No estuvo exento este mes de las estupideces a que nos tienen habituados los altos dirigentes nacionales y locales.
Para empezar la Comisión Nacional de Televisión expidió una directiva donde prohíbe la publicidad de cigarrillos y licores en todos los programas trasmitidos por ese medio, incluyendo los deportivos. Esto es el resultado de una tendencia mundial de perseguir las drogas legalizadas quizás dentro un plan maestro de la agencia “Caos”, que también piensa lucrarse cuando la prohibición se aplique al consumo. La estupidez consiste en que los escenarios deportivos están plagados de avisos alusivos al licor y al tabaco, y en consecuencia, tendremos que ver los espectáculos deportivos originados en el exterior con una hoja de parra en la pantalla que tapará, en el paneo de la cámara, los avisos satánicos y escucharemos el audio con orejeras puestas. Hubiera sido más sencillo expedir una directiva copiada del gobierno de los talibanes declarando a Colombia como un Estado fundamentalista, seguido de una invitación destruir todos los televisores y los nocivos DVDs y cambiar ellos de oficio. Esto es completamente consistente con las redadas a los choferes enguayabados que se están realizando los sábados por la mañana en Bogotá en una demostración de la eficiencia de la policía para perseguir el consumo de licor por los borrachos responsables que se quedan a dormir en casa de los amigos y que ahora tampoco escaparán de los fundamentalistas con autoridad en distrito.
El gobierno distrital se ha especializado en jorobar a los pobres, los desvalidos, los marginales y en una demostración de imaginación citó a todos los poseedores del carnet del Sisben a un censo para que dieran constancia de vida. Pero obvio, la burocracia no quiso mover sus traseros de las butacas habituales y forzó a los más necesitados del maldito carnet a formar interminables colas desde las noches anteriores, a la intemperie, sin ninguna señalización, sin servicios elementales, en un ejercicio de “indiferencia” total por el respeto a la persona. El alcalde se quitó la soga y se llevó en los cachos a sus auxiliares y salió a corregir el problema con la evasión de su propia responsabilidad en la imprevisión y el abuso del gobierno con la destitución del secretario de salud. Esto ya había ocurrido en el caso de las basuras, de los desechables, y de la corrupción en las alcaldías menores y la secretaría de tránsito.
El aleve atentando terrorista a un prominente político, que por fortuna no logró su objetivo, es otra entrada de la estupidez humana en este mes. Esta vez el papel corre por cuenta del primer mandatario que megáfono en mano se dirigía a los habitantes afectados por la explosión sobre dónde podían reclamar el plástico para cubrir las ventanas destrozadas y dónde llenar el formulario para reclamar el “chequecito” cuando, en mi parecer, era un momento para canalizar la rabia que produce la impotencia del ciudadano común frente al terror, en un acto de repudio masivo. La capacidad de gobierno ha debido emplearse en la dirección de la percusión de los responsables y en el examen de las fallas de las autoridades. En lugar de eso, se lanzan acusaciones ligeras y sin fundamento sobre los responsables del atentado y se aprovecha la pantalla. El desenlace no puede ser mejor, o peor, que la crisis en el organismo de inteligencia que se dio días mas tarde.
Alberto Giraldo fue un periodista de mérito profesional que terminó en malas compañías y como relacionista de un grupo de delincuentes poderosos. Murió lejos de las luminarias y dejó un libro con anécdotas sobre esa fase gris de su vida. Lo que dice el libro no lo conozco, pero las reacciones de los presuntos implicados rayan en lo ridículo. El candidato presidencia del Polo amenaza suspender la campaña hasta que una comisión limpie su nombre, como si no fuera suficiente con una declaración suya de si sí, o si no; pero prefiere que sean terceros los que nos ilustren sobre su pasado impoluto o sobre las perversas intenciones de quien sabe qué, o quién. Yo para curarme en salud he de decir que conocí cara a cara a Alberto en un seminario en la metrópoli antes de él dar los malos pasos que los llevaron a ser el definidor de las campañas presidenciales y tuvimos los dos, gracias al aislamiento de la vivencia en el exterior, largas conversaciones, durante varios días, sobre su vida como periodista. Luego, solamente lo visité una vez en su oficina en la cadena Caracol donde era el director del noticiero.
No se escapan de la estupidez los prohombres de la Corte Constitucional que en una contradictoria sentencia declararon la reforma sobre la reelección como ajustada al Pacto Social. Pero las ofensas personales que se dieron, el estilo dilatorio en el proceso y el carácter de rábulas de algunos magistrados deja en claro que “somos un país cafres”.