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El capítulo colombiano de la historia de la estupidez humana

Francisco Cifuentes

Paul Tabori fue un ciudadano húngaro que escribió un libro sobre La historia de la estupidez humana; por años tuve curiosidad de ojearlo. Solo hasta hace poco, de carambola, llegó a mis manos. Los temas fueron interesantes en su tiempo y aunque deben servir de escarnio, las aberraciones de las situaciones de la sociedad que presenta en la obra siguen repitiéndose una y otra vez. Errar es de la esencia del hombre, errar estúpidamente, cuando hay un colectivo de voluntades, incrementa las probabilidades de que se presente esta manifestación de la conducta social.

El capítulo colombiano de esta historia que he venido royendo en la cabeza tiene entradas que se han debilitado con el paso del tiempo; las restricciones de la documentación han llevado a que lo que fue un deleite en mi archivo neuronal sea ahora una espina en la garganta y un tormento por no haber acometido con más diligencia la tarea de escribirlas y documentarlas. Quizás ahora con la ayuda de esa memoria inagotable que está poniendo al alcance todos internet pueda en alguna fecha futura hacer lo procrastinado.

Los desechables

Este nuevo capítulo tiene componentes que no son merecen la ironía por la calidad humana de las víctimas, pero es el manejo de los gobernantes colombianos lo me impulsa a incluir este tema dentro de la historia de la estupidez humana – capítulo colombiano.

Los desechables han existido desde siempre, -todo pueblo que se respete tiene su bobo–, dice un refrán. En el comienzo eran una población manejable que la sociedad toleraba a pesar su apariencia deprimente y sus olores repulsivos, pero en las megalópolis se hizo evidente que esta población crecía y se apoderaba de áreas centrales donde podía encontrar el sustento sin mayor esfuerzo y el calor humano entre sus similares que los “civilizados” les negaban. Al lado de ellos se desarrollaron industrias como el reciclaje de las basuras; las caletas de sus jíqueras fueron usadas por jíbaros y piperos para ocultar y comerciar productos ilegales; sus carretas fueron usadas por los subversivos para transportar bombas y su presencia en las ciudades sirvió como fuente de la burocracia asistencial para crecer en paralelo.

Para mí, fueron la fuente de inspiración en el desarrollo de “la teoría del nido”, cuando pude descifrar el misterio, que me intrigó por años, que representaba observarlos a todos cargando pesados fardos en todas las ciudades, incluida la gran urbe (Nueva York) y la capital latinoamericana (Miami). He tenido mis contactos con alguno de ellos por la naturaleza de mi “corazón de puta” y no he sufrido agresiones, ni robos de ningún desechable, –homeless les dicen los gringos–. He sido confundido con ellos por los samaritanos que me han sorprendido errando por las calles solitarias en las noches y he recibido el plato de sopa y la hogaza de pan, que me he comido sentado en el sardinel de las aceras, para no parecer un pordiosero pretencioso con estas gentes piadosas.

Los esfuerzos de erradicación de la “calle del cartucho” en Bogotá, –una verdadera ciudadela autónoma de quizás quince mil almas– en las administraciones pasadas, los miré con desconfianza por ser una decisión urbanística y de escritorio, que no resolvía el problema de la “morada” y que simplemente dispersaba el núcleo humano en toda la ciudad. Dentro de la gama de absurdos se cuenta con una brigada de la registraduría para “cedular” los desechables, cuando, para lo único que recuerdo que sirve la cédula de ciudadanía es para poder cobrar cheques en los bancos. No me pasa por la cabeza que un portero de esos establecimientos los deje entrar a hacer ese tipo de diligencia o que un desechable considere la cédula que no necesitó durante su vida, sea ahora un tesoro preciado en el tarugo de sus pertenencias. Y otro uso no muy publicitado ciertamente fue la famosa red de “aseguradores” que los hacían beneficiarios de pólizas de vida millonarias y que luego de matarlos, procedían a cobrarlas. Está también la última propuesta de dotarlos con una cortadora de césped para que fueran a los barrios de clase alta a ofrecer sus servicios de hábiles jardineros. Nada más que risa me provoca leer sobre la ingenuidad de los “solucionadores” de un problema que es eminentemente existencial.

