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La tercera oportunidad

Francisco Cifuentes

El proceso judicial contra los jefes paramilitares desmovilizados llegó al punto álgido y doloroso –prefiero decir “pelicrespo”– de la confesión de la “verdad” ante las autoridades judiciales. El uso que se da a la misma es obvio que depende de la óptica del oidor de la noticia. Era natural que las historias de despellejamientos y decapitaciones provocaran reacciones histéricas en las jóvenes y “buenas” reporteras que fungen a veces de analistas políticas y quienes por sus emotivas declaraciones en los medios amenazan con sacarle personalmente los ojos a Mancuso; en otros campos, mas varoniles, la verdad es tomada en términos prácticos y lucrativos: los “reparadores”, con credencial para asistir a las audiencias, están gozosos proyectando las ganancias que obtendrán los “colectivos de abogados” con las demandas ante la amañada Corte Interamericana de Justicia, a razón de 800 mil dólares por víctima; la insurgencia se alinea dentro de esta “forma de lucha” y aprovecha el papayazo del “establecimiento” para “dar de baja” jurídicamente a cuanto oficial que alguna vez se haya interpuesto con éxito grande o mediano en su camino; la oposición moralista ve por fin, como se le abre la posibilidad de someter o desenmascarar a “la oligarquía” y eventualmente enviarla al destierro, al confirmarse el apoyo que los empresarios y ganaderos ofrecieron a las fuerzas contrainsurgentes; ve materializar el acceso al poder a la vuelta de la esquina cuando el gobierno se derrumbe; los políticos de poca monta ven como caen y se encarcelan los caciques y camaleones que siempre los tuvieron relegados en puestos secundarios en las elecciones regionales y encuentran, para su alegría, el camino despejado a las cincuenta curules que ha pronosticado –u ofrecido– el vicepresidente; hay, también funcionarios de gobiernos extranjeros que tienen atento el oído para sacar provecho en lo de su competencia y reclamar como éxito propio lo confesado que favorezca a su gobierno, o lo que se pueda utilizar en el juego partidista político de su país; hay otro grupo no menos despreciable en el procenio de los oidores que disfruta de este festín sanguinario: son los periodistas, dominados por el síndrome de la chiva noticiosa y los rating de sus programas radiales y de los tirajaes de revistas "informativas", a quienes les importa un “soberano culo” el futuro de la sociedad que manipulan y de la que viven.

Son demasiados puntos interesados en conocer la verdad y demasiadas las pinzas con que se atrapa y se comparte lo sustantivo de ella. Pero en medio de la turba de oportunistas hay un sector muy amplio de la población que es ajeno a la histeria, a la ambición, a la venganza y que sorprende a los analistas de encuestas de opinión por la indiferencia ante los hechos y declaraciones judiciales, que reconoce de manera abierta la simpatía con los beligerantes irregulares y que entiende el fenómeno paramilitar con su violencia, como una reacción necesaria ante la ausencia de las fuerzas regulares del Estado y la ignominia que significó el yugo de la insurgencia.

Esa mayoría de ciudadanos contiene la fuerza decisoria para que las aguas agitadas lleguen a buen término en la convivencia de la sociedad, o para que ella se enrumbe hacia una situación que, creo, será más virulenta y sanguinaria que la vivida en el pasado porque de resurgir, implicaría las rectificaciones de los errores anteriores desde la óptica de los perjudicados: no testigos, no compasión, no nada; para que el país entre al concierto de naciones "bolivarianas" y empiece el mandato de los perritos falderos del libertador bolivariano, de los chivatos y matones internacionalistas; o para que la clase política ante la seria amenaza que enfrenta con las largas condenas que tiene proyectada, haga por fín una jugada inteligente, con el poder legislativo y las mayorías parlamentarias con que cuenta, se enfrente al sistema justiciero y propagandístico que se ha montado en este proceso.

Por esto, los interesados en el buen futuro de la sociedad colombiana deben replantear su participación e iniciar acciones para evitar el desenfreno del tormento jurídico y noticioso. Yo he empezado a pensar en que no sería insensato contemplar la alternativa de una segunda reelección del presidente Uribe Vélez, como ya lo predijo el ex presidente Belisario Betancur; meses antes lo mismo había propuesto para perplejidad de todos Julio Mario Santo Domingo; ahora lo están insinuando de manera timida algunos representantes uribistas; lo canta en sus griterías la oposición y lo reconoce como una posibilidad real, con terror, la insurgencia. Las encuestas se están enfilando veladamente a tantear la sensibilidad de los votantes. El desorden de los partidos en la inscripción de listas para las elecciones locales y regionales, muestran rotundamente la ausencia de liderazgo y de renovación en las castas políticas. Yo no veo otro camino mejor si las cosas siguen así.

Nuevos impulsos

En la semana previa a las elecciones regionales de octubre el director del partido de la U, rompió oficialmente el tabú del tema de una segunda reelección del presidente Álvaro Uribe. ¿Porqué cambiar de general si estamos ganando la batalla? Propuso el mecanismo de la reforma: un referendo; con lo que se saltarían los agobiantes debates de las células legislativas donde no se tienen mayorías seguras, se acortaría el tiempo del proceso y la Corte Constitucional tendría menos protagonismo si decide respetar la voluntad del constituyente primario. Los columnistas “cundi-boyacense”, los humoristas radiales de la mañana y de la tarde ya tienen montados sus libretos de oposición para darle sabor a sus programas.  Finalmente el presidente fue forzado a dar una respuesta comprometida sobre sus intenciones en una reunión con los senadores de los partidos uribistas. Solo seré candidato si hay una hecatombe fue la respuesta. Los exegetas tuvieron que correr a los diccionarios para desentrañar los orígenes de la palabra y como en todo debate político hay campo para el sí y para el no. La respuesta debió ser pensada, la palabra calculada y la intención clara. Pero hay algo que escapa a los intérpretes: el sentido regional. Antioquia por las condiciones de aislamiento geográfico que le dieron las montañas conservó expresiones que desaparecieron del lenguaje corriente. Atisbar, escombro, parva. Seguramente “hecatombe” está en ese repertorio.

Mi posición está definida. Yo recomiendo al presidente, que se la juegue. Él no tiene futuro en Bogotá, ni en Antioquia, ni el mundo, los “oenegatarios unidos” del mundo lo perseguirán y acosarán donde se encuentre, no escribe poemas ni artículos políticos, detesta a los políticos de cuello blanco y perfumado, me lo imagino siempre solitario y desconectado del alto mundo y los grandes salones. Como montañero que es, tendría que refugiarse en una finca pero en poco tiempo estaría desesperado.  Lo peor que pueda pasar es que pierda y el resultado personal sería igual a si se retira por la puerta grande.


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