Los ojos abiertos, el país debe definir su destino
Alberto Lleras Camargo (1904-1990)
Discurso en el Teatro Colón, En un acto organizado por la Unión de Ciudadanas de Colombia. Diciembre 14 de 1965.
Conciudadanas:
No es fácil imaginar la satisfacción con que me dirijo a una audiencia de mujeres con este vocativo que todavía suena a nuevo en la historia política colombiana. El episodio de la ciudadanía se desarrolló casi sin que nadie lo notara, entre el estruendo de nuestra alegría por la recuperación de la libertad. Existía, ciertamente, el antecedente de que la dictadura que suprimió las elecciones y el ejercicio de todos los derechos políticos a los varones, otorgó en un acto, de irritante sarcasmo, el derecho de votar a la mujer. Pero solo comenzó a ejercerlo en el momento de consagrar para siempre, en el plebiscito constitucional, su calidad de par con los ciudadanos. No suelo impresionarme más de la cuenta por el efecto mágico de las leyes escritas, y abrigué desde el primer momento el temor de que el rompimiento de esa vértebra feudal de la constitución no se hiciera efectivo, a menos que la mujer, ya con la capacidad de votar, apresurara su pronta evolución jurídica y política en la vida colombiana, hasta imponer la igualdad con el hombre. A ese criterio obedeció la iniciativa de crear la Unión de Ciudadanas de Colombia, que hoy nos brinda su hospitalidad generosa. Era preciso, pensamos entonces, que una institución, a semejanza de las muy eficaces de otros países, empezara una tarea activísima de preparación de la nueva ciudadana para el ejercicio de sus funciones, y que la precipitara, por así decirlo, a la más enérgica participación en un género de actividades que había mirado con sospecha, desdén o indiferencia. Había que evitar que los partidos, hasta entonces sólidos bloques de opinión varonil recibieran a las eventuales sufragantes y las anexaran simple y rudamente a tareas auxiliares, para prolongar su esclavitud milenaria. La idea no era, desde luego, sustraerlas a la normal lucha política, sino darles un elemental y no muy inferior entrenamiento a aquel que tenían los hombres sobre la organización política de la República, para que comenzaran a practicar sus nuevos derechos con el ardor que suponíamos había madurado y crecido en la clausura y el silencio. Como quiera que se hayan desarrollado los acontecimientos posteriores, la Unión de Ciudadanas de Colombia merece la gratitud pública por su empeño en cumplir ese encargo, y yo, desde luego, le tributo la mía, en la confianza de que al acelerar sus trabajos, en vez de retener a la mujer en la indecisión y la incertidumbre, la empujará hacia una participación intensa en la vida política que, de no hacerse a tiempo, consolidará su posición de inferioridad quién sabe por cuántos años, o por cuántos siglos más.
Campaña de igualdad
Muchas personas han observado, como causa principal de la abstención política de la mujer, una vez manumisa, la falta de una auténtica lucha para obtener la libertad. Es cierto que en Colombia no la hubo. Entregamos, en las fiestas del diez de mayo de 1957, como un collar, la ciudadanía a las mujeres, que la habían ganado, sin estarla pidiendo, en la batalla contra la tiranía. ¿Cómo, pensamos entonces, a estas mujeres que llevan años de resistencia, amenazadas y golpeadas, perseguidas y desafiantes, sin una sola queja, pero sobre todo, sin una sola vacilación, cuando vamos a disponer de la suerte de la República que han estado defendiendo mejor que nosotros, no vamos a darles el derecho de opinar, de decidir, de deliberar con nosotros? Pero la verdad es que ellas, que se sentían más que nadie ciudadanas en cuanto la ciudadanía implica obligación, riesgos, compromisos y dificultades, no estaban reclamando el título ni exigiendo retribución alguna. De los cuatro millones cuatrocientos mil votos que dieron forma a la nueva República y que restablecieron simultáneamente la paz y las instituciones, cerca de un millón novecientos mil eran de las nuevas ciudadanas. De haber conservado esa proporción, ese aliento y esa fuerza asombrosa y decisiva, nos habríamos ahorrado muchas dificultades y padecimientos. Pero tal como había ocurrido en otras naciones democráticas, el voto fue una especie de culminación, cuando debería haber sido apenas el comienzo de una campaña intensa por la igualdad jurídica política, cultural y social de la mujer con el varón. Este, mañoso y bien defendido en millares de pliegues del terreno en que había dominado hirsuto y solitario, esperó a que el fervor fuera extinguiéndose y con él la formidable revolución, que, claro está, tampoco se había hecho en un día, ni sin antecedentes.
