El presidente Alfonso López Michelsen murió en estos días a los 94 años de edad; los medios de comunicación han salido en masa a exaltar su inteligencia, –que no discuto–, ponderar su obra, reseñar su personalidad, atribuir virtudes y adjudicar logros como gran político y como ejemplar ciudadano, –que si discuto–. Las presentadoras “light” han salido de nuevo con sus vestidos escotados de luto en solidaridad –la ocasión lo merece–. Los locutores han ensombrecido sus hermosas voces para dar la noticia y causar más impacto en los oyentes. Los diarios han agrandado los titulares a ocho columnas y resaltar que “El país está de luto”. El luto de los poderosos es siempre un luto nacional. Sin duda irán todos como "postillones de la pluma" delante del cortejo, batiendo la campanilla del Santísimo para que el pueblo se postre acongojado, en señal de duelo y reverencia.
No se debe hablar mal de los muertos, ellos entran al mundo subterráneo vedado a los hombres, pero tampoco se debe caer en el paroxismo de rendirle un tributo desmedido a quien, si miramos la situación política actual, –que es desastrosa–, sabemos que fue él un actor, y muy activo, en el pasado y por lo mismo fue responsable del presente.
Es un error mío pretender hacer un balance de la incidencia que tuvo en el curso del país, con fundamento en la memoria, pero no tengo tiempo ni interés en profundizar en su “obra”, ni en documentar las conductas que me agraviaron como ciudadano. Recuerdo su actitud orgullosa e irresponsable cuando atacó la reforma constitucional que instauró El Frente Nacional, que buscaba la convivencia de los colombianos luego de varios años de violencia política partidista y de la dictadura militar que sobrevino. De su gobierno no tengo otras imágenes que las manifestaciones monumentales y tumultuosas que se hicieron en su contra y que inclusive generaron "ruido de sables"; el “descuadernamiento” de la economía, y el vuelo que tomó la corrupción (Salcedo Collantes, Zuleta Martínez) bajo su mirada complaciente, hasta el punto de que el candidato que lo sucedió, tuvo como consigna de campaña: “reducir la corrupción a sus debidas proporciones”. Creo que por sus decisiones como "comandante en jefe" aseguró el primer puesto en el "panteón de los infames" que se levantará en Machuca como monumento a la muerte de ciento y tantos de sus ciudadanos. En el intento por alcanzar la reelección, recuerdo, usaba los aviones privados sin reparar las licencias de propiedad, no pedía credenciales a los interlocutores ni miraba los costosos relojes que ellos usaban cuando les estrechaba la mano. De su oratoria, la habilidad para el gracejo, porque era memorioso y rencoroso. Como ideologo político su principal aporte fue "la operación avispa" que destrozó los partidos incluyendo el suyo que trajo la anarquía parlamentaria hoy desbordada. Pero ya todo es pasado.
Yo en contravía con los acomodadores de honores “siento en la cara un fresco ligero” cuando veo que la gran igualadora hizo su trabajo.