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El Congreso y la revocatoria

Francisco Cifuentes

Faltan 843 días para que culmine el período de los congresistas y se cumpla el cierre las legislaturas del actual Congreso. Es mucho tiempo para seguir viendo como son encarcelados y llamados a juicio por la Corte Suprema, uno tras otro, los parlamentarios y como están asumiendo las curules vacantes los suplentes inscritos como relleno en las listas, que nunca pensaron tendrían la oportunidad de ostentar la dignidad con el aparejo de prebendas que conlleva ejercer el alto cargo: viajes gratuitos e ilimitados, guardaespaldas, burbujas cuatro puertas blindadas, entrada libre a Palacio, poder nominador indirecto, encaminamiento de cuantiosos recursos del presupuesto, reverencia de los altos funcionarios del Estado además de su salario exhorbitante por el mero acto de hacer presencia en el recinto. En esencia la encarnación del poder. Sobre el poder Camus dijo que “el poder es tan necesario como el respirar”, Kissinger que “el poder es un afrodisíaco”, Lord Acton, que “el poder corrompe”, yo digo que “el poder transfigura”. Algunos de estos suplentes son verdaderos palurdos y contra ellos es, creo, que se está expresando el malestar de los “congresistas de bien y de pedigrí” al verse trabajando lado a lado con alguien que “huele a fo”. Ven con horror como estos no invitados asumen el poder y lo disfrutan.

El problema es que la Constitución no dejó espacio en el texto para el cierre del Congreso en una situación como la que se está dando, pues la Constituyente, que estuvo también infestada de “untados” y “patrocinados” por los narcos, no veía reparos en la corrupción de la política –lo consideraba un mal necesario–, lejos estuvo de imaginar fuera posible la actual arremetida de la Justicia ni el alcance de la persecución. Esto deja un vacío complejo de llenar. La sociedad ve impotente como la dignidad y la calidad del poder legislativo se desmorona.

Algunos congresistas y columnistas están inclusive proponiendo salidas supra constitucionales, como el cierre a la fuerza, el auto cierre, el desmantelamiento, porque saben que tramitar una reforma constitucional para adelantar las elecciones requiere un doloroso y largo trámite en el mismo congreso que se repudia y los plazos a acortar serían inanes, como fue la anulación del diez por ciento de las mesas de votación en el Congreso pasado que tardó tres años en el Consejo de Estado en el despacho de un “laborioso” magistrado que malgastó la mitad del período de su cargo recontando los votos y excepto dos o tres credenciales anuladas (entre ellas la Piedad Córdoba), no pasó nada. Tramitar esta reforma tomaría los dos años que le faltan los congresistas y se empataría con las elecciones futuras de 2010. Otra vez no pasaría nada.

El ex presidente Gaviria, ignorando la Constitución que aprobó y promovió durante su gobierno, fue un paso más adelante: propuso que se adelantaran todas las elecciones, llevándose en los cachos la mitad del período que le falta al Presidente Uribe Vélez. No dijo nada sobre el poder judicial propuesto por ejecutivo y elegido por el Congreso, que creo también debe revocarse o “revolcarse” que ciertamente es su palabra favorita.

¿Qué hacer? Esta pregunta me atormenta porque no vislumbro una respuesta viable. Es claro que el problema no está en los electores sino en la dirigencia de los partidos que por su debilidad frente a los políticos elegidos no tiene peso ni autoridad, seguramente tampoco interés en la renovación. Sentí vergüenza en las elecciones de gobernadores ver a Horacio Serpa, Jaime Castro, José Name, y no me acuerdo de otros, como candidatos e igual rubor sentí con algunos de los candidatos a las alcaldías. Ellos representan la política clásica, la que a pesar de constituyentes, amnistías y 26 reformas a la carta no ha sido capaz de mejorar en un solo punto el mierdero político y de paso los problemas mayores de la sociedad colombiana: narcotráfico, corrupción y guerrilla. Luego además de un “golpe de curul” al poder legislativo, habría que propiciar un “golpe de llaves” a los directorios de los partidos negándoles toda autoridad partidista. Pero no se ganaría nada. La sociedad no tiene reservas en la clase política porque se trata de castas que se alimentan a sí mismas con su prole o su parentela. Otras elecciones no producirían una renovación sino que confirmarían la debilidad del poder civil contra la clase política y lo que es peor se perdería para siempre la oportunidad de renovarla.

¿Pero cómo “empoderar” el poder civil? Se me ocurren tres ideas. Que se convoque a un congreso de cincuenta notables para que trabaje, tiempo completo durante estos dos años en la promoción y selección de los candidatos de las próximas elecciones y simultáneamente presente a este congreso los proyectos de reforma política que permitan llegar al 2010 con gente nueva y con talanqueras jurídicas nuevas en el proceso electoral. Lo cierto es que el desprestigio del Congreso solo abre el boquete para que irrumpa el populismo, como ya se vio en Bogotá. Unas mayorías populistas en el poder empujarían a la sociedad dos siglos hacía atrás. Segundo que los dueños de los medios de comunicación dejen de invocar el sagrado derecho de los colombianos a conocer la verdad, replanteen como poder paralelo que son, el tipo patria que quieren y se comprometan a promoverla, a decirlo abiertamente al iniciar los programas de opinión en que conviertieron los noticieros y los programas de humor. Esto acabaría con la marrullería y la manipulación de que hacen gala diariamente. Tercero, los empresarios, que son los dueños de la pauta publicitaria que alimenta a los medios, deben revaluar si los apoyos que dan los llevarán al exilio o la prosperidad; en últimas son ellos los que más pierden si el sistema se hunde, así tengan medios económicos para vivir en el exterior y visas para salir corriendo. Creo que deben mirar muy atentamente el espejo bolivariano y ecuatoriano.

Tan importante como victoria en el campo militar es la victoria en el campo político, en este frente el gobierno, desde hace lustros, ha estado al garete. Lo que está pasando hoy con el Congreso es el fruto que se está recogiendo de lo sembrado.


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