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Las nuevas verdades

Francisco Cifuentes

El lector de la realidad colombiana encuentra en estos días un nudo de contradicciones, tales y tantas, que tienden más a generar hilaridad que preocupación. La gravedad de las denuncias, la contundencia de las respuestas, los repentinos comunicados y el folklorismo de las fuentes originales de la noticia son un festín de venas con el que se deleitan los periodistas frívolos, convertidos sin mayor esfuerzo de su parte y poniendo una buena dosis de elogios mutuos, en “investigadores” de pacotilla que distraen y entretienen a la audiencia de todos los problemas y males que la asechan.

Cada día los periodistas montan en los medios un circo de lucha libre verbal sin reparar en la majestad de las personas llamadas al ring, involucran delincuentes con ciudadanos, prostitutas con amas casas, comparan príncipes con chapulines, suman verdades y mentiras, todo en búsqueda de una sintonía hastiada y confusa que escuche las insufribles pautas comerciales homologables a la calidad de las “interpretaciones” y los comentarios con que las adoban. Cada periodista lleva la contabilidad de su canastilla personal de las cabezas cortadas y lee al aire sin pudor la letanía de las que tiene pendientes para cortar. Mientras caiga de lo más elevado, más mérito tiene para merecer el premio de periodismo que se autoconfieren. No es diferente la situación actual en el desborde de los medios a la vivida en Asamblea francesa o en los Autos de fe de la Inquisición. Solo que esta vez, por el peso de la civilidad, para desgracia de los insaciables con el deshonor ajeno, las guillotinas y las hogueras tienen efectos jurídicos o burocráticos únicamente. Pero de todas maneras las consecuencias son trágicas para el sacrificado deshonrado que no tuvo la habilidad verbal ni la oportunidad de defenderse, así los periodistas le perdonen la vida.[1]

Gracias a la “verdad” se están reviviendo todos los hechos de la historia colombiana: el presidente Betancur (1982-1986) y los militares, algunos ya encarcelados, que participaron en las acciones trágicas que generó la toma del Palacio de Justicia, tienen ahora abierto un nuevo proceso judicial de lo que pasó hace cerca de veinte años. El presidente Samper (1994-1998) ha vuelto a sonar con el elefante que se deslizó a sus espaldas, con denuncias que arrastraron a su ministro de gobierno y escudero Horacio Serpa ahora candidato a las elecciones departamentales, y a un magistrado de la Corte Constitucional de hechos ocurridos hace quince años. El actual presidente Uribe Vélez ha tenido que salir con rapidez y vehemencia a defenderse de aparentes montajes judiciales y literarios de hechos ocurridos por la misma fecha. El candidato presidencial Alberto Santofimio (1992) ha sido condenado por esta fecha a 24 años de prisión por la autoría intelectual de un crimen ocurrido hace 21 años.

Pero la diligencia, el “profesionalismo” y la excelencia de trabajo devorador de los comunicadores no ha servido para evitar y prevenir que el medio centenar de congresistas asegurados en las cárceles continúen dirigiendo las elecciones próximas en las zonas geográficas de su influencia; ni para informar que no hay siquiera relevo de familias en clase política, las esposas y parentela remplazan a “los encarcelados en acción”; ni sobre la situación de las candidaturas y las denuncias sobre los procedimientos para asegurar el voto cautivo del incauto y desaprensivo incluyendo la prueba fotográfica del voto consignado para poder cobrar el “estímulo electoral”. Lo que demuestra el pobre efecto que han tenido los medios en su proclamado papel de defensores y formadores de opinión, pues estos hechos políticos, vitales para el futuro, hechos que dejan mal parada la cultura política, la solidez del régimen democrático, el compromiso de la participación de los electores y el efecto en la sociedad del discurso de los responsables de la “conciencia vigilante”. Es tal déficit de la información que desde otros frentes los empresarios tardíamente, a falta de periodismo, salen denunciar el poder arrollador de las cifras que están manejando los candidatos en las campañas electorales y las organizaciones piadosas defensoras del voto sin compromiso abruman al elector diligente con denuncias asépticas que no apuntan a nada desde sus páginas en internet en una sociedad de analfabetas electrónicos.

