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Pueblo y Democracia

Por Norberto Insuasty Plaza

Pueblo es una palabra equívoca. Nos remite a Dios o al diablo, a derecha o a iz­quier­da. Con ella se aglutina espiritualmente a los devotos si se alude “al pueblo elegido”, o se valida cualquier cosa cuando se esgrime como vox pópuli, o como la voz del Soberano. Con ella se legitima cualquier poder cuando se habla de ejército del pueblo, del pueblo en armas, y entusiasma hasta el delirio cuando en las mar­chas se grita en la consigna: “el pueblo unido jamás será vencido”.

En la Biblia el pueblo es propiedad o dominio de Dios y sobre él ejerce su señorío. Jehová no duda un instante en ordenar la lapidación de un individuo humilde que quebrantó la ley al recoger leña en día de reposo,[1] ni su furor se detiene cuando considera indispensable arrojar vivos al Seol a todos los que secundaron la rebelión de Coré contra Moisés haciendo que la tierra abriera su boca y los tragara, con sus casas y sus bienes.[2] A los doscientos cincuenta príncipes que secundaron la in­surrección los consume con su fuego.[3] De igual modo, no le tiembla la voz o la mano para consumir en mortandad al día siguiente a catorce mil setecientos miem­bros de la congregación de los hijos de Israel que se atrevieron a murmurar contra Moisés y Aarón, acusados de haber dado muerte al pueblo de Jehová.[4]

En la búsqueda de una forma de gobierno que permitiese la realización de los mas altos telos (felicidad, amistad, virtud, excelencia), Aristóteles desconfió de las polis demo­cráticas tanto como de las tiránicas y oligárquicas. El gobierno del pueblo sim­ple­mente se le hacía nocivo para la integración de una comunidad cívica, pues de­jaba por fuera y hasta se eliminaba a las minorías, en particular a la élite aris­to­crá­tica, sabia y esclarecida. En su largo trabajo de campo, minuciosa labor de reco­lec­ción de información y de análisis sobre la vida y el sistema político en ciento cin­cuen­ta ciudades estados griegas, prefirió aquellas cuyo gobierno trabajase en fun­ción de los intereses de la ciudad como un todo, así su forma de gobierno fuese monár­quico, aristocrático o republicano (politeia). En Aristóteles, la democracia era vista como una desviación o perversión de la politeia, que algunos traducen como la República, su sistema preferido.

La palabra pueblo en ocasiones se utiliza para designar a toda la población de una de­ter­minada nación o lugar como también a una parte de ella, a los llamados sec­tores populares. Cuando Aristóteles utiliza la palabra pueblo (demos) se refiere sólo a una parte de la ciudad estado, en particular a aquella que vive en los campos. De igual manera, al analizar las democracias, observa cómo el pueblo es objeto de ma­ni­pulación por parte de los demagogos. Sobre estos dos asuntos es esclarecedor el siguiente pasaje:

“Además, como no eran grandes entonces las ciudades, sino que el pue­blo vivía en los campos ocupado en sus labores, los cabecillas del pue­blo, cuando eran guerreros, aspiraban a la tiranía. Todos lo hacían con­tan­do con el respaldo del pueblo y ese respaldo era su odio contra los ricos; como cuando en Atenas Pisístrato se sublevó contra los del llano, y Teágenes, en Megara, degolló el ganado de los ricos. (…) Donde los car­­gos se otorgan por elección, no a partir de las rentas, y los elige el pue­blo, los aspirantes, con su demagogia,llegan hasta el extremo de decir que el pueblo es señor incluso de las leyes. El remedio para que esto no suceda o para que suceda menos, es que las tribus designes a los magistrados y no todo el pueblo”.[5]

El mensaje de todas las revoluciones del pasado, de la revolución francesa a la mexicana visualizada en los frescos de Diego de Rivera, de la revolución de octubre en Rusia, de la cubana, de la vietnamita y de la china, fue el de asignar al pueblo, dominado, infeliz, y en la mayoría de los casos, dividido y malformado por la ideo­logía dominante, la capacidad para unificarse, y con la guía de una élite dirigente, la intelligencia, el partido, transformar la antigua sociedad por la vía de la violencia revolucionaria o el terror. El pueblo, convertido así en actor social, podía atri­buír­sele el alto destino de reconciliar a la sociedad consigo misma pues su triunfo aseguraba la igualdad, la fraternidad y la justicia.[6]

En oposición a las acciones revolucionarias cuyo destino natural ha sido el derivar hacia el totalitarismo, Alain Touraine ha propuesto el papel democratizador de los movimientos sociales cuya gran capacidad de transformación se centra más en dar la palabra a quienes no la tienen y a lograr el cambio social sin tener que eliminar necesariamente al adversario:

“Los movimientos societales, cualquiera sea su especie, contienen en sí mismos una aspiración democrática. Procuran dar la palabra a quienes no la tienen, hacerlos partícipes en la formación de las decisiones políticas y económicas, mientras que las acciones revolucionarias siempre sueñan con purificación social, política, étnica o cultural, sociedad unificada y trans­parente, la creación de un hombre nuevo y la eliminación de todo lo que es contrario a una unanimidad que muy pronto no tiene otra razón de ser que plebiscitar un poder totalitario. Así como no es una simple cam­pa­ña de reformas, un movimiento societal tampoco es una lucha a muerte” .[7]

Con los anarquistas rusos, en particular Necaev y Bakunin, la idea de pueblo ilumi­na y da sentido a la acción y a la existencia toda alcanzado grados de significación mística, en ocasiones trágica y cuasi religiosa en su lucha revolucionaria por la puri­ficación de la sociedad.