Sigo día a día la evolución de la situación de este programa. La muerte de una decena de ellos en los “saludos” de la subversión con un roket hechizo, el día de la inauguración del mandato del presidente Uribe, me llenó de tristeza y de rabia. Lo mismo que el trasteo forzado a la capital de los pacientes de los sanatorios mentales regionales que resolvieron el problema local del presupuesto de sus panóticos, desarraigando definitivamente de sus familias y su habitat a cientos de ellos. Y las “limpiezas sociales de algunos sicópatas que han asesinado a decenas de indigentes en las calles con la consiguiente declaración de las autoridades de harán la investigación “exhaustiva”. Entre estas soluciones más pragmáticas pero no menos criminales por haber personajes de cuello blanco, se dió el asesinato de desechables para utilizar sus cadáveres con fines cientíticos, por una facultad de Medicina de Barranquilla. 

Últimamente volvieron a sonar en los medios de comunicación los desechables por la torpe solución que se dio en la continuidad de los programas de reasentamiento. Fue algo hecho con “locha” por la Administración bogotana. Simplemente se les asignó un área pública, cercana a un conglomerado social y se los dejó a su suerte; posteriormente ante la magnitud de las protestas ciudadanas fueron alojados en los fríos pabellones de lo que fue un matadero municipal que no era el ambiente funcional ni “energéticamente”, según el Fen Shui, ideal para una persona deprimida, el darles como albergue un edificio que fue diseñado para alojar animales. Esta si que fue una verdadera solución de cemento. El cierre de toda la estupidez son las denuncias de que se los han llevado por camionadas a las otras ciudades capitales en un programa de “reubicación voluntaria”, lo que ha traído nuevas protestas de los alcaldes perjudicados y nuevas denuncias y contradicciones entre los administradores y responsables, cada cual más estúpida que la otra. O la de habilitar una taquilla para el expendio gratuito de droga en las mismas instalaciones del matadero. (Ya las autoridades suizas lo intentaron algo similar y abrumados por el éxito del programa tuvieron que desistir al segundo día ante la invasión de que lo ellos pensaban iban a ser decenas de “enfermos” y se encontraron con verdaderas multitudes invadiendo los parques aledaños al hospicio que ofrecía la droga gratis.)

La miopía de los gobernantes en el manejo de la vida de estos seres admirables es deplorable y va en contravía de lo que se dice en cientos de libros sobre ellos. En los textos de Manú, encontré algunos pasajes que pueden servir para revalorar a estos hombres como santos que lograrán la iluminación directamente sin necesidad de volver a reencarnar. Deberían los funcionarios distritales llevarles guirnaldas de flores y postrarse a sus pies. No me resisto el incluir los pasajes que se encuentran el libro sexto sobre este tema:

2. « Que cuando el jefe de casa ve que su piel se arruga y sus cabellos blanquean se retire a un bosque.

3. « Que renunciando a los alimentos que se comen en las ciudades y a todo lo que posee, confiando su mujer a sus hijos, parta solo o lleve consigo a su mujer.

6. « Que se vista con un piel de gacela o vestido de corteza; que se bañe mañana y tarde; que lleve siempre los cabellos largos y deje crecer su barba, los pelos de su cuerpo y sus uñas.

21. « O que no viva absolutamente sino de flores y de raíces y de frutos maduros por el tiempo que han caído espontáneamente, observando estrictamente los deberes de los anacoretas.

25. « Que entonces, habiendo depositado en sí mismo, según la regla, los fuegos sagrados, tragando las cenizas, no tenga más fuegos domésticos ni habitación; que guarde el más absoluto silencio y viva de raíces y de frutos.

