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El punto extremo de la libertad

A propósito de Los caminos de la libertad II. El aplazamiento, de Jean-Paul Sartre (1).

Norberto Insuasty Plaza

Mientras la vida se expresaba y continuaba, acelerada, cómica, impaciente, emotiva, patética, radiante, altruista o escéptica, las nubes de la guerra oscurecían el horizonte de Europa y, por decirlo de alguna manera, agudizaban el sentimiento de pequeñez de los personajes y de su fugacidad en el universo. Todos allí, expectantes, inquietos, civiles y militares, analfabetos o sabios, fascistas y comunistas, desertores y comprometidos, pendientes de las decisiones de sus líderes, del discurso de Hitler, el cual se va soltando poco a poco, en contrapunto, a pedazos, en traducciones oficiales por la radio en París, en toda Europa, en el Bar Vasco, en donde un último contertulio, muy joven, sobrecogido, toma lo que para él será el último trago de ron blanco:

“El Bar Vasco cerraría y en octubre del 39 Boris sería movilizado. Bombillas en forma de vela, plantadas en lámparas de encima, dejaban caer sobre las mesas una linda luz rosada, Boris pensó: no volveré a ver esta luz. Justamente ésta: rojo sobre negro. Naturalmente, vería muchas otras, los cohetes nocturnos por encima del campo de batalla, dicen que no son feos. Pero esta luz se apagaría el primero de octubre, y Boris no la vería ya nunca más”(p. 222).

En situaciones como esta, hacer un inventario exacto de los instantes felices parece obligatorio, y Boris, modesto, lo hace con el recuerdo de sus comidas y el casi inexistente índice de conquista amorosas:

“En el momento de su muerte, en el 42, habría almorzado 365 por 22 ó sea 8.030 veces, contando sus comidas de lactante. Y si admitía que había comido tortilla una vez cada diez, habría comido 803 tortillas. ¿Sólo 803 tortillas? se dijo atónito. Ah, no, estaban también las cenas, lo que hacía 16.060 comidas y 1.606 tortillas (…) Uno se pregunta qué podrían tener en la cabeza. ¡Gentes que tenían por delante 10.000, 15.000 veladas en el café, 4.000 tortillas, 2.000 noches de amor! Una sola mujer. Era su vida pequeñísima; parecía ya haber terminado, puesto que uno sabía de antemano todo lo que le faltaba” (pp. 222 y 223).

Con el doncel Felipe, Sartre explicita uno de tantos caminos de la libertad, aquella, que en el caso extremo, se opone a sí misma. En oposición a Freud, para quien estamos determinados en nuestra conducta por el peso y fijación temprana de nuestra libido, esa fuerza energética de naturaleza sexual, Sartre considera cómo nuestra condena es la de ser libres, sin otras alternativas diferentes a los caminos de la libertad, constantemente condenados a decidir, así decidamos no decidir, dejar las cosas a la ventura o al azar.

Felipe, entonces, se pregunta, mirándose en el espejo de otro café en donde toma cognac y se deleita con la camarera, qué será más revolucionario, si marcharse o no marcharse pues está a pocos minutos de decidir si toma o no toma ese tren que lo conducirá al frente de batalla, esa línea de demarcación en donde la racionalidad y la esperanza se anulan para siempre:

Si parto, hago la revolución contra los demás; si no parto, la hago contra mi, lo que es más fuerte. Prepararlo todo, robar, hacer documentos falsos, romper todas las ligaduras, y después en el último momento, ¡paf!: no me marcho, ¡buenas noches! La libertad en segundo grado: la libertad oponiéndose a la libertad. A las diez menos tres, decidió jugar su partida a cara o cruz. Veía claramente el hall de la estación de Orsay, desierto y chorreante de luz, y la escalera que se hundía bajo la tierra, entre el humo de las locomotoras, sentía un sabor de humo en la boca; tomó la moneda de dos francos: cara me marcho; la lanzó al aire, ¡cara, me marcho!, dijo a su imagen. No porque odie la guerra, no porque odie a la familia, ni siquiera porque haya decidido marcharme: por puro azar; porque, una moneda a caído de un lado más bien que del otro. Admirable, pensó; estoy en el punto extremo de la libertad” (p. 225).

