Las vacaciones de fin de año me ofrecen la oportunidad de visitar y vivir por unos días en la otra Colombia donde millones de personas se enfrentan al azar diario de la fuerza, la violencia y la ilegalidad. Esta vez estuve en ambos lados de la cordillera oriental, en el sur me encuentro con la prevención de que si sigo por esa vía, en una hora llegaré hasta donde hay una caseta imaginaria de peaje de los subversivos administrada por un niño que reclama el peaje y expide la boleta. No quiero encontrar lo que no se me ha perdido como le ocurrió trágicamente al ex gobernador Losada, hago la u y regreso a la base. La pregunta que me nace es cómo funciona la relación de la comunidad de la región que acepta la pequeña extorsión cotidiana “para evitarse problemas” y el ilegalito que es la primera cara visible de la estructura del terror sanguinario y que es el determinador del límite geográfico de la soberanía. Las historias en esa Colombia son trágicas y admirables. Se encuentran colombianos que mantienen el optimismo en la vida y en el futuro contra toda esperanza, aunque de soslayo sienten permanentemente la presencia de muerte.
En el otro lado de la cordillera me adentro en un territorio sin autoridad. Son tal vez cincuenta kilómetros cuadrados. No se consigue un representante de la ley ni para remedio en cuatro caseríos, Jehová es el dios que se venera; simplemente se interna uno, desarmado, en ese territorio, confiando en que las normas de convivencia y las amenazas del terror tengan el peso suficiente para que los antisociales no se asomen y así la llegada del "blanco" a la base y la fiesta no tenga contratiempos. Por años me ha servido este territorio de laboratorio socio-económico, he mirado en gran escala la evolución de sus cultivos, del algodón a la soya, al sorgo, al arroz, a la ganadería, y a la palma africana últimamente. Me tropiezo para mi sorpresa con el primer retén de la autoridad en 30 años de recorrer esas carreteras, y mis dudas se disipan cuando conozco la razón del mismo. Ayer dos individuos bajaron a un pasajero del bus de línea y lo asesinaron. Era el último día del año y mis simpatías están con la víctima. Me corre por la mente una película de dudas sobre este incidente que la gente no comentará para satisfacer mi curiosidad. No era conocido en la región es lo único que saco en limpio.
Esa Colombia que no documentan los medios de comunicación, excepto cuando hay personalidades involucradas que tengan que irse a dormir a algún morichal; esa Colombia tiene una vida propia, leyes propias y un sentimiento profundo del peligro que por la constancia diaria solo el visitante comprende el valor y la temeridad con que se encara la vida por esos colombianos; esa Colombia que no se rinde es la fuente que me inspira y da fuerza para vivir el resto del año.