Liberación femenina
Porque esta liberación tiene su origen en el gran cambio que sufrió la humanidad cuando comenzó la revolución industrial. Lo cierto, es que hasta entonces la mitad más frágil y más hermosa de la humanidad no parecía tener esperanzas. La emigración del campo a la ciudad, la acumulación desordenada y sórdida de millones de seres en un solo sitio, alrededor de las pestilentes fábricas de los primeros días de la revolución industrial, el desplazamiento del interés en la vida rural, que giraba graciosamente sobre las formas más complejas de esclavitud femenina, provocaron gradualmente los primeros síntomas de la liberación de la mujer. Ante todo, porque la mujer, en la nueva vida era menos indispensable, y el hogar no era, como en la otra, además de un foco afectivo, un centro económico vital. En la ciudad fabril comenzaron a contar poderosamente los salarios, su número, tanto como su cantidad, y las mujeres se enrolaron en esos oscuros ejércitos de servidores de las máquinas que hicieron tristemente célebre la primera etapa industrial. Cuando se recuerdan los horrores de esa época y la crueldad con esas obreras de la edad de hierro forjado, la mujer moderna apenas se atreve a pensar que esas fueron las mártires indispensables de su libertad presente, las que transitaron duramente la primera etapa del camino hacia la igualdad de los sexos, hacia la destrucción de los mitos de la supremacía masculina, hacia el derrocamiento del hombre como patrón implacable de un productivo gineceo y su reducción ulterior a doméstico compañero y camarada de trabajos.
La mujer en el trabajo
La máquina fue la génesis de esa transformación, así como las armas, en todas las edades, al restarle importancia a la fuerza física, cambiaron la sede del poder de unos pueblos a otros. En la edad campesina la fuerza física del varón se apechaba con las rudas tareas, que eran las más importantes y fructíferas. Pero en la edad industrial, vigilar una rueda, contar un movimiento mecánico, dar un leve impulso a una manivela que desataba fuerzas asombrosas, no era y no fue, sino por muy corto tiempo, exclusividad de los hombres. De la edad anterior venía, además, a impulsar ese cambio social, el escaso valor del trabajo femenino, hasta entonces jamás contabilizado en las tareas campesinas. Millares y después millones de mujeres entraron a las fábricas, y de allí a las, oficinas y de allí a la totalidad del mundo hasta entonces agresiva y despóticamente viril. Dueñas de su salario, al principio lo depositaron humildemente en la caja familiar, pero bien pronto entraron a discutir el presupuesto como contribuyentes de igual valor. Y después ocurrió otro cambio: en el mercado de brazos comenzaron a escasear las mujeres que dirigieran la casa, proveyeran la mesa, cocinaran, tejieran y se ocuparan de esas modestísimas labores que antes no tuvieron valor ni precio. Y aun cuando miles de millones de mujeres no pensaran en otra cosa más que, como en tiempos clásicos, hilar, amar, sufrir en respetuoso silencio, su importancia creció súbitamente y comenzaron a sentir que había un salario invisible para esas domésticas empresas antes gratuitas y generosamente agregadas al afecto por los rudos semidioses hogareños.
El proceso en Colombia
Es cierto que este fenómeno no fue en Colombia tan claro y categórico, porque entre nosotros coexisten dos, a veces más épocas, como consecuencia natural de que nuestra revolución industrial, todavía incipiente, fue un producto de importación y no fruto de nuestro ingenio, para satisfacer necesidades apremiantes de una civilización en dificultades. Pero el proceso ha sido semejante. Y antes de ser ciudadanas, ya invadían talleres y oficinas, hospitales y universidades mujeres liberadas a quienes el primer soplo de la nueva era había hecho casi iguales a los hombres, y que eran, aun sin proponérselo, la vanguardia para la batalla de la ciudadanía, cuando quiera que se diese.
