En la mitología griega todo estaba codificado; la vida de los hombres en sus venturas y desventuras tenía una explicación racional, pues el azar, el dolor y la gloria eran cuestión del destino que los dioses hubieran trazado al mortal. Hoy la sociedad tiene un esquema diferente de interpretación del presente y los hombres son responsables de su suerte y de su futuro; pero hay quienes que validos de posiciones burocráticas en las estructuras del Estado quieren revivir esa edad de oro y entronizan el culto de divinidades de las cuales ellos son los únicos voceros. Hasta disfraces (togas) están utilizando en un retroceso de la historia del poder del rito.
El galimatías de la ley de justicia y paz producido por los sacerdotes de la diosa Justicia está llevando a la sociedad colombiana a un punto donde quedará como única salida la intervención de una legión extranjera que fulmine a los “malos” y reduzca a los “buenos” a la solución que ellos impongan.
La consulta por internet, propuesta por el gobierno, sobre los reparos que tiene la sociedad a la juridicidad del decreto reglamentario de la ley, es la culminación del proceso de descontrol a que ha llegado la situación de someter a unos colombianos que delinquieron en el pasado. El final de una mezcla confusa y sin horizonte de la actuación de todos los poderes del Estado, y que está llevando la situación de los cuarenta mil ilegales que depusieron las armas al punto cero del desbarajuste institucional en que estaba sumido el ejercicio del gobierno hace cuatro años en el territorio nacional.
El centro del problema se ha perdido completamente cuando se evalúan por los titulares de los medios de comunicación lo que es “noticia” sobre el proceso de justicia y paz.
Un breve repaso de estos hechos revienta paciencia del más virtuoso de los colombianos por la combinación de la mediocridad y la estupidez de todos los actores involucrados en la solución; el despliegue que se da a los “opinadores” de profesión en la cual se mezclan hábilmente la oposición al gobierno y el desprecio a lo que puede ser una salida viable de un problema que no tiene ni tendrá una salida racional a la luz de los estándares de “justicia”, “paz” y “reparación”.
Esta es una lista descuidada de lo que recuerdo ha pasado:
1. Un buen número de investigadores y peritos está ocupado en la identificación de un cadáver que puede ser el de Carlos Castaño. Ese despliegue obviamente no conduce a nada dentro del proceso: que se identifique o no, nada le aporta a la solución. Mientras tanto los periodistas se empeñan en esto sea “chiva” lo que se sabía hace dos años.
2. Los narcos “puros” no tienen cabida en la negociación y por lo tanto son sujetos de extradición. Esto también ha formado parte de las noticias y las marchas y contramarchas del gobierno para conformar la lista de los “elegidos”, ha sido el tema central del debate, cuando lo que está en juego es la suerte de jurídica de los sometidos y la vida de los colombianos que se enfrentan día a día al azar de la violencia en los territorios “despejados”. Esto, que haya uno o mil “narcos” en la lista; que estén utilizando la ley como un escampadero para burlar la extradición no tiene importancia en la solución final. Pero es noticia y es bueno mantener distraída a la opinión.
3. La “conducción” de los jefes paramilitares a un centro de recreación es otra joya jurídica de los asesores del presidente. Para mí es una medida ilegal. Si los jueces no los ponen a recaudo es un problema de la justicia que los “paras” estén haciendo ostentación de su riqueza en los centros de diversión o comerciales. Esto, el verlos en la calle y no en la cárcel, es indignante pero no ilegal. Nuevamente los medios de comunicación han puesto su cuota de amarillismo para que “se tomen” medidas y el gobierno ha hecho eco a los mismos precipitadamente, ofreciendo la extradición potencial como un juguetito que puede utilizar para los que se rechacen a ser “conducidos”.
4. La Comisión de Justicia y Paz ha fijado la fecha desde la cual existen víctimas de la violencia con derecho a “reparación”. Inexplicablemente coincide con “el día en que constituyeron las Farc”. Yo siempre encontré espinoso ese tema porque en términos estrictos, nuestro padre Adán fue también un desplazado y en consecuencia toda la humanidad hubiera calificado como sujeto potencial para reclamar una “reparación”. Pero aún en cuarenta años son muchas las aguas que han corrido y el espectro de candidatos potenciales a “ser favorecidos” es demasiado grande, yo creo que es un treinta por ciento de la población. La Comisión pues, en lugar apuntar a sus funciones y contribuir con su inteligencia a la solución que le fue encomendada, ha cometido la estupidez de partir en dos la historia de Colombia en cuanto a víctimas de la violencia: desde el día en que se conformaron las Farc.
5. La Corte Suprema en comunicado de prensa dice “que no puede” con los recursos actuales acometer la aplicación de justicia en este proceso. Sale el gobierno a proponer una solución inmediata al chantaje burocrático.
Resulta aburrido seguir en este recuento de desaciertos, incluyendo las demoras en conocer las listas de “elegibles”, de los textos de las sentencias de constitucionalidad, los comunicados y contra comunicados de prensa de la Corte sobre la acumulación jurídica, los estiramientos que el gobierno dio al marco legal que quedó vigente, la trasquilada que hizo la Corte Constitucional a la ley. El “sometimiento” de sometidos desde la cárceles para reducir penas de cuarenta años a cinco; etc.
Isaiah Berlin en su ensayo sobre “La originalidad de Maquivelo” presenta reflexiones aplicables a la actual situación de la sociedad colombiana, que sorprenden por la extensión en que son aplicables. Acá no se trata de explicar un hecho histórico mediante un texto político; acá se trata de comprender la realidad dolorosa de hoy, los instrumentos disponibles para lograr “los fines” de la sociedad y comprometerse en la solución más práctica y positiva para el común. En él resalta, la necesidad de olvidarse de “la racionalidad” de la justicia para continuar en la búsqueda de la armonía, del ideal colectivo; la moral cristiana es incompatible con los fines de la sociedad. Se puede tener como fin supremo la salvación del alma, y eso es respetable, pero este fin va en contravía con la de ser un buen ciudadano y un buen dirigente.
Podemos creer que estamos en la sociedad perfecta y buscar una justicia perfecta para los responsables de los crímenes y las masacres; pero eso no nos hace ni más felices, ni más poderosos, ni más justos porque es irrealizable a luz de la falta de fortaleza del Estado que fue incapaz de reducirlos en veinte años y de la fortaleza de los sometidos que disponen de recursos y “tropa” para volver a sus comienzos.
Por el contrario, la creencia del castigo ideal mientras más firme sea entre los responsables de la solución, generará un “fundamentalismo” justiciero, o reparador o “buscador de la verdad” cada uno con un grupo particular de activistas interesados; con deidad propia (Justicia, Fortuna, Verdad), con metas propias que no necesariamente serán concluyentes en el objetivo común de beneficio para la sociedad. Estos grupos al que se suman aquellos que dictan las soluciones desde los butacos de las radio emisoras, los periodistas “provocadores” y manipuladores, o los “filantropistas internacionalistas” que desde las lejanas oficinas de las burocracias internacionales proponen que haga justicia a todo costo, reparación a todo costo, y verdad a todo costo; esos fundamentalistas, y la confusión que crean en el equipo negociador, entrabarán y atrasarán la solución de un fenómeno en el que Colombia ha invertido tantas energías; en el que se ha logrado preservar tantas vidas; en el que tantos –me incluyo– hemos puesto tanta esperanza.