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El esquivo agarradero

Francisco Cifuentes

Dice Fernández de Piedrahita, al comentar el asesinato de Aquiminzaque –el último emperador de los Chibchas– que “en algunos meses más veremos tan conjuradas las calamidades contra todos los indios del Nuevo Reino por la misma causa –el haber caído en el vicio y el consecuente castigo divino– que ni les corra tiempo en que no restalle el viento de la persecución que los asuste ni tengan provincia en que no sople el huracán de las adversidades que los oprima; que ni armados encuentran libertad que los conserve, ni rendidos sujeción que los asegure”; hoy los indios se han civilizado, usan camuflados y AK-47, para peor los jefes paramilitares están viviendo los mismos agobios de los indios sometidos y “no encuentran sujeción que los asegure”. Las promesas rotas, las amenazas de la inminente extradición, o de la aplicación de “todo el peso de la ley” si no dicen la verdad, la exacción de todos los bienes y la incredulidad o el acomodamiento interpretativo de la verdad que ellos dicen, a más del coro de los justicieros de las burocracias internacionales y nacionales con sus intereses propios, dan un panorama tan complejo que generan la misma inquietud en el espíritu, de la que vivió Aquiminzaque y los demás caciques condenados a muerte por preparar la fiesta su matrimonio. Creo sentirme próximo a presenciar un nuevo degollamiento colectivo.

El presidente Uribe Vélez previendo la potencia del huracán que se avecina, y que no habrá “provincia segura”, ha salido con una propuesta improvisada, inoportuna e impopular. Según la he entendido: libertad para los auxiliadores de los grupos armados a cambio de la verdad y la muerte política. Esta propuesta que ha debido llevarse de la mano del trámite de la ley de justicia y paz (ley 975 de 2005) aparece en el momento en que los periodistas “extragados” o ahítos de comer pellejo de político y logrado el objetivo de desprestigiarlos hasta tal punto el ejercicio de la política que hoy día no creo haya alguien sensato para proclamar abiertamente que pone su nombre a consideración en el debate electoral, hace ver al presidente como auxiliador de los auxiliadores o lo deja en un plano de igualdad con los humoristas y comentaristas deportivos que ya se atreven a encararlo con preguntas “inteligentes” de sus programas de farándula. Es inoportuna, porque lo “fino” apenas comienza; el tener a este grupo de parlamentarios encerrados solo dos meses, luego de toda la mierda que les ha caído encima, es desafiar al estamento de los manipuladores de opinión que se atribuyen como suyo el logro de las capturas y que han cerrado filas “como un solo hombre” en sus columnas para atacar sin reflexión la propuesta. Solo un columnista en un arrebato de ecuanimidad inusual dijo sobre la propuesta que: “la ley la diseñen juntos un representante de la coalición de gobierno y otro de la oposición. Los propósitos pueden ser distintos. El uno buscaría la muerte política de los guerrilleros o sus aliados; el otro, de los paramilitares o sus aliados. Pero como las leyes no pueden tener nombre, guerrilleros y paramilitares caerían [todos] en la misma red”. (Héctor Abad).

No preveo nada para el éxito esta propuesta, creo que solo será un debate estéril y no llegará a ninguna parte. Lamento para el manejo futuro del proceso de paz con los paramilitares sometidos a la ley, para el los auxiliadores políticos que ellos cuando estaban en el parlamento no hayan previsto a tiempo a donde iban a llegar cuando dieron los primeros pasos de esta alianza y se dejaron imponer por los justicieros internacionalistas el texto aprobado como ley, lamento que para los negociadores de los futuros acuerdos con los grupos armados, quedarán solo con cogollos para agarrase y no dejar caer al país en el abismo.


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