Carlos es un colombiano que se abrió camino para vivir en Suiza recogiendo las cosas viejas de las casas viejas de los cantones donde viven viejos, a quienes el apego por lo moderno los hace avergonzar de tener aún entre sus muebles cabezotes de máquinas singer o cámaras de fotografiar kodak. Cada domingo se instala con sus cosas viejas en el mercado de las pulgas en la frontera francesa, y allí las parejas de jóvenes repiten el ciclo de sísifo atiborrando sus estrechos apartamentos con los vejestorios que ellos consideran prodigios de la ingeniería por su simplicidad de uso y resistencia al tiempo. Así transcurre esa parte circular de la vida de Carlos. Nómada tras el recuerdo de las cosas que va comprando y vendiendo.
Pero su vida ociosa le deja tiempo para recorrer las ciudades de un país sin historia, para caminar por parques, templos y cementerios; para descubrir o redescubrir las pocas cosas que perduran en el numen desde los tiempos de la bohemia juvenil en Colombia, cuando leía novelas y cometía versos.
Juan Manuel es un pintor que inexplicablemente vive de su oficio, y en la penuria de su vida, en una elongación entre el arte y el hambre, fue invitado a exponer su obra en la Francia. Por las mismas fuerzas oscuras del destino sus cuadros se venden allá también; con el fruto de su arte –centavos– le alcanza para desrecorrer sus pasos por Montparnase donde vivió de joven, y para repetir sus jornadas de backpacker por los cantones de Suiza, en esas épocas.
Por supuesto que para ahorrarse unos francos lleva consigo las direcciones y señales de todos los colombianos que viven en Europa, seguro de que alguno le ofrecerá a su cabeza, luminosa de imágenes y atormentada por el color, el reposo de la noche. Es claro que su encuentro con Carlos resultará inevitable.
«Fue un domingo soleado, cuando nos encontramos. Estaba excitado y ansioso por el encuentro». Tenía siglos de vida para resumir en horas, y quería a la velocidad del rayo que lo acompañara en todos los lugares recorridos por él, para que, tal vez, diera noticias en estas tierras de su peregrinación y quedara claro el testimonio de que el transcurrir de su vida errante en ese país no era estéril.
«Me llevó a la tumba de Borges (Jorge Luis) y conmovido me relató cómo la encontró». No es fácil en el anchuroso mar de tierra suiza llegar hasta la balsa donde descansan las osamentas del náufrago argentino.
«Después, arrebatado, me llevó a su auto». Respetando, eso sí, los límites del reglamento, conducía afanado de temer perder una cita crucial en su destino. No quiso explicarme a donde íbamos. «Llegamos a una iglesia ortodoxa donde el rito de la misa había comenzado». El aire era celestial y grave, había unas cincuenta personas, todas mayores, mi recuerdo es borroso, nebuloso en cuanto a los detalles del entorno. El sepia oscuro casi negro, salpicado por estrellas doradas de cinco puntas de la bóveda es lo que perdura. Entramos con arrobo y silenciosos. Yo, desconcertado, pues no sabía que Carlos practicara credo alguno, menos uno oriental. Me apretó el brazo y me dijo «¿Lo ves?». Miré de soslayo y vi entre los rostros de los ancianos armenios, que eran todos iguales para mí, uno conocido. Era Borges acompañado de su madre. Estaba ahí, de pie. Debí palidecer, porque el argentino me dirigió una mirada que atravesó mi corazón, por tener fuerza en el destello, pero no percibí ningún contenido en su alma.
«Borges vive», casi gritando, cerró Juan su relato. Mirándome suplicante de que le creyera. Yo había hecho el largo recorrido y cuando había llegado a esta parte para mí todo encajaba.
«Claro que sí, güevón, era él», dije. ¿No leíste acaso su relato de los inmortales? Él sabía el secreto de la perennidad, por eso se fingió ciego durante años para ir a morirse a una tierra donde no rinden pompa a los difuntos; la discreción y el apego a la norma hacen que se crea que toda persona declarada muerta está muerta.
Fue una imprudencia mía haber dicho eso, Juan Manuel anda buscando en sus recuerdos la clave del secreto que no logró descifrar en ese histórico momento que nunca se volverá a repetir. Y la crisis entre creer o no creerlo agregaron, además del color, otro ingrediente al tormento de su espíritu.