Pero hasta aquí todo esto es historia, y casi prehistoria. Lo importante es saber qué han hecho las mujeres con la ciudadanía y si no están corriendo el riesgo de perderla, no porque les sea arrebatada por ley o decreto, sino por desuso, por una pesadísima inercia injustificable.
Desinterés en la vida pública
El voto femenino, que por la separación de las series en las cédulas de ciudadanía es fácilmente identificable, ha ido bajando en cada elección, y la abstención masculina, muy notable, parece haber estimulado todavía más el fatal descenso del interés de la mujer por la vida pública.
Pero, ¿es que la vida pública es antagónica o aparte de la que cada uno de nosotros llama privada, para referirnos al circuito cerrado de nuestros propios intereses? ¿Puede la mujer replegarse a esta última? Y ¿cuál tipo de mujer está en condición de hacerlo?
Intervención y relaciones con el Estado
No la mujer cuyo trabajo la pone en contacto con una serie de problemas, de decisiones, de intereses que ya no son de su casa y de su gente, sino de una complejísima sociedad, tal como la moderna en que vivimos. Porque trabaja, gana un salario. Ese salario está registrado en la empresa respectiva y no puede ocultarlo al fisco. Debe, pues, pagar un impuesto. Súbitamente sus relaciones con el Estado han dejado de ser un asunto ajeno, y sus protestas contra la mala administración, la deficiencia de los servicios, la imprevisión de las leyes, la ociosidad de los funcionarios ya no son un eco vicario del marido, o del hermano, o del hijo, sino su propio agravio, y su introducción abierta y enfática a la vida pública. Porque sabe que en el voto puede haber un medio de protesta, un sistema de cambio, o en último caso, una dulce venganza. Pero no, no se quiere que la vida pública femenina se mueva al vaivén de sentimientos tan primarios y sencillos, sino que ese choque con el recaudador de contribuciones la haga no cruel, sino consciente de su poder, y más reflexiva de su obligación ciudadana. Porque por poco que lo piense comprenderá que si ha de haber un gobierno contra el cual descargar su indignación porque hace u omite, porque boga o porque deja de bogar, no habrá más remedio que pagar impuestos. Y la recaudación de los impuestos justos y la justa inversión de lo recaudado en el servicio del mayor número y la prelación en la atención de lo más urgente, eso es, en resumen, la vida pública, la ciencia de gobernar, la importancia de participar en la operación colectiva, la capacidad de enmendarla.
De allí, de ese contacto inevitable que debió ocurrir por primera vez en el alba incierta de las sociedades primitivas, se desprende un apasionante conjunto de relaciones entre las gentes, entre ellas y el Estado, de este con las demás naciones, que de seguro estimula más el espíritu que cualquier juego de sociedad o una intrincada labor de ornato, sin que sea mucho más difícil de entender y de practicar. Las mujeres que se dieron a esa vocación no lo hicieron mal, ciertamente, y dejaron una huella en la historia que muy pocos varones han logrado superar. Pero probablemente se requiere este choque objetivo y personalísimo para que las mujeres despierten al mundo de más abstractas realidades en que la política se mece: Es una fortuna que los últimos años con todas sus violencias y desórdenes, las bruscas caídas de la moneda, el enrarecimiento súbito de las mercancías a la espera de una ineluctable alza de precios, hayan ido hasta el fondo de la vida hogareña y probablemente mantengan a las mujeres con espíritu alerta y ánimo decidido para entrar de golpe, en masa, a escoger entre los gobiernos posibles, el mejor de todos.
