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Discurso y andanada

Francisco Cifuentes

El presidente Uribe Vélez es un hombre con capacidad para mantener vivas varias peleas a la vez sin enredarse en los hilos de la discusión ni confundir los oponentes, su ministro político no se queda atrás. Para los que tienen memoria, ellos dos fueron los únicos oradores en el banquete de desagravio de un general de la República que hicieron un grupo de personalidades, cuando en el gobierno anterior, se ofreció la cabeza del general a las demandas de la subversión que cogobernaba en ese entonces. Por eso no me sorprendió la andanada que dirigió a las ONG con motivo del balance y calificación que hicieron algunas de ellas a su primer año de gobierno. Un ‘pesquisa’ de interés sería rescatar para el presente esa pieza de oratoria.

Uribe Vélez tenía muchas espinas clavadas respecto del tema. Como candidato a la presidencia sintió el peso de la opinión –propaganda negra– de las ONG que lo calificaban como aliado de los paramilitares y por lo menos en una ocasión, que recuerde, perdió los estribos en la charla con un periodista que lo entrevistaba. Sus salidas al exterior en ese entonces, en especial a Europa, debieron ser un tormento por el acoso de los periodistas extranjeros ‘datiados’ que sabían bien la insufrible pregunta que debían hacerle al candidato. Las ONG con su propaganda ‘enmontaron’ al secretario de gobierno que lo acompañó durante la gestión de gobernador en el departamento de Antioquia. Uribe Vélez vio con horror como durante el gobierno anterior, la información que se daba sobre Colombia en esas latitudes, era una fiesta para grupos políticos europeos al confirmar, según las mismas organizaciones, que el triunfo de 'la justicia social' que se veía venir para el país. Había ya subversivos actuando como embajadores de buena voluntad que indicaban cuál militar colombiano podía pisar el suelo europeo y cuál no. Las publicaciones –en forma de 'libros blancos'– y de comunicados –llamados y denuncias firmados por intelectuales prestigiosos– generados en ese continente y apreciados y redifundidos por la gran cantidad de sudamericanos que viven allá pretextando el exilio, escapaban al control legal colombiano; demandarlos por calumnia o tratar de contradecirlos o rectificarlos era someterse a un tormento peor que la injuria y lo mejor era dejar las cosas en las manos de Dios y del olvido.

La última espina que, creo, disparó la reacción descontrolada, fue el enorme despliegue en los medios de comunicación sobre el lanzamiento de la publicación de dos informes de estas organizaciones que no favorecían en nada la evaluación de su mandato durante el primer año.

Aprovechando, pues, tener el poder, y quizás recordando esa época donde se requería valor civil para apoyar públicamente a un general descabezado groseramente; y dada la coincidencia de que el general despedido en ese mismo acto del discurso, también había sido atacado por algunas de éstas ONG que dejaron confusiones y dudas sobre la diafanidad de su retiro; decidió sacar la adarga y atacar a todo costo a estas organizaciones.

Es una desventaja para él, que no sea un buen orador pues, en otro ambiente, con ese discurso y ante ese auditorio, hubiera generado fácilmente otra noche de los cristales rotos, –por esta razón no me ofrezco para escribirle discursos incendiarios–. Otra desventaja es que no tenga una claridad ideológica prístina en lo que al problema social se refiere ni en el plantamiento de sus soluciones. Es otra desventaja en su oratoria que no comprenda en detalle que en el discurso emotivo no se debe tener contemplaciones con el enemigo. Su clasificación de los buenos y los malos fue confusa: siente respeto por los ‘teóricos’ pero no contrapone el desprecio por los ‘prácticos’. El oyente no supo distinguir quién era quién y se perdió en comprensión de las categorías.

Ahora, a raíz del tierrero que armó con estas organizaciones –que han hecho sonar sus sensibles campanas en todo el globo–, Uribe Vélez se ha ofrecido para bajar el tono de los ataques; pero ha debido también prometer bajarse del escenario donde echó sus denuestos –un simple cambio de mando en la cúpula militar–; y ha debido prometer bajarse del tema, del DIH y de los derechos humanos. Dejar que fueran sus segundos los que libraran esa batalla desigual.

La guerra tiene en sus frentes también el de la información y la desinformación; no es feliz ningún gobierno medianamente democrático enfrentando la propaganda de la izquierda, excepto los regímenes totalitarios. El eje de esa desventaja está en el recurso humano con que cuenta el gobierno y del otro lado, la calidad de los oponentes; normalmente, estos últimos, personas desapegadas de los bienes terrenales y del ejercicio del poder, con largos estudios de humanidades y sociología, altruistas consumados y consecuentes –comparten la mesa con el personal del servicio–; grandes polemistas siempre dispuestos, gente de labia, acostumbrada a remontar mayorías y a hablar en ambientes hostiles, hábiles en el discurso teórico e implacables en el contrapunteo intelectual. Con ellos es difícil justificar un error de la fuerza pública; para ellos es fácil defender la causa las viudas, los huérfanos y los desamparados así se mueran cientos por torpezas militares de los actores de sus simpatías.

