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Nuestro hombre en Paris

Francisco Cifuentes

El nombramiento del ex presidente Ernesto Samper como embajador en Paris ha generado más controversia de la recomendable para un gobierno reelegido que apenas se inicia. En los tiempos del Emperador Calígula se dice que este nombró (o pretendió nombrar) Cónsul a su caballo Incitato. No he sido diligente en revisar la veracidad de este episodio en la vida del emperador, pero si es evidente que el nombramiento del ex presidente es un hecho oficial por las declaraciones de la Canciller a los medios de comunicación.

Las credenciales del embajador designado no son mejores que las del cónsul propuesto por Calígula. El caballo por lo menos no tenía conciencia de la perversidad y la truculencia, y era ganador; pero entre humanos se ve esta designación como una acto de prepotencia (imperial) del presidente Uribe Vélez, que golpea a muchos de los electores suyos que tienen recuerdos oscuros del mandato de Ernesto Samper que, para mí, fueron cuatro años de cinismo y corrupción dentro las que sobresalen los escándalos de Colpuertos, Dagracol y que empleó gran parte de su gestión como gobernante en defenderse de hechos que habían ocurrido “a sus espaldas”. El único beneficiario de todo este entuerto es el ego del designado.

El motivo principal expuesto por la Canciller para la designación es el compromiso que ha asumido el ex presidente con la solución del canje de los secuestrados políticos que tiene en su poder la insurgencia por los terroristas presos en las cárceles colombianas y norteamericanas. A mí me pareció un acto de oportunismo político para él reencaucharse y para cobrar alguna notoriedad, además, de ser un tema fácil que produce rendimientos por la explotación de la miseria humana cuando se elige la causa de los secuestrados. Yo estoy del otro lado desde los comienzos cuando se habló eufemísticamente de este canje como “intercambio humanitario”. Pero además el gobierno francés ha demostrado que no necesita ayudas adicionales para involucrarse con los criterios imperiales en este proceso.

Aparentemente la cancillería no revisó previamente el "dossier" que el gobierno francés tenía sobre el expresidente. Yo remotamente recuerdo que cuando el gobierno francés utilizó a Latinoamérica como el patio trasero de sus pruebas nucleares en los atolones franceses en el pacífico; el presidente Samper hundido en los problemas internos del juicio sobre la financiación de su campaña, atacó al gobierno francés por estas pruebas con el oportunismo que lo ha caracterizado para distraer la opinión pública que estaba centrada en el escándalo. Pero tampoco recordó el gobierno que el candidato a embajador era el colombiano más odiado por todos los franceses, especialmente los que han leído el libro que escribió con rabia en el corazón la juana de arco contemporánea más querida por los alcaldes galos. 

La inteligencia política del presidente Uribe Vélez está sometida a prueba con esta designación afrentosa para muchos colombianos dentro de los que me incluyo. Poco puedo hacer yo, como simple colombiano para evitarlo, pero creo que la analogía del caballo cónsul y del elefante embajador, repiten lo que ya es un pasaje conocido de la historia. Que el poder obnubila, que la politiquería es de la esencia de la política y que el gobernante ideal solo está en la mente de los idealistas e ilusos como yo.

El colofón de este episodio fue superado gracias a la soberbía de Mardonio (nuestro hombre en Washington) y los intercambios de puyas y epítetos de estos "ilustres" deslustrados colombianos llenaron otra página de la estupidez colombiana cuando ambos se ofrecieron sin rubor como profesores de "moral". Pero no será un incidente limpio para el de gobierno de Uribe. El hombre de Washington seguramente dejará minado el campo de todo lo que pavimento durante su corta gestión, con habilidad que ha caracterizado para la intriga, la ponenda, el rencor y la prepotencia siente de su apellido; ya demostrada en la cancelación de visas y las condenas a Colombia.


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