La muerte de un expresidente en fecha reciente, ha alborotado los sentimientos más profundos de la comunidad política tradicional y de los caucanos que han sido fieles a su tradición de mantener al menos uno entre sus hijos ilustres.
Lemos Simmonds fue un político cuyo papel como dirigente en el paso oscuro de la sociedad colombiana por las épocas del terrorismo de los extraditables no ha sido evaluado con ecuanimidad, ni pasión.
Yo quiero aprovechar este momento de declaraciones absurdas que tengo que escuchar como "era el caucano vivo más grande", "el país está de luto", etc., para que no se olvide que su participación y aporte en la solución de los conflictos del país no fue tan pulcro, ni tan inteligente, ni tan encomiable.
Nada tuvo que ver con el asesinato de Bernardo Jaramillo Ossa, -un dirigente de izquierda convertido en un franco y equilibrado parlamentario-, pero las declaraciones públicas y el señalamiento del entonces ministro del Interior propiciaron un ambiente de hostilidad manifiesta de las 'fuerzas oscuras' del sistema, que desembocaron en el asesinato de Jaramillo. Mucho más ofensivas y despreciables fueron las declaraciones del ministro cuando se refirió a la memoria del dirigente.
Nada tuvo que ver que con los atentados terroristas perpetrados por los extraditables, pero desde mi perspectiva fue uno de los más grandes terroristas jurídicos. El político como conductor del colectivo debe conocer la capacidad del Estado y la de los enemigos; sobre ese conocimiento si está en inferioridad, no llevar al suicidio a la sociedad. Lemos Simmonds fue quien en discurso que hizo gala de los grandes debates de oradores de mitad de siglo pasado, hundió una movida de los parlamentarios que pretendían bloquear por medios jurídicos el tratado de extradición con los Estados Unidos. Indiferente al futuro que se veía venir y en aras de una 'decencia internacional' se lanzó al país a un conflicto en el que el Estado, sociedad, y los mismos delincuentes no estaban preparados. El final de este conflicto es conocido: La justicia se sometió a los narcotraficantes; la extradición de nacionales fue prohibida por reforma a la Constitución y la talla de los delincuentes se hizo mítica.
Nada tuvo que ver con el deterioro de los partidos políticos, pero alguna vez se ocupó de una micro empresa electoral familiar -según datos de las revistas de farándula- que le facilitó ocupar un escaño en el concejo de Bogotá y le permitió su resurrección en la vida política.
Nada tuvo que ver con la financiación de dineros de los carteles del narcotráfico en las campañas presidenciales, pero estuvo atento a disfrutar las mieles de la diplomacia a cambio de la complacencia; a recibir honores de presidente titular mediante maniobras sutiles; a disfrutar de la dignidad de ex presidente y por supuesto de merecer y cobrar de la pensión presidencial por quince días de servicio.
Sentí alivio de no ser el único en haber percibido negativamente a este publicitado 'gran hombre' y sentí admiración por el columnista Oscar Collazos, por hacerlo público cuando, para mí, lo retrató impecablemente en su columna sobre lo corrupto que fue en su actuar y sobre el mensaje contra la corrupción que siempre ocupó en su discurso en contravia con los hechos. No lo olvidaré. Fue un runcho más.
En todos queda el recuerdo del pasado que contradice sermones, jaculatorias y señalamientos.
ÓSCAR COLLAZOS
Conocí hace unos años a una prostituta que antes de llegar al otoño de su vida tuvo un golpe de fortuna: haber encontrado a un hombre que, prendado de sus encantos, decidió "sacarla a vivir juiciosa". La llama del arrepentimiento cayó sobre la conciencia de esta mujer, célebre entre las celebridades de su oficio, y "quemó" el pasado contenido en treinta años de ejercicio cumplidos con sabiduría. No era la única, dentro de la "profesión más antigua del mundo", que hacía el tránsito del "vicio" a la "virtud". Lo que resultó desconcertante para todos, incluso para sus antiguos clientes, fue la entereza con que cambió el rumbo de su vida para presentarse en la comunidad como adalid de las buenas costumbres.
Muchos temimos que, iluminada por la virtud, le arrebatara al párroco del barrio el derecho a rociar con agua bendita las puertas de las casas del pecado o se lanzara a pronunciar sermones indignados contra sus antiguas compañeras de oficio. Hizo lo que temimos. Poseída por una gracia casi divina, cayó poco a poco en delirios místicos. Premiada con un buen y espléndido marido, la antigua cortesana organizó cruzadas contra las de su oficio. Víctima de la peste del olvido, hizo borrón y cuenta nueva, pues no otra cosa explicaba la furia de sus sermones moralistas. En sus escasos momentos de tolerancia, recomendaba a las "mujeres de vida fácil" ir en busca de marido, remedio a una vida de "perdición" y extravíos.
'Doña Irma' enloqueció un día, cuidada por el anciano que la había redimido, pero en todos -en el barrio y en la ciudad- quedó la certidumbre de que su locura se debía a un esfuerzo inconmensurable de la antigua mamasanta: haber tratado de hacer el tránsito del "vicio" a la "virtud" sin haber conseguido borrar de su memoria esos treinta años dedicados a la causa de ofrecer placer a cambio de honorarios relativamente altos, tal había sido la fama adquirida por la calidad de sus servicios.
Con el tiempo comprendimos la tragedia de la cortesana: el tamaño de su arrepentimiento era inferior al peso de su pasado; los esfuerzos por borrarlo, traducidos en delirantes sermones e inquisiciones atormentadas, solo producían la piedad o la risa entre sus antiguas camaradas. No solamente había caído en la locura, sino en la patética ridiculez de la conversa. Con el tiempo, pensamos que la mujer podía haberse evitado la demencia si hubiera elegido la discreción de su nueva vida. Su otoño hubiera sido más apacible. La fortuna de haber hallado marido viejo y complaciente hubiera sido mejor gozada si no se le hubiera atravesado en la garganta el hueso del redentorismo.
Sucede que la más vulgar de las vidas –la de 'doña Irma' lo era- ofrece analogías con la política, que es a veces, no siempre, la más prostituida de las vidas. Por mucho que se sermonee, por delirantes que sean las jaculatorias, incluso por lo "justos" que sean los señalamientos que se hacen a la realidad del presente, en todos queda el recuerdo del pasado que contradice sermones, jaculatorias y señalamientos. ¿Que a quién se dirige esta fábula?, preguntarán los lectores. Muy simple: se dirige a todos los Lemos Simmonds del mundo. Se tiene o no se tiene autoridad moral. Si se tiene, la libertad de la crítica es un bien incanjeable. Si no se tiene, el silencio y la discreción son imperativos de conducta.
Publicado gracias a la amable autorización del autor