Por qué la invitación a votar
Yo no puedo, desde luego, aparecer ante ustedes como un hipocritilla que las invita a votar, simplemente, con el aire arcangélico de que le daría lo mismo que votaran por cualquier persona o forma de gobierno, con tal de que hicieran uso de sus derechos. Entre otras cosas porque ya no soy un político profesional, aunque seguramente lo fui, y si estoy en mitad de la lucha, dando y recibiendo palos, después de haber coronado una larga carrera pública, es porque temo, seriamente, por la suerte del país, y no por mero entusiasmo deportivo, inadecuado y anacrónico, a mis años.
Todas ellas son, según dicen, revolucionarias, porque sin ese estribillo no se podría ir muy adelante. Unas son peligrosas y cándidas, como las del clérigo que abandonó la sombra de la Iglesia Católica bajo la cual se albergan por lo menos diecisiete millones de colombianos, para buscar la unidad y ecumenismo de las izquierdas revolucionarias, convencido de que desde Moscú, desde Pekín, desde La Habana, las metrópolis y agencias del nuevo imperialismo, le entregarían la dirección de un movimiento social que Roma le negaba. Otras son explicables, como la revolución del extirano, que atribuye al Frente Nacional y a un número limitado de personas que se le hubiera interrumpido una vertiginosa carrera mercantil y una lamentable y ordinaria aventura política que él creía precisamente en sus comienzos. Otras son o ya van siendo perennes, como la de López Michelsen, y menos inocentes que las demás porque para este ciudadano a quien la suerte le fue amable desde la cuna dorada nada le es extraño, teóricamente en materia de convulsiones sociales. Enemigo del Frente Nacional casi desde su iniciación, fue el primero en tratar de promover disensión en el liberalismo contra la palabra empeñada y en los albores del movimiento ya estaba tratando de tentar a Carlos Lleras Restrepo con un movimiento en que figuraba, sin título cronológico claro, como miembro de las juventudes liberales. Más tarde se hizo el caudillo de la no alternación y recorrió toda la República con esa bandera para despertar las pasiones anestesiadas del liberalismo, con la vaga esperanza de una recuperación del poder, cuando de acuerdo con el pacto constitucional el poder le correspondía al conservatismo. Y así, entre letras de canciones mexicanas y literatura de comedia radial, fue invitando a pasar a bordo de la revolución. ¿Cuál revolución? No está más clara que la del General Ruiz Novoa o la de Camilo Torres. Se parece, como una gota de agua a la otra, a la del exgeneral Rojas Pinilla. Pero no hay que ir muy lejos en su programa para saber lo que le pasaría a la República. Anuncia en reciente producción en Santa Fe de Antioquia que:
“En Colombia no habrá paz mientras no exista una nueva normalidad. –Y, pregunta–, ¿qué quiere decir una nueva normalidad? Una nueva normalidad, –dice él mismo–, es aquella que se defiende sola, cuando el orden de cosas establecido no lo defienden las bayonetas de los soldados, sino las bayonetas de los propios campesinos. ¿Habrá paz en Colombia? –vuelve a preguntar–. Sí. Con un gran cambio. Un cambio de tal magnitud que se pueda licenciar la mitad del ejército, que se pueda licenciar la mitad de la policía; pero que sean ejército y policía del orden nuevo los beneficiarios de una reforma radical de la sociedad colombiana”.
Eso, precisamente es lo que yo, por el conocimiento del sujeto, me temía. ¿Habla así López Michelsen porque cree que él puede dirigir esa revolución? La empresa de destruir el ejército y la policía que el país ha venido creando y perfeccionando desde los días de Rafael Reyes, de Uribe Uribe y de Carlos E. Restrepo, para reemplazarlos por un ejército de campesinos armados al grito de que los grandes días están por venir, fue exactamente la que realizó Fidel Castro en Cuba, con las consecuencias conocidas. El presidente de Cuba, Manuel Urrutia, nombrado por el ejército de campesinos, fue también un profesor de derecho constitucional, duró muy poco, se asiló en una embajada y ahora está exiliado en México. ¿O es que López Michelsen resistiría las presiones de su línea dura, una vez victorioso, y cuando se hayan entregado las armas a los campesinos? ¿Sentado sobre esas bayonetas nuestro profesor de derecho constitucional podría garantizar la autonomía de la República, o tendría que entregarla, como Fidel Castro –más fuerte que él sin duda–, al imperialismo soviético, como otro peón de ajedrez en la guerra fría?
