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La diplomacia colombiana

Francisco Cifuentes

No ha sido afortunada la gestión diplomática del presente gobierno, –yo creo que desde Adán los diplomáticos colombianos han brillado por su opacidad–, pero este particular­mente, ha sumado fracasos tan notorios como son malas las relaciones con los gobiernos vecinos de Venezuela y Ecuador, que en los momentos de crisis, para el primer país no tenía acreditado a su embajador porque el presidente Chávez no había tenido tiempo para recibir las credenciales en once meses, y en el segundo porque Pum Pum había salido despilporrando de sus superiores y el cargo de embajador estaba vacante a la espera del nombramiento y acreditación de un delfín sin antecedentes en la diplomacia.

Los incidentes que nos llegan por los medios de comunicación son todos para ponerse a llorar. Por ejemplo, los zapatos sospechosos de tener explosivos de la canciller en una cita furtiva en Miami y la sentida queja de la funcionaria por ser tratada como cualquier mortal; la pelea de verduleras entre dos altas dignatarias diplomáticas colombianas en la madre patria días antes de la visita del presidente Uribe a ese país; la piñata de nombramientos de hijos de “hombres prominentes” durante las votaciones en el Congreso de la reforma de la reelección; las amenazas de renuncia del embajadora en Nueva York por el comportamiento de los indóciles hijos malcriados asignados a su sede. Con el gobierno mejicano –otro importante socio comercial– también hay sinsabores, como la salida por la puerta de atrás por la excesiva sinceridad del embajador; el embarque inconsulto y el posterior desembarque abrupto del embajador en la misión de buenos oficios en las negociaciones de paz con un grupo subversivo. Hay también el recuerdo de nombramientos anodinos con el de un embajador para quien los “gringos malucos”, eran buenos para pasar el guayabo de una derrota electoral. La lista puede ser más larga si se incluye el resultado de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio con la salida precipitada del negociador principal; el veto norteamericano al asesor argentino y de que hoy [agosto 12] el ministro esté hablando de levantarse de la mesa, así no más; y si se tienen como gestiones diplomáticas las misiones de pedagogía sobre la ley de justicia y paz adelantadas por el vicepresidente y la canciller con portazos inexplicables pero explicables de los legisladores norteamericanos.

El broche de oro lo dio el presidente Uribe en este campo con el nombramiento de su antecesor en la presidencia en una jugada que desconcertó a más de un colombiano por los antecedentes de lealtad con el país que ha tenido el embajador recién nombrado. Indudablemente se está tratando con un personaje que sabe anteponer sus intereses sobre todas las cosas, tiene capacidad para la clandestinidad, recibe y entrega video casetes salidos de la nada, adelanta misiones secretas para intrigar la cancelación de visas, es un observador comprometido en la “compra de conciencias” pero nunca la suya porque la debió dejar olvidada en alguno de los recovecos de su pasado.

Me llega a la memoria los requisitos de un embajador que describe Manú, –mi libro de cabecera desde hace meses– que destaca en el libro séptimo:

65. « De un general es de quien depende el ejército; de la justa aplicación de las penas, de lo que depende el buen orden; el tesoro y el territorio dependen del rey; la guerra y la paz, del embajador.

66. « En efecto, el embajador es quien realiza el acercamiento de los enemigos, quien divide a los aliados, pues se ocupa de los asuntos que determinan una ruptura o la buena inteligencia.

67. « Que en las negociaciones con un rey extranjero, el embajador adivine las intenciones de éste por ciertos signos y los gestos de sus propios emisarios secretos, y que sepa los proyectos de este príncipe abocándose con consejeros ávidos y descontentos.

68. « Que habiéndose informado por su embajador de todos los designios del soberano extranjero, tome el rey las mayores precauciones para que no pueda hacerle daño alguno».

El presidente Uribe está haciendo en el plano diplomático todo lo contrario de la sabiduría polí­tica antigua, pues dota a los gobernantes extranjeros en sus representaciones de “conse­jeros ávidos y descontentos” cuando han debido ser los suyos precisamente los más leales y más orgullos de su gobierno.

¿Que se puede esperar de un dignatario que ante los dirigentes del imperio solo puede acre­ditar su frivolidad? ¿Qué buena inteligencia puede hacer quien no la tiene? Prefiero tener a Mardonio en esa corte palaciega abogando por las causas colombianas.


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Recursos

Manú Libro séptimo



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