La oposición política al gobierno liderada por el Polo Democrático, secundada por su colofón el partido liberal, está ventilando con el apoyo solapado de algunos directores de periódicos y radioperiódicos la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente para resolver el problema institucional que vive el país. La intención además de ingenua es estúpida. El Polo está proponiendo una Asamblea con poderes limitados lo que va contra la esencia del poder soberano que ella tiene una vez constituida. La representación que encarnan los constituyentes es el poder del constituyente primario y, en consecuencia, una vez en funciones puede anular todos los límites que le haya impuesto el “constituyente derivado” y derogar las restricciones temáticas de la ley de su convocatoria. La fuerza del argumento es simple, si tiene autorización para modificar la Constitución, mayor poder tendrá para expedir Actos Legislativos de aplicación inmediata en el curso de sus sesiones que deroguen lo que le sea inconveniente. Esto fue lo que ocurrió en la Asamblea pasada de 1991. La rebelión se produjo en el momento en que la Corte Suprema, creyó tener poder para advertir que se estaban sobrepasando los límites que se habían puesto en el decreto de su convocatoria. Recuerdo al constituyente Lleras de la Fuente liderando el proceso que desconoció los límites a la Asamblea, en dos días de consultas y contra consultas sobre la rebeldía. Fue así como de proyectos de reforma constitucionales respetuosos que se debatieron en las primeras semanas, se pasó de frente a promulgar una nueva Constitución y de contera revocar el Congreso que la toleró. Hoy los proponentes parecen ignorar o haber olvidado estos hechos. Es bueno refrescar la memoria de los ingenuos políticos que quieren meter al país en esta aventura. Recomiendo la lectura de la Gaceta Constitucional 69 que contiene la el Acto Constituyente Nº1 y la Constancia del constituyente Jaime Castro.
Es estúpida la propuesta porque el germen de los problemas actuales: falta de representación del legislativo, corrupción en el poder judicial, la Fiscalía y la Procuraduría, disputas jurídicas insolubles entre las Altas Cortes, nepotismo abierto en los partidos políticos y todos los que preexistían antes de la Asamblea, que siguen vigentes (narcotráfico, corrupción y guerrilla); el germen, repito, no se encuentra en los textos constitucionales sino en los hombres de carne y hueso que detentan el poder. La Asamblea no tiene una razón de peso para agregar ni aportar a la solución de estos problemas, la Asamblea si funciona entregará al final un papel, pero no cambiará en nada la esencia de los hombres. Pero además, nadie garantiza el resultado que se tendrá al final del camino, como está ocurriendo en los países vecinos donde mi pronóstico más optimista es que Venezuela terminará en un sangriento conflicto interno con la matanza de cientos de miles de colombianos, que Ecuador y Bolivia se convertirán en países federados y que con el tiempo la federación más poderosa reclamará la autonomía soberana que destruirán las viejas repúblicas. En el escenario más pesimista veo a Colombia liderando unas fuerzas multilaterales expedicionarias apoyadas por las potencias occidentales que mediante ocupación de grandes zonas de Venezuela y Ecuador, creará Protectorados territoriales para los colombianos y extranjeros residentes en esos países.
Pero además, una asamblea constituyente es impractible. Independientemente de que no ocurra nada anormal: no se declare en rebeldía con los límites del Congreso, sesione ordenadamente y produzca el proyecto de reforma, este último requiere para su aprobación otra vez de la convocatoria del constituyente primario a refrendar por medio plebliscito a la reforma. Es decir en un mismo año deberán concurrir grandes números de votantes que no se sabe quien entusiasmará y movilizará para votar sobre textos incomprensibles que no representan nada para el ciudadano corriente. El fracaso pues, está cantado.
