Breve apología a la obra de Gustav Mahler Primera parte:
David Mauricio Insuasty Cleves
En el finale allegro moderato de la Sinfonía N.6 “Trágica”, el compositor nos muestra dos matices claramente contrastables: por un lado, el desencanto humano por la vida y, por el otro, la esperanza. El tema decadentista era reiterativo en Mahler.
Su época estuvo caracterizada por los primeros movimientos antisemitas y por el elogio de la excelencia en las artes. En esa convulsionada Europa de finales del siglo XIX y comienzos del XX, Mahler se vio atrapado por el dolor del hombre y su irreparable búsqueda de respuestas.
Por aquella época la burguesía aparentaba tener una gran cultura y el medio artístico carecía de transparencia, siempre dispuesto a exigir más a los directores de orquesta y a los músicos, muchos de los cuales dieron lo mejor de sí, como fue el caso de Mahler
Viena era ese templo cultural en el cual todo músico aspiraba a estar. Viena era la metrópoli de los museos, por cierto casi siempre visitados por judíos. Los judíos eran las personas más cultas, llenaban los teatros y museos, eran, por así decirlo, el motor cultural de aquella Europa.
En el artículo de Ulrich Schreiber “Gustav Mahler, una música de las contradicciones”, se muestra el esfuerzo por sobrevivir en un tiempo de desencanto y “florecimiento”, el cual llega a su cúspide, y, también. a su sótano, con la primera guerra mundial, que patetiza la hegemonía del hombre ante su total soledad, tal como se expresa en “La decadencia de occidente” de Spengler.
Por supuesto, éste último movimiento de la Sexta Sinfonía hace gala a ese inevitable final humano; aquí la orquesta se centra en el tema clave de la desolación, arquitectónicamente bello, pues los vientos no se cansan de presentar esa inquietante soledad, en la cual “La Esperanza”, presentada por las cuerdas, (especialmente los violines y violas), sucumbe definitivamente.
Sí, es una música de contradicciones, mágica y rigurosamente elaborada. No es una falsa argumentación musical, no pretende quedarse en un plano filosófico y de pomposidad ecléctica. Va mas allá, dibuja al hombre tal como es, imperfecto y sufrido.
El método de composición de Mahler es distinto al de las formas imperantes en su época (Brahmsiana y Wagneriana), a pesar de ser gran admirador de Wagner.
La lluvia de ideas en la música de Mahler, no le permite al oyente responder de inmediato, no encaja dentro de un sesgado romanticismo. Mahler trasciende dicho romanticismo y no tiembla en decir con sus cornos, tubas, trombones y trompetas, lo que somos: la riqueza irrisoria del ser humano hecho poesía.
Por ello pienso que no necesariamente la filosofía es el único saber que permite vernos como hombres llenos de dudas, aunque con la esperanza de respuestas, pues aquí, en la música de Mahler, sí que se da cuenta de este aspecto.
Segunda parte: (El Trombón que llora)
La sinfonía Nº 7, como toda la obra de Mahler, es monumental. En el primer movimiento se evidencia toda la madurez del músico; ningún otro compositor, después de Beethoven, ha recorrido distancias tan considerables en su evolución como lo expresa Mahler en ésta sinfonía.
Este movimiento, que consta de siete partes, (1.Langsam, 2.Nicht schleppen, 3.Allegro risoluto ma non troppo, 4.Atemp, 5.Subito Allegro I, 6.Adagio (Tempo der Einleitung), y 7.Allegro come prima), tiene un encanto particular que hace que nuestros adentros necesariamente se inquieten, se pregunten y se llenen de una sinceridad y bella nostalgia; empieza de forma misteriosa pero fuerte, nace con toda la fuerza de los amantes, unidos, delirantes y exquisitos; en ellos se rinde un homenaje a toda la tragedia humana, a lo cuestionable que somos, manifestando la cohesión de los “valores esenciales” del arte del siglo XIX.
Mahler rompe la unidad sublime de la música y protesta contra la unidad burguesa que encuentra su modelo en lo grandilocuente del siglo XIX, en esencia es un antirromántico. A mi modo de ver, Mahler logra lo sublime sin pretenderlo, logra escribir una música apta para desenmascarar la pobreza mental de su época con su riqueza misma: riqueza sin bienes, paradoja de una música de las luces.
A diferencia de Strauss, cuyos poemas sinfónicos contienen aires señoriales, en Mahler la organización del espacio musical contiene una mezcla proletaria de rebelión y de coraje. ¿Coraje ante quién y porqué?
Como Zar director de la Filarmónica de Viena desde 1897 hasta 1097, Mahler le responde a la vida con una impecable orquestación en ese primer movimiento de la séptima sinfonía; el desarrollo de la temática lo hacen los vientos, contestado magistralmente por los primeros y segundos violines; la lozanía del Langsam esboza una especie de primavera en lo súbito de la borrasca.
Las cuatro primeras partes matizan el aire marcial e inquietante de los cornos y las tubas, culminando en destellos de gladiador y vuelos apacibles del alma.
La quinta parte, es el más bello Everest de la música. Aquí Mahler alcanza la sublimidad, esa meta difícil de alcanzar, a través del lirismo de los violines, la respuesta de los vientos y el final totalizante de la orquesta.
La sexta parte, el (Adagio Tempo der Einleitung), la más bella a mi parecer, inicia de forma súbita, sin preámbulo alguno, el tema del trombón llorón. El instrumento expresa, con gran dramatismo y belleza, todo el sentir humano, toda su naturaleza contradictoria. El resto de la orquesta lo enriquece introduciendo la tan anhelada esperanza con el caer de la tarde sobre el lago enmarcado entre montañas.
Finalmente, la séptima parte, une lo apoteósico y el tema central inicial (dramatismo, ternura y nobleza), mientras los vientos no cesan de reiterar la pregunta de lo que somos, y, toda la orquesta, una respuesta estelar.