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La reelección presidencial y el nuevo partido

Francisco Cifuentes

Dos nuevos temas –como si hubiera pocos– saltaron a la palestra del debate público colombiano en estos días. En ambos hay un elemento común que es el nombre del señor presidente, y el otro es la ignorancia de los proponentes de la ley vigente.

En el caso de la creación del nuevo partido uribista se olvidan los puntos que se incluyeron en “la reforma política” en la que quedó en el limbo la constitución y el reconocimiento de nuevos partidos o movimientos políticos de una parte, y la segunda, que con un simple aval de cualquier partido, el candidato puede inscribirse para participar en el proceso electoral. Debe haber millones de colombianos que, como yo, no sabemos el nombre del movimiento con el que se inscribió para su elección el actual presidente.

Creo que hoy es imposible lograr que se reconozca con fines electorales un nuevo partido político porque “la reforma política” cerró la posibilidad de hacerlo al suprimir la presentación de las cincuenta mil firmas que se requerían anteriormente. Así que aún con un millón de firmas que se presenten, no se puede lograr que el Consejo Nacional Electoral acepte la inscripción de un nuevo partido.

Hay consideraciones adicionales a la creación de un partido que siga “las orientaciones” del señor presidente. La más obvia es la prohibición expresa de participar en política que tienen los funcionarios públicos y él es uno de ellos; luego ese nuevo partido tendrá que constituirse a “sus espaldas” si no quiere verse involucrado en acusaciones que le puedan constar grandes debates en el Congreso por medio de sus opositores. Y además, el presidente no ha hecho gala de ser un “pensador” –por lo menos, no he escuchado ni leído un escrito suyo que parezca una propuesta de Estado o un proyecto de sociedad mejor–. Él es, más bien, un ejecutor muy persistente en materializar programas y un paciente –hasta que explota– polemista que simplemente elude el debate frente a frente y se arropa en su poder y la posesión del micrófono.

También es impensable que el tiempo que va dedicar a este nuevo proyecto no afecte su capacidad de dirección del Estado, más, si piensa en la magnitud de las reformas que se propone realizar: racionalización del Estado, reforma a la justicia, estatuto antiterrorista, negociaciones del Tratado de libre comercio con los Estados Unidos, y las negociaciones de paz –proyecto de alternatividad penal– con los grupos de autodefensas entre otras.

Como si fuera poco, el lema de la campaña del entonces candidato era su programa de lucha contra la corrupción y la politiquería, y un nuevo partido concebido al lado de su despacho es precisamente un acto de esta especie. Primero porque se están utilizando los recursos del Estado en algo que no fue incluido en el Plan nacional de desarrollo, –como pudo ser el tiempo empleado por otra “pensadora” con cargo de embajadora que propuso la reelección o el tiempo y los recursos de sus asesores palaciegos que están al frente de estos proyectos– y segundo porque la esencia de un partido político está en la base de la población; un partido concebido desde arriba es un partido politiquero.

El tema de la reelección presidencial y de los gobernadores y alcaldes es el segundo cuento. Ilustrados personajes afectos al presidente nos traen relatos de democracias occidentales –EE. UU., Alemania, etc.– donde la continuidad de los gobernantes en los primeros cargos fue la garantía de frutos materiales para la población de esos países. Se salta hábilmente de la relación, la historia reciente de las democracias latinoamericanas que fracasaron en el proceso de la reelección: Argentina, Brasil, Perú, Venezuela.

“El poder corrompe” es la máxima popular, y en las elecciones pasadas se vio todo ese poder corruptor de candidatos inhabilitados elegidos por obra y gracia de las prebendas repartidas desde los cargos que dejaron días antes de la postulación; de candidatos inhabilitados inscritos en las listas contra viento y marea. Elevar la escala de este fenómeno de la corrupción del sistema político a la majestad del primer mandatario es comprometer la estabilidad del sistema.

No importa que tan bueno uno sea en lo que hace; siempre hay alguien que lo hace mejor y por la mitad del precio; –esa máxima es mía–. Luego el doctor Uribe debe dedicarse, en los dos años largos que le faltan de su gobierno, a buscar a ese candidato mejor que él para que lo reemplace en próximo cuatrenio y seguro que lo encontrará. Lo demás repletar su agenda con los puntos pendientes de sus promesas y seguir dando fuete con su estilo para los zánganos del Estado hagan lo que deben.

A “la vocación efímera” que se critica al período presidencial para justificar la propuesta de reelección hay precisamente la grandeza del reto de lograr en ese plazo razonable no ocuparse en la lucha contra dragones y ni empeñarse en la construcción de quimeras. Si lo efímero fuera lo opuesto de lo eterno, Ceausescu, Tito, Castro, Perón, Trujillo, etc. habrían dejado sociedades que hoy estarían liderando el mundo. No. Hay que empeñarse en hacer la revolución de las cosas pequeñas, como los consejos regionales o los soldados campesinos, o el restablecimiento de la presencia del Estado en las zonas marginales o el sacudir a la burocracia estatal ineficiente con recortes y cierres de entidades inútiles; eso es lo grande, lo perdurable.


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