Queda, al final de todo, la sensación de que hay que salir corriendo, pero iniciada la carrera se encuentra el fugitivo con la certeza de que no hay para donde ir.


[1] El síndrome de la chiva periodística está arrollando a las sociedades democráticas, únicas donde se puede ejercer la denuncia irresponsable sin consecuencias penales ni censuras oficiales ni condenas gremiales. El General Ricardo Sánchez comandante de las fuerzas de ocupación norteamericanas en Iraq en 2003, lo describió impecablemente en un discurso ante periodistas en estos términos:

This is the worst display of journalism imaginable by those of us that are bound by a strict value system of selfless service, honor and integrity. Almost invariably my perception is that the sensationalist value of these assessments is what provided the edge that you seek for self aggrandizement, or to advance your individual quest for getting on the front page with your stories!

As I understand it your measure of worth is how many front page stories you have written, and unfortunately some of you will compromise your integrity, and display questionable ethics as you seek to keep America informed. This is much like the intelligence analysts whose effectiveness was measured by the number of intelligence reports he produced. For some it seems that as long as you get a front page story there is little or no regard for the "collateral damage" you will cause. Personal reputations have no value, and you report with total impunity, and are rarely held accountable for unethical conduct.

Given the near instantaneous ability to report actions on the ground, the responsibility to accurately and truthfully report takes on an unprecedented importance. The speculative, and often uninformed initial reporting that characterizes our media appears to be rapidly becoming the standard of the industry.

An Arab proverb states - "four things come not back: the spoken word, the spent arrow, the past, the neglected opportunity." Once reported, your assessments become conventional wisdom and nearly impossible to change.

Other major challenges are your willingness to be manipulated by high level officials who leak stories, and by lawyers who use hyperbole to strengthen their arguments. Your unwillingness to accurately and prominently correct your mistakes and your agenda driven biases contribute to this corrosive environment.”

(Fuente: http://jeromeprophet.blogspot.com/2007/10/lieutenant-general-ricardo-sanchez.html)

Mi versión personal en español del texto anterior es la siguiente:

“Esta es la peor muestra de periodismo imaginable para aquellos que estamos obligados por un estricto sistema de valores de servicio altruista, el honor y la integridad. Casi invariablemente, mi percepción es que el sensacionalismo de estas evaluaciones es lo que se toma como la ventaja para buscar la notoriedad personal, o para lograr conseguir la publicación de la historia en primera página.

Como yo lo veo, el valor del trabajo del periodista se mide, hoy día por la cantidad de historias de primera página que escribe, y por desgracia, algunos aún con riesgo de su integridad, muestran una ética cuestionable en la pretensión de mantener informada a América. Esto sería el equivalente a que los analistas de inteligencia midieran la eficacia de su trabajo por el número de informes de inteligencia que produzcan. Para algunos, parece que conseguir una portada no merece ninguna consideración por los “daños colaterales” que causa. La reputación personal no tienen ningún valor, y se publica el informe con total impunidad, rara vez los periodistas son responsabilizados por faltar a la ética profesional.

Teniendo en cuenta la casi instantánea capacidad de comunicar las acciones sobre el terreno, la responsabilidad de la exactitud y la veracidad de un informe tienen una importancia sin precedentes. La especulación, y a menudo la desinformación inicial de los informes son la norma que caracteriza a los medios de comunicación y parece que se ha convertido rápidamente en el estándar de la industria.”

Pero también ya hay voces locales que critican ese tipo de periodismo. Hernando Gómez Buendía dice en un comentario sobre las filtraciones:

Es el poder final y el más temible de esa prensa: el poder de fijar la agenda pública, decretar de qué se habla y qué se calla, vivir al son de un locutor premiado que cada día infla o desinfla los hechos y los dichos y las honras.”

Fuente: El Nuevo Siglo, Las Filtraciones, octubre 17 de 2007.


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