Es fácil condenar, pero es difícil exaltar las acciones del gobierno, en el primero domina la imagen del vengador y del salvador, en el segundo la del lambón, el entregado, el oportunista.

Hay un elemento más, los redentoristas de escritorio de los países del norte. Jóvenes desinsertados de sus sociedades perfectas, con sensibilidad y remordimiento por los crímenes de sus antepasados que insisten en que el escenario ideal de sus proezas es el tercer mundo o lo que se relacione con él. Imponen los estándares de comportamiento y convivencia de sus sociedades organizadas a los harapientos, desnutridos y caóticos hijos del subdesarrollo. Preocupados por los niños del tercer mundo, atosigan a los gobiernos con sus denuncias y condenas sobre la desnutrición infantil, la pornografía infantil, el turismo sexual infantil, la incorporación en armas, enlistamiento infantil, el trabajo infantil, la violencia infantil y muchas otras; que hacen parecer que sólo falta en este país, que se hagan asados de infantes.

En su frente de género, enfilan sus prédicas sobre la discriminación de la mujer, la violencia contra la mujer, la falta de oportunidades la mujer, la prostitución de la mujer, la falta acceso a la educación de la mujer, la inequidad de la distribución de los cargos de poder de la mujer y muchas tantas otras, que dejan la sensación de que en realidad en Colombia viven únicamente mujeres sufridas y cavernícolas abusadores.

Por último quedan los ‘encantadores de serpientes’ que dominan el tema porque lo estudiaron a fondo –viven de él y del cuento–; con ellos es inútil sostener una discusión medianamente equilibrada. Son fundamentalistas de la igualdad, defensores gratuitos del oprobio, abanderados de oficio de la injusticia y grandes provocadores de incendios sociales; son alborotadores de las relaciones de los vecinos con los porteros de la cuadra y de las amas de casa con sus sirvientas. La baranda del juzgado es para ellos un palco de honor. Su aureola de intelectuales por la gran cantidad de citas que traen en sus discursos abruman al interlocutor que queda como un pendejo o un simple ‘pequeño burgués miserable’. Son los predicadores de los paraísos terrenales, poseedores indisputados de la verdad social. Son envidiables por la coherencia de su discurso, la habilidad en el manejo de la mordacidad, la agilidad en el uso del sarcasmo, la capacidad de confundir el razonamiento a su oponente y por su memoria prodigiosa para recordar los eventos de la historia. Siguiendo el hilo de su discurso es imposible no ver con claridad el desastre que ellos anticipan, o no aceptar la solución que proponen e imponen.

No tienen aire de superioridad, son superiores; por eso contemplan con indulgencia al que se atreve a contradecirlos, y por eso mismo, no aceptan que alguien diferente de él mismo sea el intérprete correcto del texto, la situación o la historia. De ahí su propensión enfermiza y reiterada al sisma en sus movimientos políticos y la ferocidad de sus rupturas ideológicas. Son fundamentalistas natos.

Estos son antecedentes del discurso fatal del presidente que debe llevar los reflexivos a considerar el débil hilo de la convivencia y lo desastroso que sería no mantener altas las defensas ante un gobernante altivo y autoritario y de la caterva de los asesores que lo secundan en ese espinoso campo al permitirle ese tipo de desmanes oratorios. Demuestra que de llevar el gobierno a una posición insostenible, lo que viene puede ser el desenfreno de las fuerzas del terror y el entronizamiento de las ideas de los simplificadores, tronchadores y mochadores de todo lo que sea opuesto o huela a opuesto. La inteligencia del opositor y del crítico, en este momento, es no exacerbar a quien no tiene la capacidad de resistirlo, porque el poder no está aquí, sino en otra parte.

Pero la paradoja es que esos 'teóricos': el izquierdoso, el mamerto, como elemento social es imprescindible en toda sociedad que se respete y se precie de sana y democrática. Ellos con su agudeza en la crítica son la cantera de las reformas que hay hacer, son los avisores –no casandras– del desastre, son la conciencia social de los simples y los indiferentes, son la voz de los mudos, los ojos de los ciegos y sostén de los humillados. Sin ellos sería el averno para la inteligencia. Son valiosos porque son excepcionales: sacrifican sus intereses ante los del colectivo; son gente bella, gozona, abierta, culta. Atacarlos generalizadamente con la vehemencia que se dio en ese discurso es torpeza a borbotones, acatarlos en el escenario en donde se hizo es ramplonería.

Hay que bajar el tono, porque ya no se está atacando al candidato, y hay que bajarlo porque ya no es un candidato el que se destempla, es un hombre de poder. Hay buscar el escenario correcto que es el documento contra el documento, la contra propuesta a la propuesta y la contra propaganda a la propaganda.

Yo no quisiera estar a vuelta de unos años bajo una dictadura civil y no quiero ser partícipe como actor provocador en la precipitación de esta situación.


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Documentos:

Texto del discurso del presidente

Elogio de la dificultad (E. Zuleta)



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