En el manifiesto titulado “Posición del problema revolucionario”, Bakunin indicaba los objetivos últimos y los medios de ir al pueblo, de compenetrarse con él.

“Allez au peuple, -decía Bakunin- allá está vuestra ruta, vuestra vida, vues­­tra ciencia. La juventud cultivada no debe convertirse en bien­he­chora, ni siquiera en guía del pueblo, sino en la partera de la auto­libe­ra­ción popular, en la fuerza unificadora de las energías y esfuerzos del pueblo. Para adquirir la capacidad y el derecho de servir a su causa ella debe hundirse, ahogarse en el pueblo”.[8]

Bakunin prevenía a la juventud cultivada y comprometida con el pueblo contra la cien­cia occidental positivista que se abría paso en Europa, y contra la corrupción universitaria que a fuerza de insistir en la superioridad de la ciencia y del valor de los conocimientos positivos terminaba por despreciar al pueblo como “estúpido e igno­rante”. Para el fundador del anarquismo la única escuela verdadera era la del pueblo.

“No hay que preocuparse más por la ciencia –les dice a los jóvenes- en nom­bre de la cual se busca encadenarlos y despojarlos de toda su fuer­za. Esta ciencia debe perecer al mismo tiempo que el mundo del cual es su expresión. Una ciencia nueva y viva nacerá indudablemente más tar­de, después de la victoria del pueblo, a partir de la vida liberada por el pueblo mismo” [9]

En Colombia, las FARC, con más de cuarenta años de lucha, se autoproclaman como EP, esto es, ejercito del pueblo, y en nombre de él hacen la guerra sin que éste se sienta aludido ni lo haya consentido, guerra, por lo demás, sui generis, en donde el mismo pueblo paga las consecuencias cuando se aplican todos los medios de lucha de acuerdo a la coyuntura de su evolución: secuestro (político y extor­si­vo), narcotráfico, paros armados, bloqueo de vías, asesinatos de alcaldes y conce­ja­les y variadas formas de terrorismo.

En las décadas de 1960 y 1970 las élites revolucionarias que se autoproclamaron como vanguardias del pueblo, en particular en América Latina, calificaron el pen­sa­miento democrático como despreciable y, en el mejor de los casos, como reformista o pequeño burgués. Frente a la ideología revolucionaria de la época no era posible es­capar a su dualismo clasificatorio atroz: o se tomaba la causa del pueblo, de las vic­timas, o se era etiquetado como agente de la dominación.

Durante la segunda mitad del siglo XX se asiste al derrumbe de la mayoría de par­ti­dos y Estados que abrazaron las causas socialistas y comunistas los cuales habían trans­formado los movimientos de liberación popular en aparatos autoritarios y re­pre­sivos y se vive una euforia de retorno a la democracia identificada exclusiva­mente como economía de mercado.

El reto del presente es restablecer la necesaria y difícil relación entre libertad de mercado (no sometido a un control político e ideólogo autoritario) y democracia, que permita a la sociedad, no solo el crecimiento económico sino su desarrollo endó­geno, esto es, tal como ha sido planteado por Alain Touraine, un Estado capaz de decidir, empresarios competitivos con deseos de invertir, y agentes políticos com­prometidos en la distribución de los ingresos y la disminución de las des­igual­dades.[10]



[1]Números 15, 32-36.

[2]Números 16, 30-32

[3] Números 16, 35.

[4] Números16, 41-50

[5] Aristóteles. Política. Trad. Carlos García Gual y Aurelio Pérez Jiménez. Ediciones Altaya S.A.Barcelona, pp. 196 y 197.

[6] Sobre éste punto véase Touraine, Alain. ¿Podremos vivir juntos?Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, p.101.

[7] Alain Touraine. Op.cit. p. 126 y 127

[8] La tesis Bakuninista de “Ir al pueblo” se encuentra expresada en su “Catecismo del revolucionario” utilizado por los conspiradores y revolucionarios rusos que inspiraron y condujeron el movimiento populista ruso de la segunda mitad del siglo XIX contra el Estado y el gobierno zarista, y en su obra Estatismo y Anarquía.

[9]Sobre Necaev y Bakunin y los orígenes del populismo ruso véase: Franco Venturi. Les intellectuels, le peuple et la révolution. Histoire du populisme russe au XIX siècle. Éditions Gallimard, NRF, Paris, 1972.Los apartes aquí mencionados corresponden al tomo I, pags 635 a 639. La traducción es del autor.

[10] Touraine, Alain. Op.cit. p. 259.


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