A Jacques Cazotte y su Diablo Enamorado, cuya lectura me llenó de Melania y melancolía
Fabián Coto
El favor de conocer a Satanás vestido de mujer no se lo debo, precisamente, ni a la conjunción de espejos prístinos ni mucho menos a una enciclopedia de literatura francesa. Fue a escasas tres cuadras de mi casa, en uno de los más magros y marginales bares que conozco, donde tuve la oportunidad de entrevistarme con el ignominioso personaje. Su similitud con un camello lejos de constituir un dato fidedigno no pasa de ser un mero recurso de aliteración. Se parecía a ciertas cosas que abandonan: flores, juguetes, violines, papeles, poemas, chocolates, no sé. Ciertamente enterarme de su naturaleza no fue un abstruso enigma resuelto en virtud de mi pericia. Me lo dijo ella misma mientras me tomaba la mano derecha y a la vez apretaba mi sexo con la otra. Debo confesar que la tentación nunca ha representado para mi alma pecadora el menor indicio de debilidad. Antes bien hube de leer y malinterpretar los apócrifos textos hedonistas. De tal suerte no sucumbí, me entregué dulcemente a ella mientras las oxidadas máquinas de la realidad se apagaban como en una vocación nihilista. La atmósferadel bar, sin embargo, era en verdad amena: pude ver como las chicas jóvenes pernoctaban a los inodoros con sus asépticos sexos y pude ver como salían luego con sus pequeñas narices implicadas de euforia y pude ver después el modo sutil que empleaban para pestañear y pude verlas por fin abandonar su pulcritud y vomitar a pedazos los restos de su infancia. Había también jovenzuelos rudos que miraban bajo la sombra de sus gorras con gracia y bravura. No me intimidaban porque yo ya conocía esos parajes de pendencieros y cocainómanos posmodernos, yo ya conocía de sus trucos y señuelos. Ella, con toda su variopinta y original carga de nombres, tuvo la gentileza y el coraje (en verdad quisiera laurear su distinguida y valiente deferencia) de proponerlo todo: su nombre falso, la cédula de identidad robada, el arma, el taxi de su amigo, mi sombrero, las cervezas y los cigarrillos light. En este mundo donde los trenes son especies en peligro de extinción, la propuesta de fabricar fantasmas en los andenes de una estación olvidada, además de su exquisito contenido poético, significaba una empresa heroica. Ella lo aseguró: nunca lograba fabricar olores pero siempre quiso robar un banco o una golosina. No era simplemente el placer de robar, era evocar al mismo tiempo la figura de Bonie y Clyde, y los célebres años treinta donde los hombres usaban sombreros y existía una certeza inmensa de que el futuro era un depósito de mierda cuya hipotenusa era, sin más, la desolación. Pero más allá de las películas de gansgters y de que sus piernas fueron entrevistas por mis dedos como en braile, ella poseía una irresistible fuerza de vida que se alimentaba de su viejo oficio. Era, en definitiva, un manantial de vida y goce. Pensé en compararla con un vigoroso árbol más la saturación semántica del símbolo me alejó de curiosidades equívocas. No quise ser grosero, por eso acepté una cerveza más antes de partir. Sin duda alguna algo más profundo nos unió esa noche: ambos, además de lujuriosos compañeros desde hacía más o menos treinta y tres minutos, compartíamos una o dos infamias, ambos éramos proscritos del Paraíso. La mariposa y la flor también eran proscritas pero ni la mariposa ni la flor conocían el odio, ni conocían solsticios con cara de melancolía, ni conocían cuál era el destino de esos pájaros que se convirtieron en ridículos aviones de papel invisible. Naturalmente ser proscrito del Paraíso no se parecía a ser proscrito del Partido (con mayúscula) o a ser proscrito de la Patria (también con mayúscula) o a ser proscrito de la Muerte (indiscutiblemente con mayúscula) o a hacer proscrito del Tiempo o de la Historia (con toda su anacrónica letra capital). Ella era, digamos, una proscrita distinta porque desde el primer minuto que estuvimos juntos comprendí todas las consideraciones de los místicos y supe, de inmediato, qué cosa era la inmanencia pues supe al fin que ella siempre viviría en mí. Al menos