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La verdad, el olvido y el caso de los para-parlamentarios

Francisco Cifuentes

El panorama político de Colombia está sacudido por la orden captura que expidió la Corte Suprema de Justicia contra tres parlamentarios (el representante Erik Morris, y los senadores Álvaro García Romero y Jairo Merlano). La detención ordenada está relacionada, entre otros, con hechos ocurridos hace más de cuatro años en los que se incluye la vinculación de los políticos en la masacre a piedra y garrote de 20 campesinos en Macayepo, el financiamiento de las campañas electores con dineros del paramilitarismo y otros delitos. La Corte ordenó igualmente a la Fiscalía investigar a otros ex parlamentarios (una de ellas (Muriel Benito Rebollo) ya fue capturada) y de dirigentes políticos y cívicos. El epicentro geográfico de los acusados está localizado en el departamento de Sucre.

Los voceros de los partidos de oposición, los medios comunicación y los columnistas de periódicos y revistas de opinión han salido en vehemente brigada inquisidora para pedir que se destapen los vínculos del parlamento con los paramilitares que algunos jefes de las autodefensas dijeron que eran un treinta por ciento del parlamento. La demanda de revelar los vínculos oscuros de los parlamentarios es racional desde el punto de la justicia, pero olvidan los opinadores capitalinos que la situación del paramilitarismo está lejos de ser resuelta para los demovilizados (libres y deambulando por las calles de los caceríos usando todavía los chiros de los camuflados porque el subsidio que les da el gobierno no les alcanza para renovar el ropero), los “conducidos” (que esperan al ritmo de la justicia que inicien los juicios), las víctimas (que esperan con ansiedad la recuperación de los bienes de que fueron despojados o las compensaciones por los parientes asesinados) y los amenazados (que conviven la inminencia de tener que revivir el terror del pasado). Es decir, que la fragilidad del proceso de desmovilización es muy delicada y pocos son los resultados tangibles, los esfuerzos para lograrlo deben darse atacando de manera sistemática y contundente los puntos vitales del fenómeno; no debe salirse a dar palo a diestra y siniestra sin concierto ni método, pues el retroceso del programa llevará a los colombianos al peor de los mundos.

Para mí, el punto vital de la desmovilización está en la aplicación de lo que ha quedado de la ley de justicia y paz (Ley 975) después de la mutilación hecha por la Corte Constitucional y en procesar y condenar judicialmente con diligencia a los más de mil acusados de delitos atroces. Para perseguir a los políticos, los terratenientes e industriales que los financiaron o se vieron obligados a hacerlo queda tiempo y espacio. Pero no debe tenerse la visión triunfalista de que los grupos paramilitares están reducidos que los desmovilizados están controlados y reinsertados plenamente en la sociedad y este fenómeno es cosa del pasado.

Un columnista de la Costa (Armando Benedetti) se ha preguntado si estamos preparados para conocer la verdad del paramilitarismo pues él ve que la maraña de los posibles implicados llega tan alto en los ex mandatarios políticos y militares de las zonas influencia, a tantos personajes de alcurnia provinciana que ve una sociedad inviable si esto llega a darse. Yo creo que las pequeñas ciudades capitales quedarían acéfalas, despobladas, y las cárceles no darían a basto para tanto delincuente “honorable”.

Dice el columnista:

“Hace algunos meses yo me pregunté si el país estaba preparado para asumir los costos de la verdad sobre narcotráfico y paramilitares. La respuesta entonces fue que probablemente no, dadas las dimensiones impresionantes del fenómeno.

A veces tengo la impresión de que, si todo fuese revelado, este país sería inviable. La posibilidad de que nuestra estabilidad dependa de la mentira parece diabólica.”

Con motivos diferentes otra columnista (Claudia López) dice:

“¿Cuál país es el que no resiste la verdad? ¿De dónde viene la resistencia? Exceptuando el país político y la clase dirigente, el resto del país no sólo resiste sino que necesita la verdad para desmontar las estructuras criminales que no sólo intimidan sino que gobiernan.”

Salud Hernández-Mora otra columnista dice:

"No sé para qué exigen algunos la verdad y que confiesen los malos si cuando estos cuentan lo que saben y los jueces emiten su veredicto, no les creen porque no es lo que quieren escuchar."

Los "conducidios" que se encuetran en la Ceja, en la última declaración pública de noviembre 21 citan al evangelista "La verdad os hará libres". Yo pienso lo contrario, la verdad por apasionante y deliciosa que sea para el desocupado y el opinador, nos hará esclavos del pasado.

Yo estoy de lado del que duda del valor y el uso de la verdad, pedir desde el piso de la plaza la cabeza de los que gobiernan, del país político, de la clase dirigente de un solo tajo requiere tener a mano un gigante mazo que los aplaste; la tarea del analista con capacidad de influir en favor de la solución es encaminar sus esfuerzos y canalizar sus oportunidades en la construcción de la entidad justiciera con olvidos calculados y con cuotas de impunidad silenciadas que le faciliten la destrucción de la cabeza del monstruo. Asustar a los están en el proscenio sin tener el poder real solo conduce a que la situación empeore para los de abajo y para que los de arriba se "enmonten" otra vez o para que refinen sus métodos anteriores. Y así, por la actitud ciega del vengador visceral, que se ha apoderado de los comunicadores, se llegue en el futuro a “ninguna parte”.


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Otras notas anteriores de Francisco sobre el tema:

La seudomorfosis de los políticos

Los sacerdotes de la justicia

La memoria y los memoriosos

Puerto olvidado

Documentos:

Declaración pública de varios de los recluidos en el Centro de Reclusión de la Ceja



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