Adentrarse en la estética de Pierre Jean Jouve exige preparación, atención y cuidado. Es como apreciar un cuadro impresionista cuyas líneas apenas se insinúan y las figuras se anuncian diluidas, casi indiferenciadas en la exuberancia del color y de la luz. Sin embargo, cada palabra, cada espacio, cada verso, son cargas explosivas de profundidad espiritual arrojadas al mundo de la vida exigente, sin ninguna complacencia, lanzadas allí para quien quiera tomarlas y potenciarse en ellas. Su poesía no está hecha para divertir, para recitarse en la distensión y evanescencia de la hora del te, sino para purificarse en un ritual de autosacrificio ascético en la religión de “El Arte”.
Jouve asumía la escritura como un acto santificador, y dentro de la escritura la poesía como el arte mayor, el más soberano y misterioso. En “Ante el espejo” (En Miroir), su autobiografía espiritual, afirma: “Je n’aurais jamais écrit une ligne si je n’avais pas cru au rôle sanctificateur de l’Art” (Nunca habría escrito una línea si no hubiese creído en el papel santificador del Arte), pues estaba convencido que el resultado de toda verdadera poesía es aquella fuerza que transforma lo natural en sobrenatural, una fuerza que penetra la Materia para volverla celeste, tal como se anuncia en el título de su libro “Matière céleste”, su cima poética.
En “Dar sin recibir” se muestra solitario, como una especie de naufrago en medio del mar, luchando por alcanzar ese lugar a donde nadie puede seguirlo: lo sagrado. Tras esa meta el poeta no es un creador cualquiera, su oficio, semejante al de la Prostitución del corazón (con P mayúscula), no hace más que dar sin recibir, lo que es su desgracia. Si buscara el placer, la razón, se anularía en su tarea, pues necesita parecerse a un ángel.
En “Helena” la tragedia de la muerte descubre el paraíso perdido, la belleza de una mujer que en vida no se vio y el objeto del deseo cuando ya no existimos. Sin que la gramática pueda objetar nada el poema apiña imágenes y hondas sentencias desvertebradas, estrujadoras del sentido, y se levanta airoso como una catedral, sin fisuras retóricas, validando las hirientes perspectivas de luz de unos ojos ya consumidos por las tinieblas.
Dar sin recibir
Dar sin recibir es la desgracia de los poetas. Sus verdaderas lágrimas se pierden. Lo sagrado que alguna vez han tocado se escapa al más allá sin que ningún testigo de la operación haya sido capaz de seguirlo. Como Prostitución del corazón puesta al desnudo la poesía se ofrece a todos sin pretender otra cosa que entregarse, pues no busca el placer, sólo la fuerza. Por ello en este mundo decadente, errante, absurdo, la poesía es buscada, poseída, finalmente despreciada. Desearíamos reformar tan abyecta condición: mas no es asunto de la razón, pues si el hombre conociese en poesía, jamás podría perseguir una presa, mantener un desorden de cosas, una rapiña profunda y una humillación, todo eso que él recubre y que llama la vida; necesitará parecerse un poco a los ángeles.
(Pierre Jean Jouve. Prosas. Traducción de Norberto León Insuasty Plaza)
Donner sans recevoir
Donner sans recevoir est le malheur des poètes. Leurs larmes vraies se perdent. Le sacré qu’ils ont touché une fois s’est enfui bien au-delà, et nul témoin de l’opération n’a été capable de suivre. Comme la Prostitution du cœur mis à nu, la poésie se livre à tous sans faire autre chose que se livrer, car le plaisir n’est point en elle, seule la force. Dans ce monde déchu, ce monde errant, ce monde absurde, ainsi la poésie est recherchée, possédée, finalement honnie. On voudrait réformer cette condition abjecte : c´est ne point tenir compte de la raison de l´homme. Car si l´homme connaissait en poésie, il ne pourrait poursuivre une chasse, un tohu-bohu de choses, une rapine profonde et une honte, tout ce par quoi il recouvre, et qu’il appelle la vie ; il lui faudrait ressembler un peu aux anges.
(Pierre Jean Jouve. Dans les années profondes. Matière céleste. Proses. N.R.F. Gallimard, 1995. p.184).
HELENA
Qué bella eres ahora cuando ya no existes El polvo de la muerte te ha desnudado incluso del alma Cómo eres de codiciada después que hemos desaparecido Las ondas las ondas llenan el corazón del desierto La más pálida de las mujeres Hace buen tiempo sobre las crestas de agua de esta tierra En el paisaje muerto de hambre Que rodea la ciudad de ayer los malentendidos Hace buen tiempo sobre los circos verdes desatendidos Transformados en iglesias Hace buen tiempo en la meseta desastrosa desnuda y trastornada Porque estás muerta Esparciendo soles por las huellas de tus ojos Y las sombras de grandes árboles enraizados En tu terrible cabellera que me hacía delirar.
(Pierre Jean Jouve. Materia celeste. Traducción de Norberto León Insuasty Plaza)
HÉLÈNE
Que tu es belle maintenant que tu n´es plus La poussière de la mort t´a déshabillée même de l’âme Que tu es convoitée depuis que nous avons disparu Les ondes les ondes remplissent le coeur du désert La plus pâle des femmes Il fait beau sur les crêtes d´eau de cette terre Du paysage mort de faim Qui borde la ville d´hier les malentendus Il fait beau sur les cirques verts inattendus Transformés en églises Il fait beau sur le plateau désastreux nu et retourné Parce que tu es si morte Répandant des soleils par les traces de tes yeux Et les ombres des grands arbres enracinés Dans ta terrible Chevelure celle que me faisait délirer.
(Pierre Jean Jouve. Dans les années profondes. Matière céleste. Proses. N.R.F. Gallimard, 1995. p.100).