(Anotaciones sobre el Referendo y el manejo de la guerra en Colombia)
Norberto Insuasty Plaza
Tal como está configurado el régimen presidencial en Colombia, éste no se ejerce, como es obvio, discrecionalmente, de manera pura. Por ello, una propuesta gubernamental como la del Referendo, la cual busca reformar varios artículos de la Constitución Nacional por ésta vía (hay dos vías mas, una por acto legislativo del Congreso y otra por una Asamblea Constituyente), debe primero ser discutida, modificada y finalmente aprobada como Ley de la República en el Congreso, y luego, para que tenga plena validez, refrendada por al menos una cuarta parte del actual censo electoral, esto es, por aproximadamente seis millones trescientos mil votos, a falta de los cuales, no puede entrar en vigencia.
Referendo, plebiscito y relegitimación
En el caso que nos ocupa, esta decisión del poder ejecutivo de someter su propuesta de reforma constitucional por la vía del referendo, esto es, primero al legislativo y después a la voluntad popular, oculta manejos no explicitados de fondo que, en principio, nada tienen que ver con el articulado constitucional a reformar, (básicamente orientado a luchar contra la corrupción, la politiquería y adopción de medidas para el ajuste y perfeccionamiento del sistema fiscal), pero que si observamos con cuidado, apuntan hacia una nueva legitimación de la política prioritaria del presidente Uribe Vélez: enfrentar y derrotar militarmente a las FARC, si no es posible en los tres años que restan de este primer gobierno, consolidando el terreno para hacerlo en los cuatro años siguientes, apelando a una reelección.
En este orden de ideas, la decisión presidencial de mantener su promesa de reforma política, radicada desde el día de su posesión, y acudir a un referendo en lugar de hacer aprobar sus reformas por el Congreso, en donde tiene el apoyo de la mayoría parlamentaria, tal como lo ha hecho exitosamente con otras, tiene el efecto de hacer validar su primer año de gobierno, y los que aún le restan, con una especie de segundo mandato, de segunda elección, de segundo espaldarazo popular, en el escenario probable de que en la próxima gesta electoral se obtengan, como lo requiere la ley, algo más de seis millones trescientos mil votos. El referendo se convierte así en la mejor encuesta de opinión, en un gran plebiscito de apoyo para intensificar hacia el futuro inmediato la confrontación militar con la insurgencia.
Esta relegitimación no es de poca monta en las actuales circunstancias de la guerra, cuando va corrido un año de mandato y el programa belicista anunciado en la campaña ya es una política de Estado con muchos puntos a su favor. No es del caso inventariar en tan reducida nota el nuevo clima de la guerra interior que se respira en Colombia, pero sí puede decirse que las fuerzas armadas del Estado retomaron la iniciativa antiinsurgente, antes en manos de paramilitares, que las fuerzas constitutivas de la institucionalidad militar crecieron y se dotaron considerablemente, que la gente, sobre todo las clases medias, que son en definitiva las que cuentan en materia de voto de opinión como el que nos ocupa, arrinconadas en las ciudades, volvieron a viajar y a hacer turismo por Colombia, lo cual puede asociarse a confianza con el desempeño gubernamental. Finalmente, la capacidad de trabajo, la energía y decisión del presidente de asumir en persona la conducción de la guerra logró sacudir a la alta oficialidad de escritorio y comprometerla directamente con los resultados en el terreno del combate.
Invisibilidad de la insurgencia
Correlativamente, por los lados del oponente, es notoria su reciente invisibilidad (obligada o voluntaria, aunque pareciera más voluntaria que obligada), mucho más invisible si se compara con el relumbrón de los juegos artificiales con que las FARC saludaron el acto de posesión del presidente y el posterior ataque al club el Nogal en Bogotá, actos que sobrecogieron y convencieron hasta el más incrédulo que definitivamente habían decidido extender la opción terrorista como estrategia de guerra a las grandes ciudades, hasta ese momento relativamente marginal, aún a costa del repudio general y del desgaste político internacional.
