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La hecatombe

Francisco Cifuentes

El destino de los pueblos lo marcan sus dirigentes. Los colombianos despertaron un día con la noticia de que por determinación del presidente Uribe Vélez, las funciones como mediadores de la senadora Piedad Córdoba y del presidente bolivariano Hugo Chávez habían cesado en las gestiones para lograr el “intercambio humanitario” de los militares y políticos en poder de las Farc y los guerrilleros del mismo grupo presos en las cárceles colombianas y norteamericanas. A nadie debió sorprender esta determinación pues fue evidente el fracaso de los mediadores en lograr lo más elemental del mismo: que los negociadores de la contraparte demostraran que tenían en su poder y con vida a los rehenes que pretendían negociar.

La vergüenza a que fue sometido el presidente Chávez cuando incumplió la promesa de llevar pruebas de supervivencia de la ciudadana francesa Ingrid Betancur a la reunión programada con el presidente Sarkozy, fue un verdadero escupitajo en la cara de la insurgencia al mediador. Si se burlan e incumplen las promesas elementales, ¿qué seguridad hay para el respeto y cumplimiento de los acuerdos fundamentales?

Como consecuencia de esto los ciudadanos venezolanos despertaron al día siguiente con una valoración diferente hecha por su presidente de la calidad del presidente colombiano a quien calificó de manera denigrante y opuesta a como lo había hecho durante los cuatro años previos, hasta de “mi amigo” lo trató públicamente alguna vez. En el mismo despertar se encontraron con una medida del presidente Chávez, en la que prevenía a las Fuerzas Armadas de estar vigilantes y atentas. A partir de ese amanecer los ciudadanos venezolanos tendrían que dormir atentos de la inminencia de una agresión de las fuerzas enemigas a su territorio.

Las cosas cuando llegan a su fin pierden su vigencia, valor e importancia. Pero hay la tendencia humana a querer perpetuarlas, sobrevalorarlas, conservarlas, y esa tendencia es lo que hace que la reacción de los facilitadores esté afectando el destino de dos pueblos que tienen un origen común, una historia compartida y un futuro indivisible. Las marcas al destino ya están hechas, la profundidad de las mismas depende de la calidad y de la inteligencia de los involucrados con el poder de generar hechos sociales. Lo que se tiene a la mano hoy día como resultado de este fallido proceso y el comportamiento posterior de los involucrados es otro enorme monumento a la estupidez.

La profecía

El profeta Jorge Zalamea entrevió en su discurso de las escalinatas el futuro miserable del pueblo venezolano y de la llegada del Burudún que los sometería:

"… de Venezuela la rica, la más rica, la mil veces rica, la riquísima –inesperado centro de musicalia, sede de la más audaz arquitectura, lonja de artistas, mecenas estrellado (¡oh antifaz, oh máscara, oh irrisión!)–, de Venezuela hu­meante de petróleo, husmeante de pan, han venido cinco millones de pobres venezolanos y los millares de sombras que toman aquí, entre vosotros, vacaciones de los penales, pre­sidios y cárceles en que pagan el planteamiento de un pleito: ¡el vuestro, el nuestro!

"Que cada palabra mía fuese ahora como piedra de cien filos: llave inmisericorde que abra y destroce todo corazón. O como dentellada de lobo que tiene prisa por llegar a la entraña palpitante de su presa. Pues mi pobre corazón está desnudo y llagado viendo llegar a las escalinatas la delegación de mi pueblo, mis hermanos, mi más inmediata semejanza.

"Helos ahí, entre taciturnos y atónitos; doblegados bajo la lluvia de su propia sangre y con el guijarro de un “¿por qué?” en la garganta.

"Entenados de una despótica familia de próceres; libertos de una vanidosa casta feudal; hijos putativos de las cadenas; ahijados de sus propios explotadores; pupilos de los grandes empresarios; mesnada de los advertidos filántro­pos del paternalismo; catecúmenos de la iglesia cesárea; hombres de leva bajo las banderas de la demagogia; hombres de ­presa bajo los uniformes del poder; hombres de pena bajo los grandes cuadros estadísticos que registran la ración cancerosa de los valores bursátiles.

"La resaca de remotas perversiones llegó y henchió, como ponzoñosa esponja, el corazón de toda esa casta codiciosa y paternalista. La cruz gamada volteó en el espacio y siendo ya de infamia en los países momentáneamente liberados, o en ídolo devorador en la tierra colombiana, mi dulce y tremenda tierra. Para enrodar a los humildes y corroborar ­a los poderosos.

"La concupiscencia del poder, primero; la codicia luego, engendraron la crueldad y abonaron el odio. Una y otro abortaron ese feto: el terror. Burundún-Burundá enseñoreado de siervos y patronos.

"A espaldas del tartamudo locuaz, del vaquero venido a más a cuando se consagró matarife, del sordo a lo que no fuera reteñir de monedas y de la bestia militar que tuvo estrellas como pezuñas –a espaldas del multifacético ­Burundún–, los especuladores del platino, del petróleo, del café, del hierro, del uranio y del mismo cielo azul, hicieron de la sangrienta titeretada su agosto, ofreciendo como diversión a la agonía de un pueblo la alharaca de los engreídos cubileteros de la libertad condicionada y la democra­cia de papel.

"Pero ya están aquí sus víctimas, mis hermanos, nuestros hermanos. Y tienen grito y veto en nuestra querella.

"¡Crece, crece la audiencia!"

El camino de la servidumbre del pueblo venezolano

Otro visionario Friedrich A. Hayek, describió en 1944 con equilibrio ponderado el camino hacia la servidumbre de los pueblos sometidos por bandas de matones y líderes sin escrúpulos. Su explicación sobre la razón del porqué los peores llegan a la cabeza de los estados totalitarios vale considerarla para voltear las predicciones negras de la hecatombe a que podrían ser arrojados los pueblos colombiano y venezolano.


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Friedrich A. Hayek

¿Porqué los peores se colocan a la cabeza?

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