El resultado del Referendo tendrá efectos hacia el futuro en el uso del mismo como herramienta para reformar la Constitución. No fue equivocado el pálpito inicial que tuve de que el Referendo tenía un umbral de participación ciudadana muy difícil de alcanzar y mi segundo reparo sobre el analfabetismo funcional de las grandes mayorías de ciudadanos. Que hacía de la lectura de este farrogoso documento, un verdadero martirio o cosa de especialistas.
Fue este el primero y seguramente será el último intento de modificar la Carta por esa vía porque se comprobó la dificultad de convocar a tantos colombianos a participar en el ejercicio. No bastó la campaña en que se enfrascó el gobierno y el presidente, la complicidad de los medios en apoyarlo, el dinero que destinaron los empresarios, ni el hecho de que fuera la propuesta de un gobierno con respaldo popular, sobre materias que tocaban directamente a la insatisfacción y el rechazo de la sociedad al ejercicio personal y corrupto de la política. Difícilmente pueda volverse a tener una condición tan favorable de factores, y menos, que se encuentre alguien con la capacidad de convocatoria y de trabajo para promoverlo como lo demostró el presidente Uribe Vélez.
Esta es la primera conclusión que yo sacó del resultado de la votación. No habrá en los próximos cien años otro intento de modificar la Constitución por la vía del Referendo.
El referendo como herramienta política quedó desarticulada con el manejo que le dieron los dirigentes que intervinieron en su elaboración y aprobación. Desde la primera radicación del texto en Congreso a las seis un minuto de la tarde del siete agosto como primer acto de gobierno de Uribe Vélez. Ya encontré al día siguiente que tenía trozos de texto repetidos, seguramente por traslados apresurados del procesador de palabras; lo que demostraba, a todas luces, improvisación en la presentación. A los ocho días fue retirado para volverse a radicar días después. Luego vino el festín de oportunidades para colgarle cuanto tema pareciera interesante. Temas que se agregaban al proyecto sin mayor reparo de la legalidad, ni consideración con el hipotético votante; por ejemplo, la penalización de la dosis personal de estimulantes, la extensión de un año adicional al mandato de los alcaldes. Los congresistas también le agregaban burladeros a las sanciones o restricciones propuestas y se arribó así al cabo de un año a algo muy diferente de la propuesta original.
El paso por la Corte Constitucional tuvo también ribetes tragicómicos, el envío del texto del Referendo aprobado por en Congreso sin expedir la ley correspondiente, la convocatoria de ‘audiencias públicas’ donde los magistrados oficiaban de oidores, y el juego a que se prestaron el presidente y los candidatos presidenciales para figurar en ‘pantalla’ sin invertir dinero en pauta publicitaria. Se incluye aquí la embestida frontal del concepto –no publicado– del Procurador contra la casi totalidad del articulado, la apendicitis inoportuna del magistrado ponente y la publicación tardía del texto definitivo del Referendo y mucho más tardía la de la sentencia. Estoy escribiendo esto de memoria pero quien haya conservado los archivos del proceso día a día, podrá agregar muchos otros detalles que ya olvidé, pero de los que puedo sacar una tendencia convergente. Todo tendía a alargar el proceso, no ha boicotearlo abiertamente. De no haber existido términos de obligatorio cumplimiento, todavía andaría el texto del referendo en alguno de los vericuetos por los que tuvo que pasar.
El proceso de manoseo dejó afectada en sus cimientos la figura del Referendo y la Constitución quedará con otro artículo decorativo –el 378–.