángeles Rocío Tillet

Por Gratitud. Angles Rocio Tillet

Se deshizo rápidamente del arma, sabía como hacerlo. A las dos o tres cuadras tomó un taxi y se dirigió hacia el oeste de la ciudad, su pelo se había aclarado aún más con las canas, el acento también lo hubiese vuelto más reconocible.

Luego de bajarse esperó unos minutos antes de abordar el auto que lo llevaría al Aeropuerto.

Finalmente todo había acabado, sonrió en el avión al recordar la cara del asombrado y elegante intelectual famoso por sus libros y sobre todo por el premio Nobel, que bien se había ganado.

Lo recibió sin sospecha alguna y todavía lo abrazaba cuando le reventó la cabeza silenciosamente pero con una bala bien gruesa. No tenía prisa. Ahora eran demasiados allí como para que lo descubrieran.

Cuando treinta años atrás lo conociera tenía la misma sonrisa. Lo protegió contra la exigencia familiar del maldito estudio técnico. Gracias a él, que le presentó a gente muy simpática enseguida ganó plata fácil. Pequeñeces del mercado negro, tabaco, dólares, whisky, perfumes.

Ni complicado ni peligroso, trabajo para gente estúpida, que quería vivir como en el otro lado.

Claro que su amigo Mijail ignoraba todo, no sospechaba ni siquiera que hubiese mercado negro. Abandonó los estudios, él le había abierto los ojos “no tienes cabeza para esto”.

Mijail si completó varias carreras. Después se fue a Moscú había sido elegido para El Comité Central.

No volvió a verlo, él se quedó en su ciudad y vivió feliz. Después nació Aliocha y dejó el negocio. Estaban bien y Nadia hubiese podido enterarse y plantarlo enseguida. Era una militante fervorosa. Trabajaba como química en la planta. Varios años después su hijo ingresó también a Chernovil para terminar las prácticas de la carrera que cursaba con notas brillantes. En esos años él dirigía una fábrica de alimentos.

Cuando ocurrió la tragedia él salvó la vida porque había viajado a Moscú. Y allí se quedó, sin lágrimas, solo. Se sumergió en la pena, mirando lo que pasaba, desde adentro de un vaso.

Cuando emergió del recuerdo, empezó a buscar un trabajo. La fábrica donde antes estaba, ya no existía. No consiguió nada. Todo era diferente ahora. Como amuchos le amenazaba el hambre.

Entonces buscó a sus antiguos socios y se encontró con el jefe. Mientras se tomaban unos tragos el gordo le dijo riendo a carcajadas. “Estoy lleno de oro”. Así animado por el vodka recordó como lo había recomendado Mijail para que le dieran esos “trabajitos”. Entonces lo sabía, pensó con asombro.

El gordo seguía: “Ese si que la hizo bien”. “Pero nunca fue mezquino, eso no”. “Quería que trabajaras con nosotros porque sabía como sucederían las cosas”. “¡Lástima que abandonaste!”. “Fue por tu mujer ¿no?”

Seguían bebiendo, él silencioso,el gordo feliz. Hablaba sin parar: “Yo mismo dirigí a los hombres que me mandó para el asunto de Chernovil, apenas hablaban ruso”. Se interrumpió en un nuevo ataque de risa: “Siempre fui uno de sus hombres de confianza Ahora mis muchachos trabajan allá.”. “Si hay algún problema él los ayuda en todo lo que puede”. “Y puede mucho. ¿No te parece? ¿A quien le deben tanto?”

Dos meses después arribaba al aeropuerto de Nueva York.

No alcanzó ni a decirle antes de despacharlo que su mujer y su hijo habían agonizado durante dos días y no pudo agradecerle que su patria había durado un poco más.

No tuvo tiempo de contarle que su hombre de confianza ahora era un viejo y gordo cadáver.

El aterrizaje lo sacó de sus pensamientos. Todo ahora era pasado. Bajó del avión en Carrasco. Montevideo era una bonita ciudad.


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