A propósito del cuádruple cumpleaños de Gabriel García Márquez
Norberto Insuasty Plaza
Era el verano del año 1973, con la ciudad luz vaciada de franceses en vacaciones aunque atiborrada de nórdicos en camino hacia España en busca del sol. Temprano en la mañana había cobrado el cheque que mensualmente la Fundación Ford me enviaba para que adelantara estudios de sociología con el profesor Alain Touraine, en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, y después de haber curioseado largo rato entre las vitrinas de joyas más sofisticadas del mundo de la Place Vendôme, me aprestaba a vivir a plenitud un largo día con sol hasta las diez de la noche, ideal para escudriñar cada rincón desconocido, cada esquina de esa ciudad mito, ahora al alcance de mis ojos y mis manos, idolatrada o violada a más no poder por tanto peso de la historia, por todos aquellos que precisamente allí, en cada paso que daba, le transmitieron su impronta. De manera que aún con el destello de los diamantes en los ojos descendí lentamente por la rue de Rivoli hasta el Quartier des Halles para admirar rarezas y antigüedades, y de allí, por la rue du Pont Neuf hasta la isla de La Cité, cualquier sendero me resultaba igual de mágico, hacia el encuentro de otros mercados más accesibles entre los libreros de viejo, que apostados en la rivera del Sena exhibían también sus posesiones, esas otras joyas de las palabras engastadas en tinta, papel e imprenta, acomodadas en baúles semejantes a tesoros de piratas y estanterías de madera portátiles. Luego del festín continué mi caminata por el boulevar Saint Michel, cuando de pronto, ahí estaba, al fondo de la terraza de uno de los tantos cafés que bordean la avenida.
Al verme ahí, detenido, mirándolo, como idiotizado y sin decir palabra por el descubrimiento, habiendo podido ignorarme y voltear la vista, habiendo podido yo pasar de largo sin verlo, se levantó lentamente de su silla y sonriendo me invitó con un gesto hacia su mesa. “Supe que eras colombiano, me dijo, podemos conversar unos minutos mientras vienen a buscarme, tengo aquí una cita”.
No recuerdo cuantos fueron esos breves minutos, tal vez diez, quince o veinte, lo cierto es que el tiempo nos alcanzó para hablar del movimiento campesino colombiano que sería objeto de mi tesis de maestría, de la revista Alternativa que en compañía de Orlando Fals Borda y Enrique Santos Calderón él había fundado en Bogotá, de la invitación que le había hecho la UNESCO para coordinar el taller sobre periodismo en el mundo y, finalmente, para extenderme, sin que yo se lo pidiera, una bella tarjeta blanca de media cuartilla, timbrada con su nombre y dirección en Barcelona, que firmó con tinta negra diciéndome que lo visitara si pasaba por España.
No era aún el premio Nobel pero ya su obra estaba consolidada, y desde aquel día luminoso faltaba mucho tiempo por recorrer hasta hoy, lunes 26 de Marzo de 2007, fecha en que el mundo literario le rinde homenaje en Cartagena de Indias, en el esplendoroso marco del IV Congreso de la Lengua, con motivo de su inusual cuádruple cumpleaños: sus 80 años de edad, los 60 de su primer cuento, los 40 de la publicación de “Cien años de soledad” y los 25 del premio Nobel. Viendo el acto por televisión, y escuchándole decir que en el año de 1966, cuandofue con su esposa Mercedes a la oficina de correos de ciudad de México para enviar a la editorial Porrúa de Buenos Aires los originales de Cien años de Soledad, no le alcanzó el dinero para pagar los 82 pesos que costaba el porte completo del correo, viéndose obligado a enviar la mitad y sin saber cómo iba a conseguir el dinero para enviar el resto, yo me preguntaba qué pudo haber visto en mí ese día de nuestro encuentro, qué fue lo que propicio su gesto para el azar aquel de nuestro acercamiento, como descubrió que era colombiano en ese punto de cruce de civilizaciones, al joven caminante de entonces, tal vez naufrago, por esa ciudad mar de ensueño.
No lo digo por fastidiar a algún creyente, a cada cual su fe y en ella su complacencia, pero si tuviera que escoger, no cambiaría a este dios inmortal de carne y hueso por un Dios Todopoderoso condenado al silencio, a ese dios que desde los 17 años entrelaza palabras y sólo ve sus dos dedos golpeando diariamente esas 27 letras del español,permitiéndonos, como ningún otro, levantar por todas partes la cara altiva de Colombia.