26. « Que esté exento de toda inclinación a los placeres sensuales, que sea casto como un novicio, que tenga por lecho la tierra, no consulte su propio gusto para elegir una habitación y resida al pie de los árboles.

O en el undécimo libro

2. « Deben ser considerados estos nueve Bracmanes como mendigos virtuosos llamados Snatakas; cuando no tienen nada, debe dárseles regalos en oro o en ganados, proporcionados a su ciencia.

236. « Los santos que dominan su cuerpo y su espíritu, que solo se nutren con frutas, raíces y aire, contemplan los tres mundos con los seres móviles e inmóviles que encierran, por el poder de su austera devoción.

En los textos de las Escalinatas los encuentro en Madrás y Benares a las orillas del Ganges, dentro de la audiencia que Alberto Zalamea incita a  derribar los templos; en los textos de la Biblia, están anunciando profecías y tenían un escriba que anotaba todas las incoherencias de las mentes alienadas para presentarlas como la palabra revelada; los griegos se enfrentaron al problema con los cínicos y nunca supieron si lo que decían estos mendigos era una teoría filosófica sobre la vida en sociedad, o una tomadura de pelo para el los escuchara. Como futurólogo mi predicción es la que serán los únicos sobrevivientes desde donde se reconformará la especie humana cuando se produzca la hecatombe nuclear o que serán el bastión biológico que dejará sin oficio a los médicos y curanderos una vez se conozcan los secretos de su extraordinaria y resistente salud y la inutilidad de los medicamentos.

En las comunidades religiosas primitivas era signo de santidad la renunciación, la forma ideal de lograr la santidad implicaba llevar vida de anacoreta o indigente según lo relata Pedro Abelardo con el libro de la Verdad en la mano en una de sus cartas a Eloisa hasta los apóstoles eran repulsivos:

“Los buenos cristianos están ocupa­dos en la edificación del hombre interior, lo adornan con vir­tudes y lo purifican de sus vicios y, por lo mismo, apenas si se preocupan poco o nada del hombre exterior. Leemos de los apóstoles que eran tan simples y casi rústicos en sus modos –incluso cuando estaban con el Señor– que se dirían olvida­dos de todo respeto y cortesía, hasta el punto de que cuando atravesaban los campos de mies cogían espigas, sin avergon­zarse de desgranarlas y comerlas como si fueron niños. Tampoco les preocupaba mucho lavarse las manos antes de comer. Cuando alguien les echó en cara su suciedad, el Señor les excusó diciendo: «Comer con las manos sucias no mancha al hombre». Para añadir inmediatamente: «el alma no se mancha con lo que viene de fuera, sino de lo que procede del corazón, como son los malos pensamientos, los adulterios, homicidios, etc.».”

Que falta de comprensión de la historia espiritual y que mala muestra de cristianismo han demostrado estos funcionarios distritales sin temor alguno al castigo que los espera en el otro mundo por su negligencia en tratamiento de estos santos.


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Notas anteriores:

Las eternas negociaciones circulares de paz con un grupo subversivo

Los reportajes ligh de los guerreros, el periodismo y los holgazanes de la diplomacia

La captura del canciller de las Farc

El puerto de Tribuyá

Entradas potenciales para desarrollar [se necesitan voluntarios]

La tragedia de Quebrada Blanca

La tragedia de Armero

La tragedia de Cali

El apagón y las barcazas

El incidente del golfo

El regalo de los Monjes

El viva la España del presidente Valencia

Los silos paperos de Chocontá

Los aviones amadrinados

El adelanto horario del gobierno Gaviria

La toma del palacio de justicia

El referendo

El estatuto antiterrorista

La zona de distensión

La liquidación de Foncolpuertos

El proceso 8000

La renovación del partido liberal

La cárcel de la Catedral

La recompenza por la entrega de Pablo Escobar



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