El momento que vive el país tampoco amerita una constituyente. Hay bonanza económica, estabilidad política entre la población, debilidad del narcotráfico, mejor presencia del Estado en todas las zonas del país que en cualquier otra época del pasado y sobre todo el liderazgo reconocido en un Presidente que sabe para donde va, que tiene energía para estar en contacto con la población rasa saltándose el conducto regular de los políticos, que tiene reconocimiento y autoridad sobre las Fuerzas Armadas, que muestra resultados, –entre otros el secretariado en desbandada–, carreteras sin retenes, noticieros nocturnos sin cubrimiento en vivo de las tomas guerrilleras. No está la oposición en el estado de terror que vivió el país en el gobierno de Betancur cuyos aportes fueron el derrumbe del sistema financiero, Casa verde, exterminio de la UP, toma del Palacio de Justicia y la masacre de 11 magistrados; ni la población temerosa del terror a que la sometió Pablo Escobar en el gobierno de Barco; no está viviendo la corrupción de los gobiernos de Pastrana padre (Salcedo Collantes), límite de garantías civiles por el estatuto de seguridad; Pastrana hijo, el frívolo, zona de despeje, inminencia de una fractura del territorio, ley 02, fugas masivas de guerrilleros por asaltos a las cárceles (La Picota, Picaleña, Florencia, Popayán), peregrinaciones de personalidades a los Pozos a presentar credenciales al secretariado, masacres cotidianas, tomas semanales de poblaciones y escándalos de corrupción que reventaban siempre en nudos ciegos; no estamos en el gobierno del cinismo de Samper y la corrupción con que se sostuvo en el poder: Heine, Caprecom, Foncolpuertos, descalabros militares: Las delicias, Patascoy; florecimiento de la coca y la amapola en los campos, derrumbe del cooperativismo; ni la época del revolcón de Gaviria: El sometimiento de la justicia a los dictados del Capo (La Catedral), empobrecimiento del campo (la apertura). Hoy el país institucional tiene que purgar las secuelas acumuladas de todos esos gobiernos mediocres y permisivos; de paso debe enfrentar los retos que le imponen los cambios globales, gobiernos hostiles, desquilibrados e imperialistas en la periferia, hundimiento de la potencia del norte en guerras lejanas, terrorismo globalizado, calentamiento global promovido por falsos profetas, derrumbe del dólar como moneda fuerte; precios desbordados del petróleo; la inversión de los dogmas del comunismo chino, mundial desbocado a la conquista de mercados con productos de mano obra semi esclava; amenaza de hambruna mundial; a lo que se suman los problemas parroquiales que no son menores pero que mirados a contra luz con los vividos en el pasado se ve que tienen salidas decorosas y posibles. Es cierto que muchos de estos problemas locales se han agravado por el “corazón grande”, la credulidad del mismo Presidente, su personalidad de microgerente y de trabajador impenitente. Remito a los reformadores a que revisen los titulares de los periódicos de estas épocas porque mi listado lo hago de memoria, pero creo hay en él, material para una ponderación diferente de la opción de la Asamblea.
El problema es que la perspectiva de la crisis se mira y acrecienta por la libertad desbordada de la prensa, sin objetividad ni lealtad con el país en que viven, el cajón de resonancia de las ONG internacionales ante las cuales se siente un temor reverencial por el poder manipulador en los parlamentos de felahs que no están viendo como se doblegan sus propios países ante la invasión de los bárbaros, y la percepción delirante de la izquierda que a pesar ser curtidos en combinar todas la formas de lucha incluyendo la armada desde hace cuarenta años, ven impotentes y frustrados que el dominó latinoamericano que cobija la izquierda internacionalista, los dejó por fuera del poder y se niegan a aceptar que no tuvieron la inteligencia de lograr que lo mismo ocurriera en Colombia siendo ellos los “históricos”. Para su mal, la perspectiva de una segunda reelección del presidente Uribe se ve con el camino despejado. Ellos están creando la hecatombe que era el requisito primordial para retar al presidente a acometer la nueva jornada de candidato.
La crisis es parte del pan vacuo de la noticia diaria de la vida política, pero esto es un problema de minorías que creen representan al país, la población sube los hombros, cierra los oídos a la gritería porque en esencia no tiene tiempo para ocuparse de ellos; ganar el pan de trigo diario es su tarea principal, ni siquiera reclama el circo o quizás perciba que lo que pasa sobre su cabeza es parte de él.