Conjura contra las Fuerzas Armadas
Con el general Ruiz Novoa, López, Torres y Rojas Pinilla coinciden en presentarle al país una reforma radical de las Fuerzas Armadas. El exgeneral Rojas quiere, de seguro reincorporar a sus amigos retirados, y volver a los gloriosos días del hombre colombiano en que algunos sargentos dominaban las instituciones armadas y vigilaban a sus jefes, por orden del palacio. Ruiz Novoa fue muy claro en su propósito de convertir las instituciones armadas en un club político, en que cada comandante de unidad operativa pudiera barajar simultáneamente sus argumentos y sus soldados en fraternal controversia sobre las cosas de la nación y sus estructuras. Ya hemos oído a López, con sus propias palabras, no con las mías. En cuanto a Camilo Torres está dentro de la línea clásica de los comunistas, fomentando la subversión militar de las clases y soldados contra los jefes superiores, en lo cual no puede menos de acompañarlo el estratego López, que quiere que dentro de las filas todo el mundo sea igual, fórmula que los rusos exportan pero que se cuidan bien de aplicar en su jerarquizado sistema castrense. ¿Es extraña esta coincidencia? No. Los revolucionarios de todos los pelajes han llegado a la conclusión de que las fuerzas armadas colombianas no les dejan hacer la revolución, ni se la prohijan, y están buscando un procedimiento para hacerlas a un lado. Así ocurre con todo lo que se va atravesando en su camino. Pero cada día hay más cosas en él, a medida que la nación se va despertando de su letargia y su inconsciencia.
Injurias y calumnias
Yo no he hecho sino proponer a la gente a que se desperece y reflexione por cinco minutos y haga la acción distinguida de valor de depositar una papeleta en las primeras elecciones que haya por delante. Eso ha causado una vasta conmoción en el avispero revolucionario, y desde ese día se nos acusa a todos los que hemos propugnado una política semejante de estar perturbando la paz del país, creando una lucha de clases en la cual aparentemente, hasta ahora no había pensado nadie, y amenazando con darle garrote a los pacíficos ciudadanos. Esta reunión de mujeres también será saludada con una salva de dicterios próximamente. Será otra demostración más de nuestra beligerancia y de nuestra agresividad, el invitar a las mujeres a que hagan uso de un derecho que les concedió la Constitución. Casi me olvidaba el papel que desempeña en la conjuración revolucionaria un grupo político que se destacó siempre por un firme concepto de la autoridad contra el desorden y la aventura, y que por esa razón se podía llamar con justicia conservador. Se me olvidaba, porque no desempeña ninguno. Es el encargado de publicar titulares para demostrarle a su partido, que el señor López es la garantía de la alternación, el orden y la paz, y Carlos Lleras el peligro único para la paz, el orden y la alternación. Las teorías políticas del doctor López en Santa Fe de Antioquia pasarán inadvertidas en su periódico. Pero como algo habrá que decir se destacará este párrafo que nos indica bien que el señor López no está diciendo boberías, sino que se responsabiliza por sus excitaciones, a plena conciencia.
“Si se es jefe de un partido, –dice el señor López– también hay que pensar en las consecuencias de las palabras que se dejan deslizar en el curso de una manifestación. Porque hay una verdad... que algunos olvidan: que la violencia en Colombia no surgió del pueblo, no vino de abajo hacia arriba, sino que la violencia vino de arriba hacia abajo, como consecuencia de la ligereza y de la imprudencia de los dirigentes”.
O también el diario que fue vocero del conservatismo y del Frente Nacional podrá hacer hincapié sobre la belleza formal y la originalidad, –que no se encontró en el discurso de Lleras Restrepo– en las líneas finales del de López, en donde se anuncia que esa noche de Santa Fe de Antioquia, noche luminosa, como que anuncia el fin de los temporales, el fin del invierno, el comienzo de la primavera, es una noche igual a la noche de Mompóx, a la noche de Cúcuta o a la noche de Ocaña. En esta última sentencia sí pueden coincidir, sin reato ni remordimiento, los miembros antagónicos de la coalición que nos va a producir de un momento a otro un candidato presidencial del cual solo sabemos que será fotogénico en la televisión.
