Fragamento de la obra «El gran burundún Burundá ha muerto»
“EL PARTIDO!
EL PARTIDO!!
EL PARTIDO!!!
De la misma manera que en los triunfos romanos se daba puesto destacado a los jefes vencidos para que su peor humillación redundase en mayor gloria del triunfador, se había dispuesto que las primeras filas del Partido se reservasen en el desfile a los ancianos de la tribu: sarmentosos o adiposos sobrevivientes de una época abolida que dirían a las promociones mozas cómo hasta la propia senectud puede redimir sus errores si se ofrece en ejemplarizante espectáculo de escarnio.
Desfilaban, pues, en primer término los Grandes Constitucionalistas, los Grandes Jurisconsultos, los Grandes Legisladores, coronadas sus cabezotas de sabihondos con capirotes hechos con el pergamino de las Pandectas y cubiertos los cuerpos con camisolas de bufón formadas con retazos y remiendos de ordenanzas, decretos, fueros, leyes, reglas y prescripciones, y adornadas con gorgueras hechas con los papelotes rizados de Códigos y Digestos. Su erudito disfraz serviría para recordar que también la palabra escrita vuela con el viento como las cenizas de un hogar sin techo y que el papel impreso puede hallar mejor empleo en hacer pajaritas de papel y túnicas de lunáticos.
Tras ellos veían los Humanistas, los Historiadores, los Gramáticos y los Escoliastas que llegaron a edad más que madura bajo el execrable régimen de la palabra articulada. Para remisión y anatema de su antigua profesión de escribas, estos valerosos supervivientes habían sometido –para decirlo todo, por ingeniosa iniciativa de los más jóvenes intelectuales de la reforma burundaniana y no sin el persuasivo estímulo de la policía– sus labios antes pecadores a una distensión similar a la que emplean las coquetas del Giangé; solo que en vez de los platillos de aquellas atrayentes damiselas, los arrepentidos letrados usaron moldes y cuñas que convirtiesen sus bocas en trompas, jetas, morros y hocicos. Con lo que les fue fácil competir ventajosamente con el resto de sus conciudadanos en el nuevo arte del gañido, en la flamante sintaxis del rebuzno, en la alegre ontología del cacareo. Heroica y a la vez discreta manera de trasladarse, sin notorio desmedro, de las Academias de la Lengua, la Historia y la Jurisprudencia a las cuadras y corrales reservados por el benévolo Burundún a quienes antaño estimularan sus moceriles hazañas de pico-de-oro.
En la tercera fila del Partido, otros rezagados testigos de los tiempos anteburundianos: los Grandes Caciques, los Grandes Muñidores, los Grandes Prestimanos de la bárbara era electoral. Tan anacrónicos e inútiles ya como el collar de colmillos del mohicano, la nariguera de oro del hinca, el abigarrado escaupil del tlascalteca, el cinturón de escalpos del apache, la boleadora del pampero, el manto de plumas del azteca, el penacho de guerra del sioux, la dentada máscara del Caballero Tigre o los dibujos en achiote del goajiro. Sin empleo ya, pero simbolizando todavía el Gran Fraude que precediera y facilitara la Gran Reforma.
Tras esta vanguardia de pedagógico escarnio, tras los ancianos de la tribu –antaño próceres, hogaño locos de mesa y trono–, desfilaba el Partido: el auténtico, el sin nexos con el pasado, el impoluto, el todo él purificado, corroborado y unificado por la sangre vertida: nuevo Mitras multicéfalo.
Vestían sus miembros azules camisas de corte militar, cruzadas sobre los abombados pechos por los correajes que sostenían, sobre los flancos, el revólver y la porra: sus instrumentos de comunicación y persuasión. Los pantalones, también azules, embutidos en altas botas lucientes. Y bajo la visera de la gorra azul, los aovados rostros con frialdad de yeso, sin facciones, con sólo un número donde otros suelen llevar la nariz.
Números, centenares de números, millares de números: una viva aritmética, la suma en marcha de la masa. Impecable isocronía y sincronía de los movimientos, inalterable progresión del paso, exacta marcación del ritmo.
Flor del pueblo mudo:
Primera generación que no aprendió a dibujar con los labios los vocablos mirando el móvil contorno de la boca materna; primera niñez sin ávidas preguntas; primera adolescencia que no balbuceó las palabras del amor, ni guió al ensueño con las riendas del lenguaje, ni declamó su inconformidad en los sótanos y en las buhardillas de los conspiradores que tienen el corazón puro, el alma tierna e inquieto el entendimiento; ni buscó a Dios imprecando a las estrellas.
Seres de consentimiento previo, criaturas de agregación, entes de subordinación: una yerta e incontenible proliferación de zoófitos blancuzcos que asediaba con su erizada rigidez toda vida que quisiera ser libre.
Marchaban sin saber siquiera a quién seguían, ni a quién precedían, ni a dónde iban, ni de dónde venían. Como los puntos de una línea sin fin, como los números que se engendran a sí mismos infinita e inútilmente, como el tiempo si el tiempo no tuviera testigos, como voltea el espacio sobre sí mismo en la ignorancia de lo que contiene.
A su paso ciego, sordo, mudo, no habría murallas que oponer, ni diques que levantar. Sólo la muerte... la muerte en que el río de los números se convirtiese en catarata y la catarata en ese polvillo de nada que alimenta a la eternidad.
Era pavorosa su marcha de la nada a la nada!
Tan espantable era, que resultaba un alivio contemplar a quienes tras el Partido desfilaban”.
Jorge Zalamea, El gran Burundún Burundá ha muerto, Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1979.
Jorge Zalamea, El gran Burundún Burundá ha muerto, Disco, Fonotón, Textos Editorial Celza Ltda., Ilustraciones de Fernando Botero, Fotografía: Hernán Díaz.