Utilizo aquí el término de invisibilidad, más correcto que el de repliegue, dado que las características propias de este tipo de insurgencia impiden hablar de una guerra de posiciones, o de ocupación permanente del territorio por parte de la guerrilla, caracterizada, como se sabe, por su necesidad de movilidad constante, así tenga santuarios por ahora inexpugnables en quién sabe que rincón perdido de la inmensa selva.
Un posible éxito del referendo tendría el efecto de legitimar, por segunda vez consecutiva, el programa presidencial de mano dura contra el terrorismo y la insurgencia guerrillera, aquel que precisamente otorgó el triunfo al presidente Uribe en las pasadas elecciones. De darse este caso, las reformas constitucionales que el referendo propone, si bien es cierto, importantes para el manejo macroeconómico de la guerra, pasarían a un segundo plano por el efecto político de la antedicha renovada legitimación.
Si el electorado que votó por Uribe Vélez lo hizo, como es de suponer, a conciencia, tendrá que salir en esta ocasión a respaldar una vez más su política global de guerra votando positivamente el referendo, pues de no hacerlo quedaría demostrado que su voto fue fruto de una irresponsabilidad emocional del momento, y que no entendió lo que es dar un mandato para hacer la guerra. Un mandato de esta naturaleza implica el compromiso de aceptar también una economía de guerra y una sociedad en guerra, implica jugársela por una opción de guerra, en el extremo hasta el auto sacrificio económico o vital, de tal manera que las objeciones abstencionistas, por más justicieras y pro populares que aparezcan, nada racional le aportan, simplemente no serán escuchadas, a no ser que nos encontremos en el caso absurdo de una población que desea ver muerta la culebra pero que no se le toque su bolsillo ni su dulce calma en la refriega. Casos se dan.
El voto por el referendo y la reelección presidencial
En otras palabras, si el electorado vota mayoritariamente el articulado constitucional que con el Referendo se busca reformar, se puede interpretar el hecho como un acto de simpatía del electorado, no sólo con el contenido de dicho articulado, sino con la totalidad del programa de gobierno, en especial con el programa bandera de enfrentar militarmente a la guerrilla y derrotarla en su propio terreno.
No deja de ser esclarecedor que luego de un año de gobierno el señor presidente se reafirme en su posición de cercenar la cabeza de la culebra, y en la convicción de que “esta tarea no se le puede entregar a una mano blandita, porque la culebra la podemos debilitar pero seguirá viva por mucho rato, este problema va a tomar tiempo para resolverlo” . ¿Más de cuatro años? –Le pregunta el periodista–. "Ahí le queda una pista".–Le responde Uribe Vélez. (1)
Conclusión
Lo que al parecer está detrás del referendo es el manejo de la guerra interna, que bien puede exceder las fronteras e involucrar a otras naciones vecinas, para no hablar de los Estados Unidos, nuestro aliado natural, el cual siempre estará dispuesto a intervenir de manera directa cuando la situación sea inmanejable para el Estado colombiano. Dicho sea de paso, tal vez sea éste el mejor terreno político para las FARC.
Si lo anterior es válido, dos son por ahora los actores fundamentales que pulsan sus brazos alrededor del referendo: El gobierno del presidente Uribe Vélez y las FARC-EP.
La algarabía de sindicatos, maestros, y partidos políticos por la abstención, engolosinados en la crítica por principio de unos artículos que, obviamente, no dan la medida de sus aspiraciones maximalistas de Constitución popular, de reforma política popular y de nación popular, es la justa neblina que esconde, al ciudadano desprevenido, la lucha de las dos corrientes arremolinadas en el fondo, y por las cuales, tarde que temprano tendrá, desgraciadamente, que polarizarse el país, pues la esperanza de una solución política entre el cazador y la serpiente es cada día más remota.
1. (Esto no se le puede entregar a una mano blandita”. Entrevista de Roberto Pombo al Presidente Álvaro Uribe Vélez. El Tiempo. Domingo 21 de Septiembre de 2003).l