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El intercambio humanitario

Francisco Cifuentes

Este doloroso tema –verdadera tragedia para las víctimas– ha sido tomado por los bobales colombianos como el favorito para plantear propuestas estúpidas y lograr por ese medio una cuota de pantalla necesaria para sus egos. Son los rehenes y sus familias los estafados con cada nueva ocurrencia quienes quedan después de cada rechazo en la situación inicial de hace años agravada por la ira de la nueva frustración.

Los medios de comunicación son uno, entre otros, de los actores principales de esta tragedia y los responsables de que no se haya avanzado en el logro de la libertad de los rehenes secuestrados; las disputas de las cadenas de radio por la sintonías de los secuestrados en los cambuches donde están sometidos, demuestra la falta de sensibilidad para con los cautivos y el exclusivo afán comercial en el que la suerte de los infelices no cuenta para nada en estas empresas. Las "primicias" de la cadena que logró el privilegio de recibir los videos con las pruebas de supervivencia y la cuota de autobombo por el trabajo "periodístico" para lograrlo en exclusiva crispan el espíritu del mas desprevenido ciudadano. Los shows sobre las pruebas mas se parecen a un reality intermitente y de mal gusto del Gran hermano que a un registro noticioso. Los medios son ligeros en la evaluación de las propuestas, poco críticos en la viabilidad de las mismas; abren los micrófonos a cualquier aparecido que quiera opinar sobre el tema sin reclamar credenciales, ni examinar la cordura mental del proponente.

Los familiares de los secuestrados son otros vividores del cuento, se han profesionalizado en la causa y perdido el sentido de la responsabilidad social y su compromiso personal con el futuro; ponen por encima de todo valor y principio la libertad de sus parientes; no les importa el efecto desolador que tendría en la sociedad el sometimiento del gobierno a las exigencias de los delincuentes secuestradores que sería dar vigencia a un carrusel permanente de intercambio de rehenes cada vez que se capture a un delincuente.

El soberbio gobierno francés es otro de los responsables del drama. Acostumbrado a arrollar los gobiernos coloniales ha buscado la liberación de su ciudadana –Ingrid Betancur–, a quien quieren convertir en una Juana de Arco contemporánea, sin consideración con la soberanía nacional, sin misericordia con la suerte de los demás rehenes, sin respeto por la sociedad colombiana, pues en el criterio de ese gobierno, lo francés está desde los tiempos del imperio, por encima de todo orden.

Los rehenes tienen su cuota de responsabilidad en seguir siendo exhibidos como trofeos de caza de la subversión cuando se prestan a la manipulación de las pruebas de sobrevivencia que hacen los secuestradores y se dejan arrastrar en los videos a hacer propuestas febriles y delirantes, como fue la reciente de solicitar el trámite de asilo político en un país extranjero sin contar con la boleta de libertad del sistema carcelario de los secuestradores y sin ser perseguidos por el gobierno colombiano sino solo por el mismo grupo de delincuentes que los tiene en cautiverio de quienes depende el salvoconducto.

Los políticos han encontrado un filón inacabable para engrosar las carpetas de los discursos fáciles e inútiles. Por ejemplo el precandidato Pardo Rueda en un cómodo discurso en Palmira, ante mil pelagatos, sostiene para ganarse unos votos en su precampaña que debe despejarse lo que las Farc piden y que no pasa nada; o la propuesta –el desvarío– de una “séptima papeleta” en las próximas elecciones hecha por Rosemberg Pabón es la última “contribución” demostrando que su interés es electoral, que desconoce o le importa lo digan las normas constitucionales sobre las consultas populares y los referendos y la pobreza de sus análisis de las consecuencias que tendría una derrota de la propuesta sobre la suerte los secuestrados; en esta caterva de solucionadores estériles se encuentran también los ex presidentes López y Samper cada uno con una interpretación propia del protocolo de Ginebra. Hay otro buen número de bobales –incluyendo los jerarcas de la Iglesia– cada cual solucionando el problema en el aire con el único fin de ganar un espacio en el que puedan mostrar la cara ante un micrófono y sigan teniendo vigencia en la opinión pública.

Yo me quedo con los estoicos rehenes silenciosos que han asimilado su condición cautiva a un karma que deben cumplir en esta fase de la vida, –hasta los dioses están atrapados en la rueda de la vida– y aguardan en silencio la muerte de la muerte, para, algún día, encontrar que los vigilantes de los campos de concentración huyeron en silencio y ellos, los cautivos, se quedaron sin futuro ni objetivo en la vida porque su misión era esa: haber sido los elegidos por el destino para servir como los instrumentos y las víctimas del oprobio que se necesitaba para sacudir a la sociedad colombiana contra estos falsos redentores.


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