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El general y el cadete

Francisco Cifuentes

Luis Alberto Moore Perea es el primer oficial de raza negra que logra ascender al grado de general. Para los medios de comunicación esto es noticia; la cobertura que se da a toda “primera vez” es comprensible porque esos momentos no se olvidan.

Según las notas de prensa cuando él ingresó a la Escuela de Cadetes General Santander de la Policía Nacional en 1975, era el único negro de los 63 cadetes de su promoción y el único en toda la Escuela.

La pregunta obligatoria de todo periodista a todo negro exitoso es:

-¿Hay racismo en Colombia?

“Sí, pero yo creo que no solo aquí, sino en todo el mundo. Hay personas que se ven inferiores a otras, hay gente que no permite que unos crezcan más que ellos, los subvaloran, pero no he estado nunca pendiente de eso y muchas veces uno mismo es quien se rechaza, pero eso no es impedimento”.

La respuesta alivia al periodista de su culpa de ser el mismo un racista y de poder entrar a demostrar como la sociedad no lo es, porque en 150 años de historia y miles de generales este es el primer oficial negro, lo es una muestra de la amplitud de oportunidades que se ofrecen a todos los colombianos sin discriminación de raza. El periodista con el tratamiento ligero de esa pregunta sepulta definitivamente en su conciencia y en su realidad, que la sociedad colombiana es racista.

El racismo es un producto de la educación familiar, formal y social; yo no escapé de niño a ser indoctrinado en la fe blanca, si hay una sociedad “supremacista” es la antioqueña y yo no podía fallarle. Recuerdo con enorme tristeza para mí, cuando siendo un impúber tuve como profesora de geografía en segundo de bachillerato a una joven y bella negra chocoana de Nuquí de la hicimos en gavilla hasta lo imposible por aburrirla. Hoy quisiera salir a recorrer el país para pedir excusas por mis malos comportamientos pasados de joven y postrarme a sus pies por el valor y la superioridad de su inteligencia, a pesar de su juventud, ya que nunca se descompuso, solo tengo en el recuerdo imágenes agradables de su capacidad para remontar las situaciones adversas de esta, que fue “la primera” profesora negra en mi vida. Hubo muchos otros “primeros” negros que cruzaron en mi camino y con el estudio y el tiempo esos sentimientos de superioridad fueron diluyéndose hasta borrar la barrera cultural.

Retomo el hilo del general luego de esta confesión personal de los inicios de mi racismo para entrar en la historia de otro cadete negro en la escuela de policía que tengo en mi memoria, aunque nunca lo conocí, que no resistió es asedio de su instructor y cuyo destino hasta el momento de la ruptura sicológica es un paralelo increíble con el del general exitoso: como todos “los primeros” negros chocoanos que salieron a enfrentarse con el reto de la educación superior en la sociedad centralista y blanca son hijos de policías o de profesoras.

El cadete Palomeque –no tengo a mano su nombre– fue “el primer” cadete negro en asesinar a su instructor en la Escuela General Santander. Los medios no miraron ni se interesaron en la suerte del “negrito” ni lo escucharon; la versión oficial fue la “blanca”. El oficial asesinado era un atleta, corredor de la media maratón de apellido Antonio que repartía su tiempo en la disciplina de su entrenamiento como deportista de elite y como capitán de la policía. Me impactó mucho la muerte del capitán porque siempre creo que el sacrificio del entrenamiento disciplina el espíritu y el dolor de los estiramientos lo serenan, así que todo atleta me inspira confianza y cariño; los triunfadores admiración. Inmediatamente conocí la información parcializada aborrecí a Palomeque, aunque siempre quedé intrigado por las circunstancias en las que sucedieron los hechos. El capitán Antonio murió a consecuencia de las quemaduras que le produjo el cadete cuando “en un acto de locura” le arrojó gasolina al superior y le metió candela. El arma es inusual; tenerla en el interior de una escuela donde la limpieza es norma rigurosa, llevar con el omnipresente olor delator de su posesión, almacenarla en la cantidad necesaria para lograr el cometido; estando las condiciones físicas de inferioridad para el atacante, el capitán era una gacela que no corrió tan veloz como las previsiones de su asesino y debió ser corporalmente mas fuerte e intimidante. Me olvidé de episodio por años.

Una charla desprevenida con un pariente que se mueve en mundos diferentes al mío me arrojó una luz nueva. El capitán era un “joya”. De hecho, las relaciones de inferiores y superiores entre militares son por norma opresivas, a esta se agregaba el ingrediente de la visión supremacista. Me contó que Palomeque estaba desesperado y que no resistió el oprobio a que estaba siendo sometido por Antonio. Me explicó como aprovechando que dentro los castigos a los que sometía al cadete estaba el cortar el pasto de los campos de parada de la escuela, él acumuló la gasolina ordeñando la podadora, hasta tener cantidad suficiente para el crimen. El misterio del móvil y del arma quedaron develados. Posteriormente compartiendo con unos chocoanos en una velada hice un comentario al aire sobre este crimen y ellos me actualizaron sobre la calidad de la familia del cadete a quien conocían y el terrible sufrimiento a los que los arrastró esta tragedia racial. Aborrecí inmediatamente al capitán.

El ascenso del “primer” general negro en la policía y la cobertura racista del los medios sobre este hecho me trae el recuerdo del cadete ya olvidado que no sobrevivió a la presión del racismo en el camino al generalato, y si está preso todavía, quisiera expresarle que ante mis ojos él tiene el mismo mérito que el general. Ambos son ejemplos extremos de lo que es capaz esta sociedad cuando involucra el destino del hombre: producir un héroe, un villano y un mártir.


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