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Esbozos sobre los partidos políticos

Francisco Cifuentes

El espectro de los grises en la política

El control de la política, como elemento fundamental del poder, es apetecido por muchos de los sectores de la sociedad, los delincuentes organizados, los religiosos, los empresarios, los militares, los internacionalistas; y los partidos políticos en las democracias son el camino más directo. Los extremos, desde el punto vista de la civilidad, en que se encuentren los dirigentes son los menos rentables, a los delincuentes por lo imposible de lograr modificar abiertamente la ley, y a los puristas, porque nadie ve beneficios concretos en participar en la causa, y de lograr el objetivo de la toma del poder por medios democráticos, porque en ellos se concentran minorías. Por esto los políticos profesionales convergen al centro de espectro, se mueven dentro la legalidad legal, aunque desde el punto de vista del purista delinquen de obra. Hay también ocasiones de cambio de poder a favor de líderes cívicos que son impulsados por la sociedad en situaciones de crisis y desgobierno. Este es el caso más diáfano de la fuerza del poder popular. La presencia del control del Estado es lo determina la permeabilidad del negro sobre el blanco. Un Estado débil abre el espacio para que interesados con fines oscuros accedan o influyan directa o indirectamente en el poder. Uno fuerte cuenta con organismos de control que lo dificultan.

El caudillismo

Las organizaciones políticas como organismo supra individual genera jerarquías bien conocidas por la zoología entre los animales. En el comportamiento social humano se produce por la exaltación de un individuo sobre la masa que deja de ser uno más entre ellos, el líder es para el común un ser majestuoso, poderoso y obedecido. Pocos se atreven a discutir abiertamente el proceso bioquímico de la “droga del poder” –la serotonina–  y el papel que juega su alta concentración en el individuo, en el liderazgo cuando él está en contacto como la masa. Pero hay hechos dramáticos en la historia política que confirman este fenómeno de la sicología social. Un personaje oscuro de la sociedad se trasforma de la noche a la mañana en un líder carismático y arrasador sin otra explicación de la exaltación que ha provocado el colectivo en él; el fenómeno inverso es también conocido: Darío y Aníbal perdieron el carisma luego ser derrotados en batallas decisivas. Por esto es un error señalar el caudillismo como un vicio de la política; por el contrario, un partido político que sigue al caudillo “como un solo hombre” es el ideal como expresión de la política. Hay quienes ingenuamente confunden la capacidad, la experiencia, la preparación y la inteligencia como elementos fundamentales para el liderazgo y proponen como candidatos para asumir la dirección política a personas con estas cualidades, desconociendo el factor primitivo, el animal, que tienen los causes de la sicología del colectivo. Estos analistas confían en el poder de las “maquinarias” que previamente han conformado dentro del Estado y de los partidos, pero olvidan el hecho elemental de que la lealtad del individuo es vulnerable por muchos medios: prebendas, insatisfacción, propaganda, compromisos.

Las sociedades exitosas son aquellas que se movilizan en torno a la suerte del caudillo así se asome o deslumbre el autoritarismo en el ocaso del dirigente.

El patriarquismo

El paso siguiente del caudillismo es el patriarquismo, por cuyo camino se llega a sociedades totalitarias: China con Mao, Cuba con Fidel, Paraguay con Strossner, España con Franco, Argentina con Perón, pueden citarse como ejemplos clásicos. Esta fase de la política genera sociedades estancadas, sin dinámica política, sin libertad individual, con retrasos en la econo­mía. La democracia con límites temporales al ejercicio del poder por medio de la convocación electoral tiene en la clase dirigente la opción de evitar caer en esta aberración de la política y debe promover las situaciones colectivas donde se exalten los nuevos liderazgos o condenarse a la suerte de la decadencia, como ocurrió en el reino de Hastinapura que terminó invadido por las malas yerbas, en el final del gobierno de Yudhisthira, a pesar de haber sido el más sabio y justo de todos hombres, según Vyasa.


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