Votar en conciencia
No estamos los partidarios constantes y fieles del Frente Nacional alarmando a nadie, ni menos aún, como se ha dicho, promoviendo un revuelo de dos millones de faldas asustadas. Estamos simplemente invitando a todo el que tenga derecho a votar y no lo haya ejercido, y encuentre ahora cuando menos inquietante todo este jaleo de la revolución, a que vote, y vote en conciencia. Y esto va en primer término con las mujeres de Colombia que tienen una capacidad de decisión que sube de los tres millones de sufragios y cuya proporción en el abstencionismo nacional en las elecciones últimas fue todavía más aguda que la de los varones.
La abstención pasada
Voy a citar algunas cifras que les recordarán a ustedes cómo fue esa abstención y de seguro las alertará sobre las consecuencias de su conducta electoral. En 18 ciudades principales del país votaron 589.170 electores. Habrían podido votar, técnicamente, ciudadanas y ciudadanos mayores de edad y en ejercicio de sus derechos políticos, 2.188.809. Hubo en consecuencia 1.599.439 personas que en las ciudades se quedaron en su casa, entre los cuales habrá un porcentaje mínimo de gentes realmente incapacitadas para votar. La proporción de abstencionismo en esas ciudades es de 73.1% que es una de las más altas, si no la más alta del mundo. Pero en Bogotá, en donde hay las mayores facilidades para el voto, donde están concentrados los poderes públicos, donde hay menos riesgos, esa proporción subió al 77.1 por ciento. Es sencilla, realmente, escandalosa. Cualquier interpretación que se le dé es tremenda. Naturalmente no son los partidos llamados revolucionarios los que se abstienen, porque si ello fuera así, no tendrían confianza en su revolución. Luego son los partidarios del Frente Nacional, o de la moderación, o de la paz, los que se quedan sentados en su casa, mientras se produce el proceso político que deja a las Cámaras sin mayoría de los dos tercios, y, claro, incapacitadas para hacer algo, bueno por lo menos. La gran algarabía posterior, señoras, por la ineptitud del congreso y su ineficacia, nace allí, de esa huelga sentada de los electores.
La necesidad de informarse
Claro que hay mucha cosa que corregir en el funcionamiento de los poderes públicos, y que más de una vez el ciudadano desmaya y siente que su pasión patriótica se derrumba en un océano de turbulencias y desastres. Pero tiene él, él solo la herramienta para enderezar lo torcido, corregir lo dañado, emprender una nueva ruta, buscar un cambio, en esa diminuta papeleta que se le entrega, entre nosotros, cada dos años, con todo el poder de decisión acumulado en su fragilismo rectángulo. Solo que es tontería pretender que no hay obligaciones ciudadanas sino por diez minutos cada dos años, y que ellas consisten en tomar una decisión a la suerte y empujarla a la urna, en donde se aprisiona por ocho horas el destino entero de la nación. Así no se decide cosa alguna, y a ninguna de todas las innumerables y pequeñas resoluciones y a ninguno de los incontables dilemas que cada una de ustedes resuelve, en un día, les dedican tan poco tiempo. Para ser un ciudadano cabal lo primero es estar informado. Y mientras mejor informadas estén ustedes de todo lo que pasa en la vida política, mejores ciudadanas serán. A ustedes les fastidia la política porque suele ocurrir que en el momento en que se discute es cuando los hombres se apasionan, se vuelven intransigentes, ásperos y desafiantes. Pero la política es una actividad que se puede profesar, y tal vez se debe profesar, en silencio, siguiendo con avidez la información sobre las cosas de la patria, para tomar la decisión, no al impulso de una pasión que estalla, sino de una larga reflexión defendida contra la irrupción de sentimientos ajenos. ¿Es posible hacerlo? Sí. Este era, precisamente el propósito de esta asociación, que es, esencialmente un servicio de información sobre lo permanente de la política, -la razón misma de la existencia de la patria- y lo pasajero, la manera como en cada caso se manejan los negocios de la patria. Así, en los ejemplos que he citado hoy, hay un brusco contraste entre lo que se dice en estos días por los grupos llamados revolucionarios y lo que se dijo y se dice todavía en la Constitución de Colombia. Se supone que ella es el compendio de la sabiduría nacional, tomado en un momento determinado, y que sólo la nación misma, por sistemas prescritos minuciosamente, puede alterar. Cuando todo el mundo comienza a alzarse contra la Constitución no es ciertamente tan inofensivo como cuando irrumpen en el orbe de las distracciones de moda, los “Beatles”.