viviría como tantas otras metáforas e imágenes que atravesaban mi mirada hasta hacerla sangrar. Las moscas empezaban a llovernos y aquello era efectivamente algo extraño pues las moscas se abstienen de participar en esa engañosa radiografía del mundo llamada noche. Silbé una canción muy triste y ella me dijo que podía imaginar una casita humilde que expulsaba humo. Recordamos las estepas llenas de nieve y las huestes de expósitos que vagaban como un lamento, y los pájaros sin cielo que volaban con un fleco de luz putrefacta entre las alas, y las calles donde los famélicos nunca reciben la leche de un seno. La pistola en el bolso se deslizaba como una venganza junto a la cajetilla dura de los cigarrillos y junto al lápiz labial. Daríamos un pequeño golpe anticapitalista. No era simplemente robar, haríamos un fantasma con las manos y aquél espectro no solo rondaría Europa. Pero antes iríamos a un motel y yo hablaría de mi amigo Spanky y le advertiría al mundo acerca de los peligros de enfrentarse con un capo de mi debida estatura. Nos registraríamos con nombres falsos en el dichoso motel y yo ordenaría un Tom Collins con doble Gin y la pistola aguardaría en su bolso y en mi sobaquera otra venganza correspondería con sus 9 milímetros de odio. Hicimos el amor (¿o lo haríamos?). Me levanté de una vez y le pedí que no me mirara con esos ojitos tiernos pues el tuerto Harry, elde la navaja, esperaba afuera y no convendría que nos viera besándonos. Los viejos tiempos habían regresado y yo me sentía como si tuviera cautiva a Laureen Bacalen un hotel en Cayo Hueso, aun a pesar de que el sunset bulevard hubiese muerto con Marlowe y su cráneo estrellado en el pavimento. Dábamos un pequeño golpe anticapitalista y debajo de mi pecho existían múltiples fragancias de mujeres más fatales que ella: el mismísimo demonio harto de la injusticia en el mundo me comentaba después de liarme a tiros con un policía que dios se olvidó de los hombres (no sé de las mujeres). Trepamos a un coche donde esperaba mi gato peludo y yo casi tenía la certeza de que era capaz de decir una de esas frases que, según Fernández Larrea, enloquecen a los novelistas. Le tomé el brazo y la vi encender un cigarro. Quise decirle: Adiós para siempre mi preciosidad… Me resistí. El auto dio unos cuántos giros antes de llegar a la agencia del Banco Nacional. Aparcamos junto a un coche blanco pues en todas las escenas del mundo debe existir un detalle marginal: coches blancos, hombres fumando, niños corriendo tras un balón y una chica rubia paseando con su perro. El policía debería mirarnos con cierto aire de desconfianza pero al cabo burlaríamos su ligero atisbo. Habría una anciana con su rebozo crema y un jovencito con pretensiones de héroe que intentaría (¿o intentó?) atacarnos y la tomaría a ella por el cuello y entonces yo sí que tendría que escoger entre golpes anticapitalistas y redentores. El custodio, quizás envalentonado por la temeraria acción del chico, abriría fuego contra ella o contra Harry o contra mí. Alguno caería y yo estaría pensando en esas frases célebres que nunca he logrado urdir: algo así como la inmortalidad de los burros o la luz de Goethe. De pronto estaría solo en la inmensidad del mismo bar recordando a Harry, el tuerto de la navaja, a Marlowe, a Spanky o la preciosidad que miraba de reojo al fondo de la barra. Me armaría de valor: sonreiría a la chica del fondo entre múltiples higueras ardiendo en derredor y pavesas de cigarro. Me levantaría masticando bruscamente y con la sonrisa terciada a un lado le ofrecería un cigarrillo y una semilla de cardamomo para su halitosis. Le diría que los viejos tiempos ya pasaron y que ya no quiero dar golpes anticapitalistas, ni acariciar a mi gato peludo, ni robar bancos, ni fabricar fantasmas que rondaran más allá de los Urales y de Gibraltar, pues a fuerza de cazar brujas los fantasmas conquistaron el planeta, y mientras la veo esconderse en su propio rostroyo solo podría pensar que nunca logré ser del todo rudo ni decirle una de esas frases célebres que, según Fernández Larrea, enloquecen a los novelistas. Adiós para siempre mi preciosidad…