Ante tan definitiva escogencia piensa que aún puede embriagarse, bailar con aquella mujer que parecía martiniquesa porque aunque siendo negra no tenía olor a negra. Estaba ebrio y había también decidido acostarse con ella. La mujer se sorprende pues con un doncel piensa que se va a ganar la lotería. En la laguna de sus recuerdos Felipe se inquieta porque aún no se ha marchado en esa su primera y última noche de amor, pues mañana derramará su sangre por la paz. Al despertar, recuerda que la tomó en sus brazos y fue feliz.

Pero Felipe elige una vez más. Ha dilatado intencionalmente la partida. Se ha emborrachado. Ha disfrutado por primera vez a una mujer, y ante la inminencia de la guerra piensa que será la última. Siente miedo, pero por otro lado se siente obligado a partir. En su mente, aun confusa por la resaca y el encuentro con la mujer, no hay que olvidarlo, pesa mucho la ideología escolar de la época, en particular la de los internados, según la cual el niño debe separarse de la familia protectora para hacerse un hombre fuerte al servicio de los altos intereses y valores de la nación francesa. Si el miedo prima, habría elegido la vergüenza. Entonces elige no tener vergüenza nunca más y decide no partir, pero para no sentirla debe gritar "Abajo la guerra" y asumir las consecuencias por su deslealtad a la patria.

Dentro de diez minutos hablará Hitler. Las palabras, por millones esperadas, empiezan a flotar entre sábanas y abrazos de amor, en los platos de la cena o en los desayunos con café, resuenan vigorosas o desleídas por la estática, con los altibajos del audio, y el sorprendido que no comprende bien qué dice o qué dijo con las concebidas interpretaciones, todos identificados en esa gran comunión de la espera y de la incertidumbre que decidirá el futuro; la madre, el hijo, el amante, el vendedor de diarios se apegan a esas palabras como musgo, como hiedra en el lento transcurrir del día, de la tarde que cae, de la mañana que empieza, y hay sequedad en los labios expectantes.

“Queridos compatriotas: Hay un límite más allá del cual no es posible ceder porque eso pasaría a ser una perniciosa debilidad. Diez millones de alemanes se encontraban fuera del Reich en dos grandes territorios constituidos. Eran alemanes que querían integrarse al Reich. Yo no tendría derecho a comparecer ante la historia de Alemania, si sólo me hubiera limitado a abandonarlos con indiferencia. Tampoco tendría moralmente derecho a ser el Führer de este pueblo. Ya he tomado a mi cargo suficientes sacrificios y renunciamientos. Aquí se encontraba el límite que yo no podía franquear. (…) Y ahora, tenemos ante nosotros el último problema que debe ser resuelto y que será resuelto. (…) Pocas cosas tengo que declarar: estoy agradecido al señor Chamberlain por todos sus esfuerzos. Yo le he asegurado que el pueblo alemán no quiere más que la paz; pero le he declarado también que no puedo dilatar los límites de nuestra paciencia. Le he asegurado además, y lo repito aquí, que una vez resuelto este problema no hay ya en Europa ningún problema territorial para Alemania. ¡Le he asegurado además que desde el momento en que Checoeslovaquia haya resuelto esos problemas, es decir, en que los checos se hayan explicado con sus otras minorías, no por medio de la opresión sino pacíficamente, ya no tendré yo que interesarme más por el estado checo! (…) Pero igualmente quiero ahora declarar ante el pueblo alemán que en lo que concierne al problema de los Sudetes mi paciencia ha llegado a su límite. Yo he hecho al señor Benes una oferta que no es otra cosa que la realización de lo que él mismo ha asegurado ya. Ahora tiene la decisión en su mano: paz o guerra. O bien acepta estas proposiciones y da entonces la libertad a los alemanes, o bien iremos a tomarla nosotros mismos” (pp. 258 y ss.).

Después de estas palabras, cada acto, cada pensamiento, adquiría un nuevo matiz ante la inminencia de la guerra.


(1) Jean-Paul Sartre. Los caminos de la libertad II. El aplazamiento. Traducción de Manuel R. Cardoso. Editorial Losada,S.A. Buenos Aires, 1968. Título del original francés: Les chemins de la liberté II. Le sursis. Librairie Gallimard, Paris, 1945.

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