Los “Beatles” de la política
No es que ahora estén de moda los Beatles de la política, con su revolución, su nadaísmo, su desenfreno verbal. Es algo más serio, porque todo lo que se está proponiendo, como lo observa juiciosamente el propio orador de la noche de Santa Fe de Antioquia, tiene consecuencias en las almas pueriles y probablemente engañadas de las humildes gentes de las aldeas y de los campos, a quienes se les ofrece esta vez nada menos que entregarles las armas de la República. Es grave que un antiguo Ministro de Guerra proclame que los militares deben deliberar, porque cuando se está al frente de una compañía de tanques, no se delibera, sino que se dispara contra el argumento contrario, y porque aceptada la tesis de la deliberación, verticalmente, los soldados deliberarán y no obedecerán cada vez que reciban una orden, y así ocurría con los tenientes, los capitanes, los coroneles, hasta con los generales que recibían el encargo de guardar el orden proveniente del poder civil. Es grave que un exclérigo proponga con ánimo ingenuo que se elimine a las personas, porque comete un delito, desde luego, y porque el delito se agrava ante el solo pensamiento de que hasta hace poco tenía la misión de recomendarle a sus prójimos no matar. Y así, innumerables ejemplos que nos muestran que estos Beatles de la política son un azar, son un peligro, y que cuando abundan demasiado es porque estamos tolerando más ruido, más pelo, más extravagancia de la que la nación puede resistir, sin precipitarse a la anarquía. Y siempre habrá un modo de resolver cuando se ha pasado ese límite, para una buena ciudadana. Es cuando se viola, se tuerce, se pervierte o se olvida la Constitución de la República. La constitución se puede cambiar, ciertamente, y eso es lo que el Frente Nacional propone con algunas de sus partes, por la vía prevista y prescrita en la propia Constitución. Pero que quien esté privado de sus derechos políticos por sentencia del Senado sea el más activo de los jefes políticos, y proponga todos los días actos de fuerza, o los haga ejecutar contra los pacíficos ciudadanos, no es idéntica cosa. Que se hable vagamente de entregar las armas a los campesinos, y peor aún que les ofrezca como un premio de la victoria, entregarles las armas, un profesor de derecho constitucional, es ligeramente escandaloso. Y naturalmente ni al uno ni al otro les cae bien que quienes pensamos que todo esto es irregular y mientras más tolerado y consentido, tanto peor, propongamos a la nación entera, al pueblo sin clases, a las mujeres, a las obreras y a las empleadas, a las amas de casa, y a los hombres de todos los oficios y categorías que salgan a votar para impedir que la República se vaya deslizando inadvertidamente hasta la revuelta, como Cuba, o hacia la dictadura, otra vez, o hacia la anarquía. Eso es lo que llaman un desafío intolerable, y un acto de promoción de la violencia, quienes están apedreando a nuestras mujeres, a nuestros directorios políticos y aún disparando contra ellos.
Con los ojos abiertos
Nuestra posición es muy clara: si lo que quiere la República es esa revolución, que la adopte, en las elecciones, con todas sus consecuencias, pero con los ojos bien abiertos.
Pero si no la quiere, que con los ojos bien abiertos la rechace.
Pero que no le ocurra, por Dios, a Colombia que a título de revolución democrática por la debilidad o por la traición de sus líderes políticos, se la entregue un día atada de pies y manos a los imperialistas soviéticos, como le pasó a Cuba.