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Tras 180 kilómetros de reto…

La carrera extrema desde la óptica de Camilo

Y lo primero que acoge mi cerebro es que no se lograron cubrir. Llegamos tarde para los últimos 30, pues habían decidido imponer un límite y cerraron la competencia. Mas de algún modo, por esas razones que desconoce el saber, presentía, con el sol cayendo a nuestra diestra, mientras las ciclas coronaban su norte, devorando los últimos espacios de la gran distancia, que ya todo estaba concluido y que tendría que cargar con el agobio de un esfuerzo inconcluso. El equipo se desplazaba rápido, y cerrando el grupo acompañaba la caída del sol, disfrutando su milagro, su vital luz que alienta y nos da seguridad para traspasar los lugares.

La memoria, el pasado de un individuo no son las historias tejidas ni las imágenes detenidas en el mágico artificio de la foto. Son los destellos de luz apresados en su ser, los que son radicalmente discontinuos y dinámicos. Discontinuidad que lo separa de la historia. Dinamismo que lo aleja de la foto, incluso de aquella foto cinemática que da al cinema. Y de esta distancia guardaré el frío de unas manos –dulcemente entregadas, el sol en su poniente, los vivas de los seres queridos resonando la distancia sobre el antiguo puente, la linterna en la oscuridad y el beso y las disculpas prometidas y entregadas, y esa abstracción (o sensación) de haber estado entregado enteramente a la presencia del sol: haber estado en su nacimiento, en su cenit, en su ocaso, haber compartido su alegría y la angustia de su partida.

Crear las excusas que alimenten los vínculos y concretar aquellas excusas en puntos donde se tocan los cuerpos, donde se presencian las presencias, es, además de vitalidad, acentuar nuestra naturaleza social, nuestra fe en la hermosura de lo humano. Y ello es el amor. Y ello es la amistad. De allí que, ya antes de partir, habíamos ganado. Estábamos. Disfrutábamos.

Dejo las manos a mi corazón. Dejo la totalidad del sol al ser. Dejo la linterna a las estrellas de la oscuridad. Y me quedo con el sol poniente, cayendo, alejándose y yo con él –en plena travesía.

Hace algún tiempo, ella y yo cantábamos bajo la lluvia: basta estar en el sur para tener un norte. Si quieres tener un norte, baja al sur y corre de la mano con el Naciente y el Poniente. Y entre los árboles de una vieja carretera, a mi diestra, un sol acuarela se cuela. Allí viene. Y allí irá hasta el punto donde todo terminará: a mi diestra, presente.

Su color no es pastel, sino acuarela, y eso atrapa, deteniendo, mi percepción, alejándome del grupo, de los otros. Un sol acuarela, las más de las veces, entre arbusto, y frondosos, en extensiones de arroceras. Agua en un verde que nos cerca y en un sol extraño para estas tierras. Vamos, y el destino bien puede ser Otraparte.

Venimos del sur, raudos, -me digo.

Raudos venimos del sur. Y ¡rápidos!, por fin, sobre nuestras ciclas.

Venimos del sur, y cierro el grupo. Vamos en estricta fila india. Las sombras de las bicis traspasan los pequeños claros que abre la fronda, evidenciando el artificio por el que tomamos distancia de la natura, evidenciando nuestra capacidad de crear situaciones y artefactos capaces de hacernos tocar la no necesidad: ese gesto divino y diabólico.

Venimos del sur, y van mis compañeros alegres: yo he caído por fuera de mí mismo: contemplo, - y al contemplar se da un extrañamiento de sí mismo: una caída en el silencio.

El equipo se desplaza rápido. Contemplo, entregado a los sentidos, mientras palpo como la amargura de saber que perdimos el laurel va cercando su lugar.

El equipo viene compacto y viene alegre. No falta muchos kilómetros para llegar al punto de acopio. Vengo cerrando el grupo, contemplando, -lejos de mí.

El sol cae.

No es un simple poniente: Cae. Y cae como el agua que se precipita entre el acantilado de agreste roca. Va rápido hacia su poniente, levantando en nuestra siniestra el umbral de las sombras. Viene la noche de la que partimos, y sé que deberé enfrentar el agobio de un esfuerzo trunco.


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